Finalmente, Alberto Fernández comunicó públicamente su decisión de no ir por la reelección. Aunque se trata, a todas luces, de una decisión tan previsible como inexorable, no sólo sorprendió por su timing sino que también puso al peronismo en un verdadero estado deliberativo que podría derivar en un reordenamiento del espacio de cara a las próximas elecciones.
La decisión del primer mandatario, que fue comunicada en un video difundido por redes sociales, era inevitable, aunque no por ello deja de tener un fuerte impacto en lo político y electoral. Más aún, teniendo en cuenta que se trata de la primera vez en la historia argentina que un presidente constitucionalmente habilitado para buscar su reelección declina voluntariamente de esa posibilidad. Sin dudas, un hecho histórico que desnuda con particular crudeza la profundidad de la crisis política, económica y social que atravesamos los argentinos.
Si bien no puede hablarse entonces de sorpresa, el blanqueo de esta realidad inexorable tomó desprevenidos a muchos, que esperaban que la decisión se aplazará hasta bien entrado el mes de mayo. En realidad, estaba más que claro que el proyecto reeleccionista no existió en cuanto tal, sino que era uno de los pocos recursos que le quedaban al presidente para intentar conservar algún espacio de poder y buscar incidir en el proceso electoral.
Y, en rigor, en ese plano venía siendo un instrumento relativamente eficaz en el plano interno: a pesar de su manifiesta debilidad política e institucional, el mantenimiento de su precandidatura retardaba las definiciones electorales y exasperaba a un kirchnerismo que destinó gran parte de sus energías en fustigar a uno de los presidentes más débiles de la historia reciente. Un presidente que, por cierto, llegó sorpresivamente a sentarse en el “sillón de Rivadavia” gracias a la decisión de la líder del sector que más lo atacó. Otro indicio más de esta trágica decadencia argentina que, por momentos, se manifiesta en regresiones al primitivismo caníbal.
La decisión se conoció horas antes del Consejo del PJ, que empezaría a discutir la estrategia electoral del oficialismo, y donde se esperaba una fuerte ofensiva del kirchnerismo sobre el primer mandatario. Quizás pueda haber sido este el revulsivo final para acabar con las especulaciones. Sobre todo, teniendo en cuenta que el gobierno nacional venía atravesando probablemente una de las semanas más turbulentas desde la crisis desatada tras la intempestiva renuncia de Martín Guzmán y el ingresó al gobierno de Sergio Massa.
Y, más aún teniendo en cuenta que la renovada presión sobre el dólar fue producto, en gran medida, de los rumores y trascendidos sobre una posible salida de Massa y una inminente devaluación, entre otros “ruidos” propios de una interna que hace ya demasiado tiempo viene teniendo lugar “a cielo abierto”. Una situación de ebullición en los mercados que, por cierto, no había logrado aplacarse ni con la salida del polémico jefe de asesores Antonio Aracre, ni con la foto del presidente y Massa en la Quinta de Olivos. La decisión presidencial puede, en este sentido, interpretarse también como una ofrenda más para intentar evitar el desastre.
Lo cierto es que, por fuera de los cálculos electorales cortoplacistas y la correlación de fuerzas en la interna oficialista, nada cambiará para Alberto Fernández, que seguramente terminará su único mandato con un récord histórico de inflación, altísimos niveles de pobreza, una gran devaluación acumulada, enorme pérdida de poder adquisitivo de los salarios, significativo aumento nominal de la deuda pública, estrepitosa caída de la actividad económica, entre otros tantos indicadores negativos.
Además, el tradicional Índice de Confianza en el Gobierno (ICG) que elabora la Escuela de Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella, arrojó números escalofriantes en la medición de abril: el nivel de confianza actual es 45,6% inferior al de la última medición del gobierno de Mauricio Macri (diciembre de 2019), y 53,9% menor al del primer mes completo del gobierno de Alberto Fernández (enero de 2020). No sólo se trata del valor más bajo de la gestión de Fernández, sino que para encontrar un puntaje más bajo en el componente “Evaluación general del gobierno” que integra dicho índice, habría que remontarse a diciembre de 2002, durante el gobierno de Eduardo Duhalde.
Así las cosas, la confirmación de que Fernández no competirá abre la posibilidad de un reordenamiento del espacio de cara al cada vez más difícil proceso electoral que encara el oficialismo. La pelota, en ese plano, parece estar ahora con mayor claridad en campo de Cristina Fernández y Sergio Massa. Los precandidatos en danza, por lo pronto, ya empiezan a jugar otro partido.
Y, en lo que respecta al Presidente, seguramente experimentará tempranamente el consabido “síndrome del pato rengo”, es decir, un presidente que ante la certeza de la finalidad de su mandato ve como inexorablemente se licúa su poder, se horada su capacidad de decisión y se ve condicionado por otros actores que miran más allá del próximo 10 de diciembre. La certidumbre en el plano electoral podría tener, como contracara una mayor incertidumbre en términos de gobernabilidad. Por ello, habrá que estar muy atentos a los próximos pasos de Sergio Massa, tanto en lo relativo a la gestión económica como a lo electoral.
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