
Hace relativamente poco tiempo, el Estado argentino, fundado en la denominada Ley Micaela, ha determinado la capacitación obligatoria en cuestiones de género para todas las personas que integran los tres poderes del Estado. Algunas Universidades, haciéndose eco de esta disposición, han resuelto hacer lo propio con toda la comunidad universitaria.
En algunas páginas web de las universidades se puede leer: “La Universidad Nacional xxx formará y capacitará (también con carácter obligatorio) con perspectiva de género a sus funcionarios, funcionarias, docentes, no-docentes y estudiantes”.
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Me parece totalmente correcto afirmar los legítimos derechos de la mujer amenazados y jaqueados por una posición machista. No pocas veces, lamentablemente, el varón llega al empleo de la violencia.
La mujer tiene la misma dignidad del varón. Por eso, celebro la decisión de las universidades que se ocupen de esto.
Sin embargo, este aspecto totalmente positivo de la cuestión no me impide advertir la visión solapada que se pretende introducir mediante la disposición. Al respecto me permito formular tres observaciones:
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1. La afirmación falaz que sostiene, por un lado y de modo explícito, la vinculación lógica y necesaria entre doctrina de género y cese de la violencia; por otro lado, de modo tácito, que toda otra doctrina ha estado avalando de suyo esa violencia.
2. La creencia, también engañosa, en el sentido de que las conductas violentas cesarán solo mediante el conocimiento de una determinada doctrina. ¿Cuántos hombres tienen una clara de la idea de lo justo y, sin embargo, se comportan de modo totalmente injusto?
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3. La indisimulada intención de vender “gato por liebre”: en la superficie le aseguro a la mujer el respeto de sus legítimos derechos, pero de paso, obligatoriamente, inoculo “mediante la formación y capacitación en la perspectiva de género” una determinada visión del mundo, de la persona y de la ética.
Respecto de este último punto, a mi juicio bastante grave, me permito ahondar un poco. La denominada perspectiva de género tiene como presupuestos bien definidos dos puntos: la asunción del materialismo histórico y, consecuentemente, una concepción del conocimiento entendido en términos de construcción. Su ADN puede encontrarse en el sociologismo.
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Me pregunto, entonces: ¿no es que el Estado moderno había renunciado a ordenar a los hombres hacia un estado de virtud para solo ocuparse del cuidado de su vida biológica y de todo aquello que la misma demandara? ¿No es que el Estado moderno dejaba que cada individuo asumiera, de modo absolutamente libre, una concepción determinada de la realidad y, consecuentemente, de la idea de hombre y de moralidad que de ella se desprendía? Desde la lógica del Estado moderno: el Estado argentino, mediante esta imposición, ¿no se ha convertido en un estado confesional?
En lo que respecta al ámbito de la universidad, debe reafirmarse que cada profesor tiene el derecho de “profesar” una doctrina, esto es, un conjunto de respuestas estructuradas de modo sistemático, que él ha ido edificando y que lo seguirá haciendo a lo largo de su vida.
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Si algunas universidades pretenden compulsivamente “formatearme” en el sociologismo, ¿deberé abandonar el realismo filosófico que cultivo y que profeso? ¿Dónde quedaría, entonces, la libertad de pensamiento y de cátedra? ¿Será que la universidad argentina habrá hecho suyo el ideal de alcanzar un solo pensar, un solo querer y un solo sentir?
Me pregunto, además: ¿qué sucedería si las universidades del país se propusiesen formar y capacitar a toda la comunidad universitaria en el ideario de Platón, Pascal o Heidegger para que todos se conviertan en platónicos, pascalianos o heideggerianos?
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En realidad, este craso “formateo” no es otra cosa más que un puro adoctrinamiento que avasalla las convicciones más profundas de un auténtico profesor. Por esa razón, pues, resulta absolutamente rechazable. A nadie que esté medianamente alerta se le escapa que el intento final es alcanzar una revolución cultural mediante la modificación del sentido común de todos los ciudadanos.
Considero que todo político (y también todo auténtico universitario) debiera regirse por la virtud de la moderación. Una virtud que surge de su auto-conocimiento, la cual le revela su condición de finitud. El espíritu totalitario, por el contrario, se caracteriza por una conciencia de auto-suficiencia, que cree poseer la solución definitiva a todos los problemas humanos. De allí que sea dominado por el vicio temible de la hybris (desmesura): su incurable exceso lo conduce a pretender violentar a los otros indicándoles qué deben pensar y cómo deben obrar.
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Lamentablemente, este espíritu totalitario ha ido ganando un gran espacio dentro de nuestro país, lo cual no deja de ser bastante alarmante. En efecto, cuando la moderación huelga ‒sentenciaban los griegos‒ se avecinan grandes catástrofes. De allí que sea preciso, y con suma urgencia, volver a cultivar, tanto en la universidad como en la sociedad toda, la virtud de la mesura.
Espero que esta decisión de algunas universidades del país a favor de la perspectiva de género sea revisada y corregida. No quisiera verme impedido, de modo compulsivo, a ejercer libremente mi acto de pensar y de querer. La segunda naturaleza que busco darme a mí mismo depende enteramente de mi elección: detesto todo adoctrinamiento ya que mi dignidad de persona, ciudadano y profesor así lo exigen.
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Ojalá, en este caso, la todopoderosa voluntad política se digne a someterse al imperio de la Constitución Nacional. Ojalá la mesura desplace a la hybris.
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