Si ganamos el Mundial

¿Cambia algo o sigue todo igual? Un momento en que los límites individuales se desdibujan y nos disolvemos en un colectivo. Miren si esto no les suena

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No nos aliena el Mundial, no nos saca de la realidad, no nos hace cambiar el precio del sachet de leche (REUTERS/Molly Darlington)
No nos aliena el Mundial, no nos saca de la realidad, no nos hace cambiar el precio del sachet de leche (REUTERS/Molly Darlington)

Lo escucho por la calle como una evidencia: al gobierno le conviene que Argentina gane el Mundial, dicen. A veces van más lejos: Alberto se juega su futuro político en las piernas de Messi, aseguran. Con toda certeza. Y en esta afirmación la grieta se ensancha y se ahonda: a unos les conviene que demos la vuelta Olímpica; los otros se quedarán con los votos si nos tomamos cuanto antes el vuelo de regreso.

¿Sí? ¿En serio?

El argumento -cuando lo hay- tiene que ver con cierta descompresión de un humor social cargado, y con razón. Hace unas semanas la consultora Taquion les preguntó a los argentinos qué sentimientos percibían en la calle y algo más del 33 por ciento dijo “desánimo”.

Los escoltas de este sentimiento abanderado no eran menos tenebrosos: angustia, violencia, ansiedad y miedo. Quinto, cómodo, con el 6 por ciento, entraba “esperanza”. ¿Eso cambiaría si nos lleváramos la Copa? El 38,9 dijo que sí, pero “gracias al Mundial”. El 47,5 cree que no, que sigue todo igual.

Más clarito lo vi en algún meme de esos que explotaron cuando le ganamos a los Países Bajos: Messi corre con la pelota y lo siguen tres holandeses, uno ya estiró el brazo para manotearle el hombro. En el meme, debajo de Messi dice “Inflación” y debajo de los holandeses, “Sueldo”, o algo así. Festejamos la definición por penales con toda la garganta, pero no nos chupamos el dedo.

No nos aliena el Mundial, no nos saca de la realidad, no nos hace cambiar el precio del sachet de leche, pero algo nos pasa con esta competencia. Algo extraordinario.

Primero, el quiebre del sagrado orden del trabajo. Todo, o casi todo, se detiene, los negocios cierran, las computadoras se apagan, los jefes van a comprar sandwichitos de miga. ¿Por qué? Por un partido de fútbol. Ningún empleado tiene que esconderse en el baño para mirar los goles de reojo en su celular: se disponen picadas, se coordinan horarios, se juntan las mesas y se instalan televisores.

Messi corre y tres holandeses tratan de atraparlo. La foto se hizo meme. (REUTERS/Molly Darlington)
Messi corre y tres holandeses tratan de atraparlo. La foto se hizo meme. (REUTERS/Molly Darlington)

Nada es más importante, durante el Mundial, que ver jugar al equipo argentino. No nos juntamos a ver “un partido”, nos reunimos por “el partido”. Ese, cada uno de los juegos del fixture mundialista, es único y crucial.

Gente grande que anda haciendo sus cosas con una camiseta celeste y blanca. Perros con mantitas color bandera. Caras pintadas. Y, cuando la pelota rueda, gritos desaforados. Sin pudor, sin compostura, sin contención, sin glamour. Una pasión desprolija, como debe ser.

En su libro El nacimiento de la tragedia, el filósofo alemán Friedrich Nietzsche (1844-1900) habla de lo apolíneo y lo dionisíaco. Lo apolíneo es medido, bello, perfecto, luminoso. Lo dionisíaco -de Dionisio, dios del vino y de la fauna- es desbordado, emotivo, irracional. Y más: en lo dionisíaco los límites individuales se desdibujan, nos disolvemos en un colectivo. Miren si esto no les suena. En ocasiones, dice, a veces por efecto del alcohol y a veces de la primavera, “despiértanse aquellas emociones dionisiacas en cuya intensificación lo subjetivo desaparece hasta llegar al completo olvido de sí”.

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RItuales. Ver juntos EL partido.

En la Edad Media alemana, cuenta, “iban rodando de un lugar para otro, cantando y bailando bajo el influjo de esa misma violencia dionisiaca, muchedumbres cada vez mayores”.

¿Todo, pero todo el mundo, se sumaba y aplaudía? No: “Hay hombres que, por falta de experiencia o por embotamiento de espíritu, se apartan de esos fenómenos como de ‘enfermedades populares’, burlándose de ellos o lamentándolos”, reflexiona el filósofo. También lo vemos.

Y más: bajo la “magia de lo dionisíaco”, afirma, “se renueva la alianza entre los seres humanos”.

Se renueva la alianza entre los seres humanos, dice Nietzsche. Emociona.

El lugar clásico de lo dionisíaco es el carnaval: mezclados, disfrazados, con la percepción alterada, a puro baile y saltos y a los besos con quien venga.

Pero a nosotros, los argentinos, no nos pasa eso en el carnaval, por más que alguna murga se esmere. No nos pasa casi nada en carnaval, nos pasa todo en el Mundial.

Lo canta Serrat en Fiesta, como ilustrando a Nietzsche: “Hoy el noble y el villano/el prohombre y el gusano/bailan y se dan la mano/sin importarles la facha. /Juntos los encuentra el Sol/a la sombra de un farol/empapados en alcohol/magreando a una muchacha”.

Nacimiento de la tragedia tapa 1920

No nos olvidamos del 43,1 por ciento de pobreza, no hay manera. No dejamos de ver el 8,1 de indigencia, está ahí cada vez que salimos a la calle los que tenemos casa de la cual salir.

No será ni un poquito mejor el gobierno de Alberto Fernández si Messi en unos días hace eso que no se puede decir, pero que todos esperamos que haga, y nos vamos al Obelisco o a la plaza del pueblo a saltar juntos y abrazarnos y hacer felices papelones.

No ganarán más lo que ganan muy poco ni nadie aflojará una moneda de sus intereses. Al otro día cada uno volverá a tirar para su lado, dientes apretados y codos para afuera.

Ya sabemos, los hermanos sean unidos, etc., pero no por argentinos queremos lo mismo, mil veces queremos lo opuesto, donde ganás vos pierdo yo, tu paraíso es mi infierno y tu felicidad es mi desdicha. Lo tenemos clarísimo, somos expertos en eso.

Pero por qué no disfrutar el encuentro, el recreo, el barrio entero con la misma palabra entre los dientes cuando la pelota se mete, las mismas caras apretadas cuando te dan diez minutos de alargue y pasa lo que pasa. Por qué no mirarnos en la calle, en la cola del chino, y largar un “qué duro estuvo, eh”, y saber que viene una sonrisa. Qué tiene de malo un descanso en este país rudo en el que vivimos. Una alegría fugaz, como cantaba Chico Buarque: “Y un día al final/ tenían derecho a una alegría fugaz/ una epidemia/ que se llamaba carnaval”.

Pase lo que pase ahora, lo mejor del Mundial es este encuentro, este ratito. Muchachos, ahora nos volvimos a ilusionar. Y quién nos quita lo cantado.

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