
Estamos experimentando un régimen cambiario en el cual todos los ingresos de divisas deben liquidarse en el denominado mercado oficial de cambios al cual deben recurrir los importadores de bienes y servicios para pagar sus compras al exterior. Las operaciones en este mercado están restringidas hoy con regulaciones cada día más complejas, todas orientadas a minimizar los pagos externos con el declarado propósito de atrasar el tipo de cambio. Es lo que usualmente se llama un régimen de “flotación sucia”. Resumiendo expresiones vertidas sobre los fundamentos de esta estrategia se concluye que intenta transferir ingresos desde el principal exportador, el campo, hacia los salarios. O sea disminuir ganancias de los empresarios agrícola-ganaderos para abaratar costos de las empresas que importan insumos industriales razonando que estas rebajas se transferirán a los precios que abona el consumidor asalariado; y otras explicaciones.
¿Es así? Nadie lo ha demostrado seriamente. Pareciera que es un relato más, utilizado en publicidad política para obtener votos denostando a un fantasma inexistente demonizado como la “oligarquía terrateniente”. Pero lo más grave es que nadie pregunta quién efectivamente recibe lo que dejan de recibir los exportadores.
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Es realmente sorprendente la pobreza teórica que fundamenta esta intervención cada día más intrincada, endemoniada, en el sistema cambiario. Nadie sabe bien para qué y a quienes les sirve. El Gobierno vive desesperado por conseguir dólares, despotricando y acusando de criminales a quienes desean proteger sus ahorros recurriendo al dólar. El dólar se ha convertido en un tema económico trágico. ¿Por qué?
Si adoptáramos un régimen cambiario de flotación libre se determinaría un tipo de cambio que igualaría instantáneamente la oferta y demanda de divisas y nos olvidaríamos del faltante o sobrante de reservas en el Banco Central. No hablaríamos más del tema dólar y entenderíamos que por causa del régimen cambiario no estamos originando transferencias de ingresos desde los asalariados a favor de los exportadores ni a la inversa. Evitaríamos así el nefasto atraso cambiario de la “flotación sucia”.
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El atraso cambiario perjudica a todos los exportadores que ven incrementarse sus costos de producción argentinos siéndole imposible trasladarlos a sus precios de venta en el exterior hasta el momento donde deben dejar de producir, dejan de exportar. Veamos el caso de las economías regionales que venían sosteniéndose con dificultad esperando el nefasto momento en el cual sus costos internos crecientes los llevarían a producir a pérdida. Estas economías acaban de sufrir una helada que ha infligido daños de hasta un 50% de cosecha perdida. Seguramente sus exportaciones podrían haber sobrevivido con un tipo de cambio no atrasado pero su realidad cambiaria hoy es otra. El ministro de Economía prometió públicamente que para las economías regionales que sufrieron pérdidas por heladas implementaría un régimen cambiario especial similar al “dólar soja”.
Nos preguntamos: ¿porqué el Gobierno necesita ir generando día a día nuevas correcciones a su política cambiaria que no se sabe fehacientemente a quiénes perjudica y a quienes beneficia? Obviamente esa teoría exótica que justifica la intervención cambiaria, la “flotación sucia”, para mejorar el salario hay que reestudiarla. Los ejemplos de exitoso crecimiento económico apoyado en el sector exportador, principalmente en Asia pero también muy cerca, en Chile, indican que con el precio-costo de nuestras ventas al exterior no hay que jugar, no hay que dejarlas libradas a relatos publicitarios que alguna vez rindieron frutos en términos de votos pero que pueden generar daños irreparables y caos económico.
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