
“Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, Ludwig Wittgenstein, filósofo y lingüista austriaco (1889-1951). Mencionar algunas definiciones de destacados pensadores sobre el lenguaje no es un mero ejercicio enciclopedista de datos y frases. Sirve para asignar importancia y valorar el uso de las palabras. Y apreciar virtuosamente el uso de las palabras cobra importancia para mejorar el no muy apreciado mundo de la política.
“El lenguaje no es una banalidad ni un adorno”, recuerda Javier Cercas, escritor español. Y sigue: “Quien quiere conquistar la realidad debe antes conquistar el lenguaje”.
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Según el escritor francés Albert Camus (1913-60), “un país vale lo que vale su lenguaje”. Y, en virtud de ese apotegma, agregaba la sugerencia sobre la “responsabilidad periodística e intelectual de no manipularlo ni vaciarlo”.
Por su parte, el filósofo griego Epicteto (55-135 DC), a quien su vida de esclavo en Roma no quitó posibilidades de ser brillante, decía: “Lo que impacta no son los hechos sino las palabras sobre los hechos”.
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Y para agregar otro autor, y otra mirada, recordemos que el lingüista francés Emile Benveniste (1902-76) decía: “La función del lenguaje es constituirse como sujeto”. O sea, que es el Yo subjetivo.
Las palabras no son definidas solo en su sentido sónico, poseen un poder en relación a la capacidad del sujeto que las dice para transformar su realidad. Las palabras modifican el cerebro que a su vez hace cambiar la percepción, y sentido del mundo que nos rodea.
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Tal vez sea una ingenuidad formular como valor el cuidado de las palabras en un escenario nacional de conflictos que aparecen mucho más importantes, pero esos conflictos también se expresan a través de las palabras y, mediante ellas, logran su visualización masiva y mediática.
Las palabras, nuestro lenguaje, nuestra oralidad y la forma en que escribimos, son enunciados de conductas y de historias. Y esa parte de cada uno finaliza mostrando mucho más que verbalizaciones y signos. Más que léxicos, señales, vocabularios y significancias, pues modelan aspectos de identidad y de composición ideológica.
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Las palabras son la avanzada de la acción
No cabe duda que honrar el lenguaje es parte de un homenaje mayor donde se juntan la educación, la política, la comunicación, el sentido común y la cultura.
Muchas e importantes cuestiones, como para sentir que es una buena causa el luchar por su correcta y honesta aplicación, y enfrentar a quienes lo manipulan o lo van vaciando.
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Las palabras tienen significante y significado. Tiene peso específico y valor cuali y cuantitativo. Su utilización no es el mero hecho físico de emitir sonidos o llenar de tinta una hoja (metáfora simbólica que engloba desde el Word a todas las variantes mecánicas, eléctricas y digitales de escritura). Su valor está dado por ser expresión combinatoria de datos físicos (cerebro, glotis, laringe) y de contenidos surgidos desde la propia subjetividad humana, que se manifiesta desde la conciencia, incluso en variantes “sub e in”.
Es realmente muy interesante que las palabras tengan ese origen bigenerado y que provengan, al mismo tiempo, desde un espacio temporal y material claramente situado en la exterioridad de lo humano, como es el cuerpo contenedor del cerebro y la glotis, y se mezclen con lo originado en la inespacialidad y la interioridad como es la psique.
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Entonces, cuando periodistas, dirigentes políticos y comunicadores sociales utilizan este mecanismo del habla y la escritura, su responsabilidad es enorme. Las palabras, alegóricamente vistas, crean disputas en función de constituirse como armas de conflictos, y son instrumento de paz y concordia sin cambiar su misma característica y esencia de vocablo, de unidad léxica.
Maravillosa síntesis de procesos conscientes e inconscientes con lo orgánico. Las palabras son, en definitiva, lo que somos.
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