
El 12 de agosto pasado, la Superintendencia de la Policía Federal a través del Departamento de Trata de Personas allanó una importante cantidad de propiedades, entre ellas un edificio de diez pisos que funcionaba hacía más de treinta años en Villa Crespo (CABA). Se trata de desenmascarar a la llamada Escuela de Yoga de Buenos Aires que tenía sedes no sólo en Buenos Aires sino también en Nueva York, Las Vegas y Chicago.
Más allá de los intrincados detalles de esta causa que lleva el Juez Ariel Lijo y que tiene como carátula “Secta S.A.”, lo que llama mi atención es que una de las vías más importantes de financiamiento de la organización es la prostitución. Sí, la EYBA no sólo ofrecía tratamientos de “sanación” a través del suministro de psicofármacos, o el cobro de una “cuota” a sus alumnos, o se expropiaba a los “alumnos” de sus bienes poniéndolos a nombre de la organización, sino que ofrecían el “Geishado VIP”.
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Lamentablemente se supo que parte del financiamiento de la organización se obtenía a través de la explotación sexual de las “alumnas” que, muchas veces, también entregaban a sus hijas e hijos para el mismo fin. El objetivo es el de toda asociación de trata de personas para la explotación sexual: obtención de dinero, protección e influencias.
Hasta aquí, parece que no hay nada nuevo. En efecto, lamentablemente no lo hay. Sin embargo, es necesario sentar una posición frente a estas atrocidades que ocurren en la sociedad civil en connivencia con la política. Es imposible pensar que una red de trata y de prostitución no cuente con la protección de la policía o de los políticos. Pero más difícil es pensar que la prostituta lo es por elección.
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En este sentido, después de reuniones con mujeres abolicionistas, entre ellas algunas ex prostitutas que lograron escapar de las redes que las explotaron por años, digo que la prostitución no es un trabajo. Las mujeres no elegimos prostituirnos, no elegimos que entreguen nuestro cuerpo a cambio de dinero o de influencias. Según me dijo alguna vez una mujer explotada, su cuerpo era al mismo tiempo cárcel y condena, estaba encerrada en ese cuerpo indoloro, anestesiado, que no podía ni debía sentir nada, pero también estaba condenada a la repetición de esa misma situación hora tras hora. Las atrocidades que se cuentan a quienes queremos escucharlas son casi inenarrables. Solo para decir alguna cosa, los hombres que violan a las mujeres en el contexto de la prostitución pueden elegir entre menores o embarazadas, quienes son más “caras”, o pueden elegir sumisas sufrientes y así en adelante. Hay una clasificación de la mujer explotada sexualmente por parte de los explotadores que está al servicio del violador. No responde en absoluto a los sentimientos o deseos de las mujeres.
Una mujer con la que conversé hace poco me contó que logró escaparse de la red de trata de personas con fines de prostitución que la explotaba. “En ese momento comenzó el otro infierno”, me dijo. La mujer con toda entereza –pero la tristeza se leía en sus ojos y en su voz- me dijo que lo primero que tuvo que hacer fue recuperarse a sí misma como un sujetos. Ya no era más una vagina, una boca o un ano, era una mujer compuesta por más partes, por sentimientos, por deseos, por recuerdos, por inteligencia. Y qué inteligente es esta mujer valiente que me siguió contando que después tuvo que enfrentarse a su culpa, a la culpa que tenía incorporada, a la vergüenza que sentía de ser ella, la misma que hacía un tiempo había vivido violación tras violación.
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El mensaje de estas mujeres valientes, los discursos de las asociaciones abolicionistas de la prostitución, de las mujeres en general, me hace pensar que nos equivocamos si pensamos que una mujer elige hacer de su cuerpo una mercancía de cambio. En la honda lucha de las mujeres feministas está la proclama por la no-objetivación de la subjetividad femenina y en esa defensa me inscribo. “Ninguna mujer nace para prostituta” equivale a decir que no somos objetos de satisfacción de los deseos de nadie, que nuestros cuerpos deben gozar por decisión y no por necesidad o imposición, que nadie debe estar expuesto a ningún tipo de violencia.
La sola idea de pensar que alguien puede decidir abusar de una mujer sin su consentimiento –ya sea éste el proxeneta o el prostituyente- ratifica que estoy en política para intentar cambiar la vida de quienes no están bien. Mi trabajo es, también, escuchar y aprender, reflexionar y comunicar. Nunca imparcial, toda persona que está en la política tiene que sentar posiciones en las cuestiones de fondo que lastiman a nuestra sociedad. En eso estoy, ¿quién más se suma?
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