
Esta nota busca desnudar algunas falacias frecuentes sobre el rol de la ciencia en el ciclo de la innovación, apoyándose en evidencia empírica y en la experiencia internacional. Pero también señala algo más profundo: la ciencia y sus instituciones son pilares esenciales de las democracias modernas. Conviene empezar por una afirmación clara: sin manejo propio de tecnologías no hay posibilidades de crecimiento económico sostenido en el tiempo. Los países pueden crecer transitoriamente exportando recursos naturales o incorporando tecnologías importadas. Pero cuando la frontera tecnológica global avanza —y siempre lo hace—, quienes no dominan tecnología propia pierden competitividad y se estancan.
Veamos los datos. Entre 1970 y 2020, el PBI per cápita de Argentina creció un 23%, mientras que Estados Unidos y Alemania crecieron un 135%, Corea del Sur más de 1500% y China cerca del 3500%. Estas diferencias no se explican por recursos naturales ni por apertura o cierre de mercados, sino por una capacidad de innovar sostenida en el tiempo y llevada a escala productiva.
Falacia 1: “La innovación es esencialmente privada”La participación del sector privado es fundamental, pero no ocurre espontáneamente ni por la sola acción de los mercados existentes. Todos los casos exitosos mencionados tuvieron en común Estados activos que construyeron sistemas científicos sólidos y orientaron al sector privado hacia un proyecto nacional de innovación.
La investigación científica se ubica al inicio del ciclo de innovación. Allí se genera conocimiento nuevo, se forman expertos y se amplía el universo de tecnologías posibles. Sin esa base, no hay inversión privada innovadora que emerja mágicamente. Los gobiernos cumplen un rol crítico: reducen riesgos, coordinan actores, definen prioridades, inducen inversiones y sostienen procesos que maduran en plazos de 10, 20 o 30 años.
Argentina invierte alrededor del 0,2% de su PBI en investigación y desarrollo, con una participación privada del 25%. Los países desarrollados invierten entre 2% y 5%. Corea del Sur superó el 5% del PBI en 2023, con una contribución privada de más del 70%. Esta situación es fruto de un proceso iniciado en la década de 1960 con una inversión pública del 95%, que necesitó de 25 años de políticas coherentes para alcanzar el 50% de participación privada.
Falacia 2: “Si el CONICET funcionara bien, Argentina lideraría en patentes”Las patentes no miden la calidad de la ciencia, sino la etapa final de un ciclo complejo. En los países desarrollados, la mayoría de las patentes las generan empresas, y lo hacen sobre una base científica pública previa.
Cuando un país carece de entramado productivo tecnológico e instituciones intermedias de innovación (como los institutos Fraunhofer en Alemania), el conocimiento científico no puede ser aprovechado y es absorbido por empresas extranjeras. Esto no es un fracaso de los científicos, sino que es evidencia de su calidad y, al mismo tiempo, de una falla del modelo productivo y de la falta de políticas de innovación proactivas.
Falacia 3: “La ciencia debe orientarse sólo a lo que pide el mercado”Esta idea surge de una falsa dicotomía entre ciencia básica y aplicada, y de una asignación equívoca de roles. La ciencia de calidad que expande la frontera del conocimiento tiene valor intrínseco, independientemente de sus aplicaciones inmediatas. Toda investigación rigurosa siembra las semillas de futuros desarrollos tecnológicos que hoy no son imaginables. El problema no es qué investigan los científicos, sino la ausencia de un sistema de innovación robusto que transforme ese conocimiento en tecnología y producción.
Los países que se desarrollan no subordinan la ciencia al mercado de corto plazo porque eso no tiene sentido. Sí generan condiciones para alinear los esfuerzos de investigación con los objetivos nacionales a futuro y construyen ecosistemas donde cada actor cumple su función: la ciencia genera conocimiento, las instituciones intermedias lo transforman en tecnología viable y el sector privado lo lleva a escala.
Falacia 4: “La ciencia es un lujo de países ricos”Los datos muestran lo contrario. Los países desarrollados invierten en investigación y desarrollo para sostener su liderazgo económico y geopolítico, e incrementan esta inversión cada año. Esto explica por qué algunos países progresan y otros se rezagan y vuelven más pobres. No es falta de recursos: es falta de continuidad, de visión y de decisión política.
Ciencia y democracia: la discusión de fondoEste debate excede la economía. La ciencia es un pilar de la democracia. Cumple la función de exponer ficciones, de aportar evidencia verificable y de ampliar el repertorio de decisiones posibles. Cuando se desacredita la ciencia, lo que avanza no es la eficiencia del mercado, sino el dogmatismo, el pensamiento mágico (como el que sostiene el terraplanismo y niega la eficacia de las vacunas) y la arbitrariedad. La sociedad se empobrece, no solo económicamente sino también culturalmente.
Defender instituciones como el CONICET no es defender corporaciones, ni privilegios ni agendas ideológicas. Es defender una condición necesaria para el desarrollo económico, la autonomía tecnológica y la calidad democrática.
Argentina no está condenada al estancamiento. Pero salir de él exige abandonar falacias cómodas que solo actúan como consignas ideológicas facilistas, y aceptar una verdad probada por la historia: sin ciencia, sin tecnología propia y sin un Estado capaz de articular al sector privado alrededor de un proyecto nacional de innovación, no hay desarrollo posible.
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