
El nuevo patinazo de nuestro embajador en la República Popular China vuelve a adquirir dimensiones, digamos, escolásticas: abarca el fondo, la forma y queda resto para la próxima vez.
A Henry Kissinger, que a sus inminentes cien años acaba de publicar un profundo testimonio sobre liderazgos admirables que conoció, seguramente se le chispoteó analizar los mecanismos que usa el gobierno argentino para hacerse presente de la peor manera posible en los conflictos en los que no nos conviene para nada meternos a opinar.
En la misma semana en que salimos a declarar benevolentemente sobre la actuación de Hezbollah en la franja de Gaza, Sabino Vaca Narvaja se despachó calificando nada menos que de “provocadora” a Nancy Pelosi, tercera en la línea de sucesión presidencial del país más poderoso de la Tierra (una equivalente de Cecilia Moreau, como para tener una referencia, la meritocracia funciona en todos lados).
Hezbollah, por su parte, está expresamente sindicada por la Justicia argentina como responsable de las masacres de la embajada de Israel y la AMIA, goza de una nutrida foja de servicios criminales conocida por el mundo entero y es oficialmente considerada como organización terrorista por la mitad del planeta, incluyendo Argentina.
Pelosi viajó a varios países de Asia, incluyendo a Taiwán, y eso recogió críticas y apoyos, cosa de todos los días en un mundo democrático. Lo malo no es que nuestro inefable embajador haya opinado, lo malo es que no lo hizo por instrucciones de su Cancillería (que para sorpresa de nadie sigue guardando silencio), sino por decisión propia. Los chinos, que seguramente no sabían nada, deben estar felices. Digo.
Los posicionamientos internacionales son tomados por el Presidente y el canciller. Pero encontrándose el doctor Fernández muy ocupado en dormirse en público en la transmisión del mando de otro mandatario, la reacción que debemos seguir esperando sería la del Ministro. Dios dirá. Porque Sabino pudo obrar corto de magín, pero el silencio de sus superiores tiene otros nombres.
Sabino le erró no solo en la forma, también en el fondo: un embajador extranjero (en este caso argentino) no debe opinar sobre un conflicto entre el país en el que se desempeña (en este caso China) y un tercer país (en este caso Estados Unidos). Es un peligro para la paz mundial que Washington y Beijing vivan cada día angustiadamente pendientes del pronunciamiento de algún despistado embajador amateur argentino. Es mucha carga para ellos.
En su notoria falta de profesionalidad, ambas cancillerías seguramente estarán preguntándose de qué nos olvidamos, qué error cometimos si la Argentina se autopercibe habilitada para meter las narices en un asunto bilateral entre ellos, en los que Argentina no tiene nada que ver. Y nada menos que el conflicto más álgido que ha enfrentado a China con Estados Unidos desde la guerra de Corea, hace más de medio siglo. Lógico Sabino, si lo vamos a hacer, mejor lo hacemos en grande.
En el próximo Gobierno, cualquiera que gane debiera reabrir la Cancillería, todo país necesita una. Mientras, ya he propuesto cerrar la que aún ocupa el Palacio San Martín y alquilar el edificio, ahorraríamos en papelones y se podría colaborar en el ajuste fiscal.
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