A nadie escapa que vivimos una crisis causada en gran medida por el desdoblamiento de la autoridad que caracterizó a esta gestión desde el inicio. La inoperancia del Ejecutivo y las desinteligencias en el interior del oficialismo están llevando la inestabilidad política a extremos riesgosos.
Cabía entonces esperar que quien generó esta situación asumiera la principal responsabilidad en resolverla. Esa y no otra es la expectativa que pudo haber generado la intervención de la vicepresidente, Cristina Kirchner, en el acto en la Universidad del Chaco Austral.
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En cambio lo que escuchamos fue un ejercicio manifiesto de irresponsabilidad institucional y de individualismo faccioso, porque la finalidad del discurso fue responsabilizar al conjunto de la sociedad por una decisión que ella y nadie más tomó.
La clase magistral con la que recibió su doctorado honoris causa resultó una confesión de parte ya que por más ironías y divagues etimológicos a los que apeló para camuflar que se equivocó, lo que Cristina Kirchner llama eufemísticamente “insatisfacción democrática” es en realidad disconformidad con un gobierno del que ella fue gestora y del que forma parte.
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Cuando dice que eligió a Alberto Fernández porque no tenía ningún poder propio, está diciendo “el poder soy yo”, pero no lo ejerce para modificar la realidad en el sentido de los intereses de la gente sino para descalificar y esmerilar a quien oportunamente promovió. Y para aportar de modo peligroso a la inestabilidad política y, en consecuencia, a la económica.
Aquella maniobra electoral de correrse al segundo lugar de la fórmula presidencial implicó el desconocimiento de que las elecciones son un elemento cuantitativo que puede ser eficaz como lo fue en ese caso, pero la acción de gobierno es un elemento de orden cualitativo. Los políticos tácticos lo valoraron como una maniobra de gran astucia. Pero lo que sirvió en el corto plazo, en el mediano resultó catastrófico.
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Hay una gran diferencia entre inteligencia y viveza. La viveza es una característica de orden táctico, pero la inteligencia lo es de orden estratégico. Porque el inteligente, y en particular si nos referimos a un dirigente, jamás se embretaría en un escollo como aquel en el cual se embretó Cristina Kirchner en 2019 por pensar, con viveza, que podía sortear los obstáculos de corto plazo sin evaluar lo que vendría después. Hoy, trata de desligarse de las consecuencias de su error que padecemos todos.
La Vicepresidente chicaneó a la oposición por proponer la boleta única con el argumento de que el argentino que está desocupado, el que no llega a fin de mes, el que ve cómo la inflación le come los ingresos, no lo tiene como prioridad. Puede ser. Al mismo tiempo, dedicó buena parte de su clase magistral a atacar a la Corte Suprema de Justicia y a hablarle a la gente sobre el Consejo de la Magistratura defendiendo la caprichosa reforma que impulsó en 2006. Eso sí desvela a los desocupados y pobres del país…
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Ninguno de los jóvenes viejos que ofician de voceros oficiosos de la Vicepresidente, muy activos en descalificar a Alberto Fernández, dijo algo que genere confianza en que tienen alguna idea de hacia dónde llevar el barco. Tampoco lo hizo Cristina Kirchner en Chaco.
Pero además, en medio de la pandemia y de la emergencia social, sí tuvieron tiempo para legalizar el aborto -no se los escuchó hablar de prioridades en ese momento-, y para votar presupuestos con perspectiva de género, que es la coartada que tiene este Gobierno desde el primer día: con lenguaje inclusivo se come, se cura y se educa. Una política que la agrupación favorita de la Vicepresidente abrazó con fervor.
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De hecho, en la clase de Cristina Kirchner no faltó la victimización de género, hoy tan en boga. Tampoco el disparate de género. La Vicepresidente descubrió que “el” debate (intercambio de ideas) es una palabra masculina, y “la” pelea (lucha física) es femenina. Detrás de ello vio una conspiración: “No creo en las casualidades”, dijo. Es coherente, enfrente tenía sentada a la vicegobernadora del Chaco, célebre por decir “el equipo y la equipa”.
Prioridades claras, realmente.
Cristina Kirchner conserva poder. Y ascendiente sobre una gran franja de la población. Pero no lo usa para apaciguar, consensuar y generar así las condiciones para que se ordene la economía.
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Sus palabras, en cambio, contribuyen a un mayor grado de incertidumbre política externa que es lo que impide que haya aumento de inversiones, que se abran más mercados y, en consecuencia, un mayor ingreso de divisas que permita financiar las importaciones de insumos que necesitan las empresas argentinas para producir más y generar trabajo. Y, de paso, bajar la inflación.
Porque además de las razones puramente económicas, la inflación es un tema esencialmente político. Y Cristina Kirchner hoy es el principal factótum del aquelarre -ya que renunció a serlo de la estabilidad- en que se está convirtiendo su gobierno.
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[Addenda personal: La visita de Cristina Kirchner a mi provincia me trajo el recuerdo de otro viaje que, también a instancias de Jorge Capitanich, hizo en el año 2008 para “inaugurar” el aeropuerto internacional de Resistencia que existe desde... ¡1971! No había nada nuevo: ni edificio, ni pista, ni hangares, nada. La única novedad fue una manito de pintura y unos parterres en el acceso. Eso no impidió que la entonces Presidente, mal informada quizás, dijese: “Estoy muy contenta de estar aquí, inaugurando esta importantísima obra de aeropuerto, que dota [sic] a nuestra querida provincia del Chaco de una infraestructura en materia aeroportuaria de características internacionales”. Cierto, pero esa estación aérea tenía estatus internacional desde hacía casi 40 años cuando ella la “inauguró”. El motivo fue estratégico: contar con una pista internacional alternativa entre Buenos Aires y Río de Janeiro, para emergencias. Entre las muchas falsas inauguraciones o cortes de cintas de obras no acabadas que jalonaron la gestión kirchnerista, ésta fue la más atrevida, sin duda. Y habla a las claras de la primacía del relato sobre la realidad que es su imagen de marca.]
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