
El observador curtido miró, ensimismado con rumoroso pensamiento, los tanques de agua tirados sobre los techos de la ciudad una manera callada como cualquiera de la melancolía, pensó. Vio algo más lejos, las banderas de los piquetes, sus agrupaciones, sus caras del Che con boina y estrella. “El tipo más fotogénico del mundo”, se dijo.
Paseó un rato, el elenco de invitados a los programas políticos, calló y caminó dos pasos en dirección a la música de CD, vinilos y encuentros inesperados, encuentros con discos sueltos, perdidos. Allí estuvo en la compañía de “A song for you”, Georgia in my mind”, “What I´d say”- Ray Charles- y todo cambió, se fueron los depósitos de agua tirados por los techos y los piquetes como paisaje. Hubo belleza, la voz de ciervo en brama, al agua clara del arte y la rabia que nacieron en la injusticia, la emoción.
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Retrocedió un buen recorrido de décadas entre ganadas y perdidas. Una tarde en el lobby del Hotel Claridge - había periodistas, cronistas, gente que pasaba y estiraba el pescuezo por ver qué pasaba- un custodio con cuello de rinoceronte empujó y sujetó un brazo del observador curtido.
Había unos vinos y la tribu del canapé que tragaba y veía cómo podía arrimarse a Ray Charles que había llegado a la ciudad para actuar por primera vez. Un Tyson de entonces- había otro, de pelada total -abrió paso para que Charles caminara y se fuera.
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El observador curtido consiguió cuatro, cinco respuestas previsibles y de mala uva, onda, o leche, a elegir. Alguito. Buenas fotos- el observador curtido de entonces tenía quizás un empaque más torero-, y la entrevista fue corta y por gruñidos en un rincón que los grandotes interrumpían a gusto. Es que no lo veo ahora como esa técnica entre teatral y periodística que es la entrevista, sino aquello que ocurría, la escena, otro mirar y contar.
Viene aquí tantas veces el renombrado “Frank Sinatra está resfriado”, donde Gay Talese inauguró sin hablar una sola palabra con su conversador. El reportero transparenta y verifica que, molesto por la nariz mojada, Sinatra se mostró bully, resentido, molesto y fuera de lugar en un club privado de gente sofisticada desde el origen. El solitario curtido no lo compara. Solo dice que hay retratos cambiantes, nada más.
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Solito.
Al morir Aretha, madre sola, Ray quedó solito. Estaba la música como alumbramiento. Un vecino tenía un pianito y Charles escuchó, aprendió notas, resolvió el teclado. Fue como pudo a una escuela para discapacitados y en días memorizaba acordes y melodías. Casi como fenómeno de feria construyó no solo fama sino también a gestar el sonido soul que los afroamericanos tomaron como identidad en compañía de formas de jazz, rhythm and blues, baladas como himnos temblorosos, el despuntar del rock.
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Ganó contratos gordos: canto, gran banda, las fantásticas, coristas, Las Raeletts – jamás habrá algo parecido a tal perfección rítmica y sensual- hasta las luminarias mayores. Señalado por canciones acusadas de procacidad, clavado por la morfina, murió el 11 de junio en Los Ángeles de 2004, luchador entre sombras peligrosas contra el odio. Buena oportunidad para volver a Charles. Siempre lo será.
Pasa muy poco.
Genio y niebla.
Ray Charles ya era bastante más que una leyenda. Inteligente y áspero- podía ser violento- y, ni hablar, uno de los músicos más estremecedores, desafiantes y hondos que haya existido. Sin géneros, sin épocas, sin anaqueles.
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El Sinatra, que siempre colaboró con grandes directores o cantantes afroamericanos (Sammy Davis Jr., Armstrong) lo llamó El Genio, y quedó en adelante. Ray Charles Robinson quedó ciego a los ocho por glaucoma después de haber perdido a su hermano menor en un accidente de la casa. La pobreza era absoluta. La división por color de piel era estricta. Transporte y asientos separados -ellos en las filas de atrás-; los músicos tenían obstáculos y pretextos hasta la prohibición de grabar, El Genio debía dejar la vereda libre si se cruzaba con un blanco.
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