
Muchas veces escuchamos o vemos noticias referidas al tránsito y a la seguridad vial. Incluso nuevos términos como “movilidad sustentable” o “sostenibilidad”. Pero pocas veces escuchamos hablar de un “Plan Integral de Seguridad Vial”. Las dificultades que presenta el federalismo en el tránsito hace que cada provincia e incluso cada municipio puedan generar normativas locales distintas a las de sus vecinos. De hecho, lograr criterios comunes en todo el país es una misión casi imposible.
Es por ello que cotidianamente nacen iniciativas inconexas y poco efectivas provenientes de los distintos niveles del gobierno. Esas medidas habitualmente no tienen un basamento técnico que las soporte, ni tampoco tienen en cuenta las circunstancias en la que se aplicarán. Se escriben, se anuncian en forma grandilocuente, no se fundamentan y luego no se analizan sus resultados. Eso ocurre porque “se corre” atrás de las consecuencias en lugar de trabajar sobre las causas que generan la inseguridad vial. Este es el caso, por ejemplo, del proyecto de Ley de Tolerancia Cero al volante, que busca aprobarse en todo el territorio nacional.
En este sentido, un Plan Integral de Seguridad Vial, además de tener el status de política de Estado, debería abordarse de manera integral y transversal, enfocado en las raíces profundas del problema. Y ese complicado entramado de temas, inexorablemente debe apuntar a un profundo cambio cultural y debe estar en manos de profesionales de distintas disciplinas con el foco puesto en la reducción de la siniestralidad y la mortalidad.
Sin dudas, también, se lo deberá tomar como un conjunto de procesos que tengan en cuenta las necesidades que se requieren para llevarlo adelante y las consecuencias de cada iniciativa. Los factores de la siniestralidad deberán estar contemplados teniendo en cuenta la realidad actual y el punto que se desea alcanzar en cada etapa considerando objetivos de corto, mediano y largo plazo en lo que se refiere al factor humano, el vehicular y las vías de circulación.
Para todo lo anterior se va a necesitar un profundo trabajo en educación, pero cuando hablamos de educación no solo nos referimos a los niños y adolescentes, sino también a los adultos. Del mismo modo se deberá proceder en las campañas de concientización. Para citar un ejemplo podemos mencionar la laxitud con la que se obtiene una licencia de conducir, ya que el 98% de los poseedores de una licencia de conducir jamás leyeron la ley de tránsito. ¿Cómo pretendemos que se cumplan las leyes de tránsito si no las conocemos?
Otro punto crucial son los controles. Necesitamos multiplicar por 100 el número de controles de tránsito, tanto en forma dinámica como estática, pero estos controles deben ser nobles, claros e incluso pedagógicos. No es cuestión de montar un “negocio” municipal sino controlar que las normas se cumplan. En este punto, por ejemplo, es importante destacar que de los cinco países con mejores índices de seguridad vial en el mundo, en ninguno de ellos hay Tolerancia Cero. En Dinamarca, Suiza y Países Bajos su límite de alcohol es de 0.5 gramos por litro de sangre; en Reino Unido: la tolerancia es de 0.8 gramos y en Suecia -el país más avanzado del mundo en materia de seguridad vial- se determinó una tolerancia de 0,2 gr para todo tipo de conductor, incluyendo a principiantes y profesionales, porque el margen de error de la medición no depende de la calidad del conductor, sino de las inevitables imperfecciones del sistema. En tanto en América Latina algunos países han incorporado a sus legislaciones una restricción plena, otros recién consideran sanción a partir del 0,2; 0,3 o 0,5, gramos por litro de sangre como por ejemplo Colombia, Chile, Ecuador y Perú.
Debemos entender que el mejor negocio para todos es la prevención. Manejamos como vivimos. Ya va siendo hora que cambiemos de forma de vida.
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