
Nuestras palabras crean realidad, influyen en la forma de ver el mundo y en cómo reaccionamos ante él. En el Censo Nacional 2022, hay una parte de la realidad que pareciera que se perderá. No está previsto preguntar sobre personas con discapacidad. Sí se hablará de “dificultades” o de “limitaciones”, pero ¿quién no tiene un “problema”? Capacidades diferentes, dificultades, limitaciones describen a toda la gente. Discapacidad es otra cosa; la ONU utiliza esta definición: “Las personas con discapacidad incluyen a aquellas que tengan deficiencias físicas, mentales, intelectuales o sensoriales a largo plazo que, al interactuar con diversas barreras, puedan impedir su participación plena y efectiva en la sociedad en igualdad de condiciones con las demás”.
Como sociedad, tenemos la obligación de trabajar para que esas barreras se conviertan en puentes, para que todas las personas tengamos igualdad de oportunidades. Pero si no vemos, si no hay palabras, si no sabemos que existen personas con discapacidad, cuántas son, ni dónde están, ¿cómo podremos cambiar? ¿Para qué hablar hoy del Día de las Personas con Síndrome de Down si no sabemos cuántas hay ni cómo viven?
Visibilizar
Desde siempre, las palabras dieron forma a la realidad y permitieron tomar decisiones. ¿Es entonces discriminación que una encuesta pregunte por “discapacidades”? No lo es, si el objetivo es señalar para conocer y asegurar que caigan cada vez más barreras. Por ejemplo, las barreras laborales: según la ONG Inclúyeme, en América Latina, 3 de cada 4 personas con discapacidad están desempleadas. Se necesitan datos -por eso el enorme valor de un censo- para realizar acciones concretas.
Y las acciones se deciden desde las palabras. Por eso, cada vez más empresas están abordando el tema de la diversidad y la inclusión desde el lenguaje. Hasta hace unos años, la condena social hubiera sido leve si una organización usaba el término “mogólico” para referirse a una persona con síndrome de Down; no estaba mal visto decir “minusválido”. Hoy el mundo corporativo -y la sociedad en general- va comprendiendo que las palabras acercan o alejan y que un “minusválido” es alguien que no tiene valor. ¿Y existe acaso?
Por todo esto, es necesario incorporar a las personas con discapacidad también desde las palabras, pero desde las palabras correctas. Jamás hablaremos de que alguien “sufre” de síndrome de Down ni que “padece” de dislexia: deberemos evitar nuestras cargas valorativas. Tampoco son “angelitos”: son tan seres humanos como el resto y capaces de maldad. Quienes viven con personas con discapacidad tampoco son “héroes” o “heroínas”, son simplemente personas con sus circunstancias.
Entonces, también a la hora de contar cuánta gente vive en la Argentina y cómo lo hace, demos visibilidad total a las personas con discapacidad. Nombrándolas, escuchándolas, conociendo cómo y dónde viven vamos a poder trabajar en serio para su inclusión plena en la sociedad.
Nuestras palabras crean realidad... Y tenemos la enorme responsabilidad de que contribuyan a crear una sociedad más inclusiva.
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