
Desde hace tiempo venimos debatiendo en distintos ámbitos sobre nuestro régimen de gobierno republicano, las formas de nuestro Estado, el avance del gobierno sobre áreas de decisiones que serían propias de la actividad de la sociedad civil, y finalmente, de las reformas sobre órganos de control o su composición para que las decisiones sobre las elecciones de jueces o ministros plenipotenciarios sean idóneos y no arbitrarios o sujetos a conveniencia temporal.
En ese cúmulo de debates, que se reactualiza a la hora de un escándalo judicial de tono político, una escalada en el tono del debate en las elecciones, respecto de si se alcanzan o no mayorías especiales de un partido u otro para reformar constituciones, la problemática no se resuelve en términos de consensos institucionales sino que dispara y afloran nuevas grietas, aunque algunas no lo son tantos y llevan más de una década.
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La última, de las tantas expresiones rimbombantes escuchadas, es que hay una suerte de república de morondanga. La expresión morondanga, para la RAE, significa: despreciable, de poco valor. Si nos atenemos a quién lo dijo es sorprendente pero si nos atenemos a la trayectoria del relato que sostiene al grupo de gobierno de quién la expresó no lo es tanto.
Si nos atenemos a la historia reciente, Carta Abierta, línea intelectual que sostuvo durante mucho tiempo al kirchnerismo, ya había puesto esto sobre la mesa en el año 2012 y expresó lo siguiente: “Ese conservadurismo al que se suman otras variantes del espectro político opositor ocultándose tras el nombre de un republicanismo formal y vacío rechaza la posibilidad de una nueva constitución que habilite la continuidad institucional del actual liderazgo, aspecto que para garantizar las transformaciones en curso ha sido esencial en los procesos constituyentes de los países hermanos de Sudamérica”.
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Entonces, si uno relaciona ambas expresiones encuentra una lógica consecuente en donde las dos valoraciones dejan en claro en dónde está el republicanismo de morondanga o despreciable, de poco valor, o el formal y vacío, y de qué lado estaría el liderazgo popular vital que sería una instancia superadora y esencial respecto del republicanismo vigente en la constitucional nacional.
Es claro entonces hasta aquí que más instituciones, controles recíprocos y más libertades individuales van a contrapelo de los liderazgos que concentran poder y buscar mayorías automáticas para reformar la constitución a efectos de vaciar de sentido al concepto central de una república que es la rendición de cuentas, publicidad de actos de gobierno y división de poderes y controles recíprocos. Por ende, toda argumentación de la vitalidad y probabilidad de un peronismo republicano es inexistente e irreal por las personalidades que forman parte de la coalición de gobierno.
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No dejemos por tanto que la constitución vigente, aún con sus potenciales debilidades que puedan dar lugar a laxas interpretaciones y con los déficits legislativos operativos que no reconocen los valores del régimen liberal, republicano y democratico en su conjunto sea atacada por poco propicia para el desarrollo argentino. Volvamos a pensar en los fundamentos y bases para una perspectiva real de un republicanismo económico actualizado que permitan la realización en nuestro suelo y en nuestras juventudes de los frutos de los derechos de cuarta generación y las industrias 4.0.
Para ello, recordemos dos citas de Juan Bautista Alberdi en sus últimos tiempos, en la exposición sobre la omnipotencia del Estado es la negación de la libertad individual, en donde dejaba claro problemáticas que hasta hoy nos acompañan: “Todos los crímenes públicos contra la libertad del hombre, han podido ser cometidos, no solo impune, sino legalmente en nombre de la Patria omnipotente, invocada por su gobierno omnímodo. La libertad del hombre puede ser no solamente incompatible con la libertad de la Patria, sino que la primera puede ser desconocida y devorada por la otra. Son dos libertades diferentes, que a menudo están reñidas y en divorcio. La libertad del hombre es la independencia del individuo respecto del gobierno, de su país propio”.
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agregaba, finalmente, como corolario legado para pintar nuestra expectativa actual de futuro: “Si más de un joven, en vez de disputarse el honor de recibir un salario como empleado o agente o sirviente asalariado del Estado, prefiriese el de quedar señor de sí mismo en el gobierno de su granja o propiedad rural, la patria quedaría desde entonces colocada en el camino de su grandeza, de su libertad y de su progreso verdadero”.
La libertad, la independencia y la creatividad son los motores del progreso, no la omnipotencia de un gobierno nacional o los exabruptos de un gobernante invasivo que no deja de expresar su deseo de intervenir sobre las actividades sociales y otras instancias de decisión de gobiernos locales.
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