
Los Juegos Olímpicos han constituido un espectáculo ejemplar. No solo por su propia esencia, que es el despliegue altamente calificado de los distintos deportes, sino también, y para beneplácito de nuestra sensibilidad, por la demostración de cientos de atletas jornada tras jornada del producto de su esfuerzo, dedicación, talento y pasión incondicional por lo que hacen. Esas actitudes son columnas que aseguran la firmeza de un proyecto sólido, en este caso encarnado en cada una de esas personas, y representan el producto del trabajo serio y planificado, asociado a objetivos que, de este modo, se alcanzan y sostienen en el tiempo.
La educación, la institución educativa, pilar de una sociedad que pretende fortalecerse y expandir su potencial de desarrollo, es precisamente el eje de la vida institucional que más claramente demanda ese tipo de premisas.
Que las estadísticas indiquen que un millón de chicos dejaron de estudiar en 2020, que desde hace por lo menos diez años la mitad de los estudiantes secundarios no egresan y que de esa población solo la mitad comprende lo que lee y realiza cálculos básicos debería haber sido harto suficiente como para hacer un alto en el sistema, observar con agudeza donde están las fallas, ajustar o reemplazar las partes que funcionan mal o no funcionan, y empezar otra vez. Y, sobre todo, aplicar a ese proceso de cambio, como los deportistas y atletas olímpicos, trabajo planificado, constancia, esfuerzo, saberes técnicos y vocación.
En el marco de estas circunstancias, es necesario recordar que hace unos años la Argentina y otros países adoptaron a Finlandia como país asesor, modelo de cambio y excelencia educativa. No es más que justicia para un sistema que, aún requiriendo inversiones que exceden las posibilidades de un país pobre, contribuye al bienestar emocional de los estudiantes sobre la base de la disciplina y el esfuerzo de docentes y alumnos para pensar y crear.
China, Canadá, Singapur y Japón, al igual que Finlandia, son otros capítulos fundamentales en la reconstrucción del sistema educativo en nuestra era. Todos ellos coinciden sabiamente en situar al docente, adalid del proceso, en el centro de la escena. Ahora bien: no se trata solamente de un individuo bien predispuesto al trabajo planificado y la perseverancia. Esos sistemas también exigen (y aseguran) una formación pedagógica y disciplinar, una genuina inspiración por la tarea de enseñar y aprender y un sostenido propósito de derramar en los estudiantes esos mismos principios.
En nuestros años de trabajo con alumnos y docentes de los niveles iniciales, pudimos observar que la elección del formato de clase dictada propiciaba en los grupos un cierto relajamiento que llevaba a cada uno de esos niños, mientras tomaban nota de lo que oían, a pensar en otra cosa. Uno podía poner el término genoma humano en medio de la narración de los días de la Revolución de Mayo, y pocos o ninguno detectaban el “objeto extraño” al texto. Es decir, la acción de dictar-oír (no escuchar) llevaba a alimentar en cada alumno la idea que el grueso de la solución del problema no era su responsabilidad.
El voluntarismo no alcanza; la arenga de un entrenador a su equipo con el “¡vamos, vamos!” no sustituye el conjunto de factores que deben confluir en el resultado, que han manifestado tan bien los deportistas en Tokio, a saber: un plan de trabajo de cuatro años, empeño y sacrificio puesto en cada día de entrenamiento, junto con resistencia al fracaso motorizada por la convicción del objetivo.
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