
El sonido de los tambores se expandía en el eco que devolvían los montes cercanos. El olor a sangre y guerra se percibía en el aire. Los miles de soldados abrazaban sus armas mientras las nubes cubrían el campo de combate. Los nervios se mezclaban con la angustia y el honor. El enemigo esperaba al otro lado del valle y sus gritos sólo aceleraban más fuerte el pulso. Los sacerdotes habían clamado por bendiciones y súplicas al cielo, pidiendo que sus guerreros volvieran victoriosos de la batalla. Los rostros húmedos confundían la llovizna fría, con la transpiración y las lágrimas.
En plena tensión y en medio de un silencio que gemía a muerte, el comandante lanza su arenga final. Entonces, sucede lo impensado. Sus palabras son lo último que ningún ejército hubiera imaginado. Según el texto bíblico de esta semana (Deuteronomio 20:5-7), antes de salir a la batalla el comandante a cargo debía decir: “¿Quién de ustedes acaba de construir una casa nueva, y no la ha estrenado? Vaya y vuélvase a su casa, no sea que muera en la batalla, y otro la estrene. ¿Y quién ha plantado una viña, y no ha disfrutado de ella? Vaya y vuélvase a su casa, no sea que muera en la batalla, y otro la disfrute. ¿Y quién se ha comprometido con una mujer, y no la ha tomado? Vaya y vuélvase a su casa, no sea que muera en la batalla, y otro la tome”.
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Aquellos que no habían saboreado aún los frutos de su propio potencial podían volver a casa. Incluso en el momento más crucial, donde todos lo necesitaban, ese soldado merecía disfrutar de la belleza que lo esperaba en su vida. Le decían: “Hermano nuestro, será difícil sin vos. Pero sabemos cuál es el lugar donde debés estar hoy”.
El texto, contra toda lógica, parece priorizar las necesidades y los deseos del individuo por sobre las del colectivo. Sin embargo los sabios, buscadores de mensajes ocultos, nos enseñan que el relato dice exactamente lo contrario.
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Exégetas, como Jizekuni o Ramba”n, transforman el sentido del texto mostrando que en realidad lo único importante en esta arenga es el grupo, el equipo, el conjunto. En primer lugar, ningún soldado ayudará a la tropa en una batalla si su cabeza está en su casa, en su viña o en su amor. En segundo lugar, no es conveniente llevar a todos los hombres ante el peligro de una posible derrota, por lo que son precisamente aquellos que están por generar nueva vida a su pueblo, los que debían ser preservados de esa guerra. Por último, al mostrar al resto de las tropas que podían prescindir de varios de sus soldados, inspiraban al resto para que creciera el espíritu de confianza en la victoria entre ellos. Esa guerra la ganarían de cualquier manera. No se trataba de lo que hacían por ese soldado volviendo a su casa, sino lo que él podía hacer por todos los suyos.
La guerra que batallamos en esta pandemia ya lleva casi dos años. Una guerra que nos devastó. Una guerra que ya nos dejó más de 100.000 bajas. Detrás de cada uno de esos soldados caídos hay cientos de miles de familiares y amigos que no pudieron estar a su lado ni en la enfermedad, ni en la despedida final. Ni un abrazo de contención, de apoyo. Algún abrazo de esos que al menos en silencio, hablan. Lágrimas que debieron secarse en soledad y distancia. Cientos de miles de soldados en el frente, desde médicos y enfermeros hasta los que mantienen la limpieza de cada hospital, que fueron acusados de relajarse en el fragor de la batalla. Y millones de soldados que desde su casa combatían en soledad y protocolo, postergando sus celebraciones y clausurando sus proyectos. Abuelos que no pudieron abrazar a sus nietos en su cumpleaños. La angustia en la garganta de no saber si habrá otro cumpleaños. Porque en una guerra, el soldado nunca sabe si podrá reencontrarse otra vez, en una mesa rodeado de los suyos.
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El comandante arengaba a su tropa. Les aseguraba que ganarían esa batalla si cada uno luchaba pensando en todos. Si se sabían entre todos, uno. En el frente o desde casa, todos soldados imprescindibles. Después de la arenga, el comandante era el que iba al frente de todos. No lo dudaba. Si todos sus soldados estaban en guerra, el de la arenga debía ser ejemplo. Líder no es aquél que habla, sino el que educa. Los verdaderos líderes, son aquellos que forman grandes líderes. En la acción y en la omisión. En el acierto y en el error. En la honestidad y en la hipocresía. En la humildad y en la soberbia.
En el Tratado de los Principios, Hilel el anciano, nos dice: “En ese lugar en donde no hay personas, vos debes ser la persona” (Pirkei Avot 2:5). En ese lugar donde el líder deja de saberse ejemplo, no se pierde la batalla, sino que se pierde al líder. Allí es donde todo soldado lejos de bajar los brazos, debe continuar la lucha. En ese lugar donde no hay líderes, vos debes ser un líder.
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Sumergidos en la cultura que endiosa al “Yo”, perdemos de vista al “Nosotros”. Entonces, nos convencemos que nuestra vida es nuestra, y que por eso nuestras decisiones también lo son, en la ilusión de que no tocarán las vidas, los sueños o las ilusiones de los demás. Pero en verdad, somos una red de almas. Interconectadas de manera imperceptible, frágil y a la vez inevitable. Así en el amor, como en la viña. Así dentro de casa, como en el campo de batalla.
Los sabios toman los momentos más íntimos de nuestras vidas y nos enseñan que no hay nada en el mundo que tenga que ver sólo con uno. Las bendiciones que hayamos logrado - el liderazgo, la prosperidad o el amor - se conjugan en plural, nunca en singular. Las decisiones que tomemos y la vida que vivamos, siempre tendrán eco en el mundo. Vayamos a la guerra o nos quedemos en casa, afectará al futuro de todos y no sólo el propio. Nada será un acto completamente individual. Nada se trata sólo de uno mismo.
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Soldados queridos. Soldados todos.
Otra vez Hilel el anciano, nos enseña: “No te apartes de la comunidad” (Pirkei Avot 2:4). No es una orden, ni un consejo. Es una declaración. Aunque lo intentes, será imposible. Incluso en tu distancia del mundo, lo estarás afectando. Para quienes te rodean, para tu país, tu barrio, tu comunidad, tu familia, tu gente. Si no estás, se siente. Si faltás, sos esperado. Si no llegás, nada estará completo. Si estás triste, contagiás y si estás alegre, también. Si no aportás, no se hace y si ayudás, todo crece. Tocás al universo con cada decisión. Si no cantás, la canción no suena y si cantás, el mundo entero baila. Si no estás enamorado o enamorada, abrí los ojos porque algo o alguien te espera. Y si lo estás, entonces ya ganaste la batalla.
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Porque, soldados, todos somos necesarios para la lucha. Para algo, para alguien. Todos, soldados imprescindibles. Siempre.
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