Durante muchos años el aniquilamiento de las comunidades judías sefardíes de Grecia, asentadas principalmente en las islas de Rodas, Cos y Salónica, no fue un tema ampliamente difundido y enseñado.
Incluso dentro de la misma comunidad judía no fue sino hasta el año 1995, cuando en ocasión del 50° aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial, en el acto central organizado por la DAIA, por primera vez se encendió una de las velas consagradas a la memoria de los seis millones de judíos exterminados por la maquinaria nazi dedicada a ellas.
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Hasta ese momento, la recordación y transmisión de la memoria estuvo exclusivamente a cargo de las organizaciones creadas por los sobrevivientes que llegaron a nuestro país y sus descendientes: la Comunidad Chalom, el Centro de Investigación y Difusión de la Cultura Sefardí (Cidicsef) y la Federación Sefaradí Latinoamericana (Fesela).
Agosto es el mes consagrado al recuerdo de la tragedia, y es por ello que hoy la comunidad judía argentina se congrega, (en forma virtual por las restricciones imperantes), para hacer, una vez más, el ejercicio de la memoria. Será, como cada año, en el Templo Chalom, que recuerda el nombre de la antigua Sinagoga de Rodas.
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Agosto es el tiempo señalado para rendir tributo. Es el mes en que concluyeron las deportaciones ordenadas y ejecutadas por los genocidas nazis en 1944. Fue durante el período de la aplicación de la Solución Final, ordenado en Grecia desde marzo de 1943.
De acuerdo a documentación de Yad Vashem, en 1941 según el censo oficial, aproximadamente 72.000 judíos vivían en Grecia. La historia de los judíos griegos es en gran medida la historia de los que vivían en Salónica, una comunidad de 52.000 personas fuertemente arraigada y querida llamada “la metrópoli judía”, ciudad donde hasta el puerto descansaba en Shabat. Tenían 70 sinagogas y funcionaban 12 escuelas judías.
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Al concluir la guerra sólo 1800 integrantes de la comunidad lograron sobrevivir.
Así, siglos de convivencia pacífica y armoniosa fueron destruidos por el invasor que infectó de odio, muerte y destrucción toda Europa y más allá.
Salónica había sido el gran refugio de los judíos tras la expulsión de España en 1492.
Los números son fríos por definición, pero son categóricos. Los nazis documentaron todo, no dejaron dudas. Las ausencias para siempre de las pujantes comunidades judías griegas son recordadas y añoradas por nosotros, a la vez que son testimonios irrefutables que resultan insoportables para los antisemitas y los negadores.
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Se cumple un nuevo aniversario de la deportación y el exterminio, y al evocar con la tristeza y el dolor aflora como siempre el asombro y la perplejidad por la imposibilidad que tenemos de comprender la dimensión del mal que fue pensado y ejecutado por hombres y mujeres sobrepasando todo límite imaginable. Y aparece también el estupor que da verificar el antisemitismo que aflora y se planta como amenaza en el mundo nuevamente.
Es un dato por demás revelador que la OEA y los Estados Unidos hayan dispuesto la creación de áreas específicas para su combate. Son señales que deben ser tenidas en cuenta.
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Al recordar hacemos un acto de educación. Cada reunión de la comunidad judía para homenajear a las víctimas y mártires del Holocausto tiene el sentido e impronta de una clase abierta que nos trae nuevos elementos a partir de investigaciones revelaciones y testimonios, que nos compromete más aún con nuestro presente y nuestra sociedad.
Nos indica además que nada de lo que sucede en este tiempo en nuestro país es comparable con el nazismo y por ello advertimos, seguros y firmes, una y otra vez sobre la banalización que tanto por error, ignorancia y/o oportunismo frecuentemente se lleva a cabo. No es capricho, ni exceso de sensibilidad, es saber de qué se trata, y por eso estamos alertas. Nos debemos el cuidado de la historia, pero más aún el respeto entre todos.
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Nosotros, los judíos ,recordamos. Tenemos un compromiso inquebrantable con la memoria pues ella nos refuerza en nuestra identidad y nos empuja con fuerza arrolladora a construir el presente en donde la paz, la concordia, el encuentro y la libertad sean valores que nunca más sean vulnerados.
David Galante, nacido en Rodas y sobreviviente de Auschwitz, quien falleció el año pasado víctima de la pandemia que nos azota, nos dejó de legado su testimonio. Él, como tantos otros, logró hablar después de muchas décadas. Fue un entrañable colaborador del Museo del Holocausto de Buenos Aires, institución que hace pocos días le rindió un hermoso homenaje.
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Sus palabras, como la de cada sobreviviente, nos señalan el camino y nos convierten a todos en testigos, y así será por generaciones.
“Doy testimonio de lo que mis ojos vieron. Lo que estos ojos vieron, nunca lo podrán olvidar”, dijo David.
Se cumple un nuevo aniversario de la deportación de los judíos sefardíes de Grecia. Nosotros recordamos.
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