
En un nuevo marco geopolítico la Argentina deberá comenzar a interactuar con el resto del mundo, después de haber pasado una profunda crisis que dejó una deuda enorme -con sus consecuencias negativas- y redujo su capacidad económica.
Pero a pesar de estos inconvenientes significativos, las perspectivas globales que se le presentan a nuestro país no son tan malas si se las sabe manejar en forma inteligente y se sabe leer la realidad internacional que se avecina.
En primer lugar, de acuerdo a los pronósticos más objetivos, la pandemia del coronavirus empezará a ser doblegada por las vacunas y los cuidados sanitarios para la mitad de año, y por lo tanto la economía volverá a crecer. No lo hará en magnitudes importantes, pero crecerá, dejando atrás más de 9 años de estancamiento, lo que no es poco.
Por otra parte, el escenario del comercio internacional, con el triunfo de Biden, parece alejarse de los años de exaltación del bilateralismo y del proteccionismo, para encaminarse hacia senderos que ofrecen una mejor perspectiva para los intereses argentinos, en las negociaciones multilaterales.
Es muy posible que los precios de los commodities se mantengan altos, especialmente la soja, el maíz y el trigo que son los productos que más dólares por exportación logran y que forman parte de la demanda china y brasileña.
América Latina totalmente dejada de lado por el gobierno de Trump puede encontrar nichos apropiados para avanzar en negociaciones con los grandes actores internacionales, a través de un Mercosur más competitivo.
Todo ello supone un fortalecimiento del valor del dólar ante otras monedas y también abre la posibilidad de tejer alianzas regionales basadas en el respeto y la tolerancia y no como sucedió estos años en la amenaza del “big stick”, al que recurrió la administración Trump.
Es oportuno destacar que desde el arribo de la democracia, más allá de diferencias metodologías, los gobiernos argentinos han mantenido “una política de Estado” respecto a la defensa universal de los derechos humanos en el ámbito internacional y que ahora con este nuevo gobierno demócrata se abre una nueva oportunidad para buscar alianzas regionales y multilaterales que le den volumen a esa Política de Derechos Humanos, apoyada en el prestigio que la historia democrática le otorga a la Argentina, sin lugar a dudas.
El mayor problema para la política exterior argentina se encuentra en su relación en América del Sur, especialmente respecto a Venezuela y al Brasil.
De acuerdo a los expresado por Antony Blinken, el nuevo Secretario de Estado, la política de los Estados Unidos respecto al gobierno de Maduro será la de seguir presionando para obligarlo a negociaciones que abran el camino para llegar a elecciones.
No habrá un cambio sustancial en los objetivos norteamericanos respecto al régimen de Maduro. Lo que sí es posible es una moderación en las formas y una mayor amplitud en los tiempos.
Pero Guaidó sigue siendo reconocido como el presidente de la antigua Asamblea y ésta como el máximo organismo del Estado Venezolano.
No cambia nada. Seguiremos en esta situación de equilibrio inestable que divide a la región y le quita posibilidades de gestar proyectos comunes que ayuden al desarrollo.
En esta instancia la Argentina se ve obligada a definir su posición ante el enfrentamiento de los principios de no intervención y el de la defensa de los Derechos humanos y las libertades fundamentales.
Lo cierto y concreto es que este tema divide a los países latinoamericanos y tiñe todos los otros temas. Se asemeja al conflicto con Cuba en la guerra fría ( y que a veces resurge) haciendo perder de vista la importancia del desarrollo integral, la vigencia de los derechos humanos y la soberanía de los Estados.
De ahí la importancia de buscar soluciones abarcativas y no divisorias, desde el comienzo de esta nueva administración norteamericana. Esta es la tarea más importante que tiene ante sí la Cancillería argentina y que no puede seguir eludiendo.
La Argentina es el único país latinoamericano que puede tener un rol de ayudar a encontrar una salida democrática que termine con esa ¨guerra civil larvada” que vive Venezuela desde hace años y que ha dejado a sus habitantes, más pobres y divididos.
Es hora de comenzar otro camino y la Argentina debe estar presente activamente.
Con Brasil el problema es más complejo. Argentina no puede tener una mala relación con el Brasil, es su mayor comprador de bienes industriales y su principal socio en el Mercosur, alianza vital para el desarrollo de la Argentina y de la subregión.
La inexistencia de una buena relación personal entre los Jefes de Estado, incrementada por sus diferencias ideológicas y la particular personalidad del Jefe de Estado Brasileño, dificultan un diálogo franco y necesario
Los intereses de ambos países hacen que las diferencias tiendan, a apaciguarse, cuando llegan los momentos críticos.
Es de vital importancia que existan instancias de diálogo alejadas de las discusiones ideológicas que se recuperen las discusiones técnicas que permitan acercar posiciones e impulsar proyectos comunes respecto a terceros, como la Unión Europea, China y los Estados Unidos, los grandes jugadores, que son imprescindibles para el crecimiento y desarrollo de ambos países.
Por último es insoslayable incluir a China en la política exterior argentina y mundial.
Principal comprador de bienes primarios, la Argentina tiene con China una relación comercial bilateral fundamental para sus exportaciones. La soja, el poroto y el aceite de soja, la carne bovina y muchos otros productos se encuentran en el radar de las exportaciones de la Argentina.
A su vez las posibilidades del arribo de inversiones chinas en energía, alimentos, turismo y transporte son enormes y pueden ayudar para romper la dependencia exclusiva con los organismos internacionales de crédito, si se llevan a cabo negociaciones inteligentes que no impliquen sueños irrealizables o utópicos pero que permitan algunas ventajas comerciales.
Es importante tener en claro que la relación con China es una relación basada en lo comercial y que un acercamiento no significa abandonar valores culturales o ideológicos sino incrementar y diversificar el comercio y las inversiones, indispensables para el desarrollo argentino…
La opción que se abre para el éxito de una productiva política exterior para la Argentina no es la opción China o los Estados Unidos, es Estados Unidos, más, China, más la Unión Europea y fundamentalmente el MERCOSUR.
No estamos en la guerra fría y no es una política inteligente buscar opciones que no favorecen a los intereses nacionales.
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