La decadencia es una melodía tradicional de la humanidad que se suele ejecutar a toda orquesta, en un coro a dos voces entre gobierno y oposición, fruto maduro de una clase o sector social, burocracia o aristocracia, que explota inescrupulosamente las miserias de la sociedad.
Cuando los cargos públicos y los negocios privados se confunden, las naciones corren el riesgo de convertirse en colonias, en espacios geográficos donde los negociados solo dependen del porcentaje acordado con los dirigentes del momento.
Dos partidos se reparten el gobierno y la oposición y se turnan; ambos se organizan como impunidades rentadas, responden a distintos y parecidos intereses, integrados como están por una misma burocracia que sustituye a la otrora burguesía productora de riquezas. En su lúcido ensayo La economía de renta, Moises Ikonicoff plantea un sistema donde los beneficiarios disfrutan de enormes beneficios económicos sin crear por sus propios esfuerzos riqueza alguna.
Las decadencias se deslizan entre las prebendas, las codicias y los egos. Hay algunos personajes que prometieron ser diferentes hasta que la enorme presión de la realidad y su imposibilidad moral de sustraerse a la tentación los convirtió en uno más. El camino más fácil de esta etapa es hacerse rico empobreciendo a los votantes y multiplicar la concentración a partir de la eliminación de la clase media expulsándola al lugar de clase baja. Y muchos lo hacen de puro enamorados de la clase a la que aspiran pertenecer, sin entender que sus miembros son los que decidieron hundirlos en la miseria. Claro que el bando de los supuestos reformistas suele ser todavía más corrupto y nefasto que el de los supuestos elegantes o al menos, están parejos.
La política, por momentos, asoma tan solo como una sucursal de los grandes grupos, cuyo poder se asienta en los servicios públicos privatizados. Incapaces de producir nada nuevo se ocuparon de apropiarse del sudor de todos, como los espacios que permiten la perfección del negociado, mezclando ganancias con subsidios, habilitando esa nueva estafa que llamaron “tercerización”, indigna manera de coimear a la vista de todos. Hay municipios en los que si el ciudadano no paga un impuesto, lo persiguen con un abogado privado, como si pudieran parasitar su impotencia y quedarse con una parte de esa injusta dureza sobre una limitación económica. Alguna provincia había inventado un sistema de fotos a partir de poner carteles que limitaban de pronto la velocidad. Fotografía y abogado privado, coima municipal. No vale la pena seguir describiendo las miserias de una dirigencia degradada e impune. Es preferible impulsar la idea de la obligación de la política de gestar alternativas, de forjar salidas a esta crisis hoy casi terminal. No sería grave si lo que señalamos fuera solo una parte de la realidad productiva, se vuelve atroz al convertirse en el centro del sistema económico.
El kirchnerismo es una triste deformación del peronismo y en rigor, de la política misma. Impera tan solo por aquello de que “en tierra de ciegos, el tuerto es rey”. Ahora van por el peronismo, por una estructura vacía y una historia en la que nunca creyeron ni respetaron. Sería mucho más digno si Alberto fundara la socialdemocracia en la que imagina creer y Máximo reivindicara a Tosco y su fuerza política, ya que a Rucci ni siquiera lo pudo asumir como propio.
Se asoma un tiempo que nos obliga a recuperar la esperanza. Las acusaciones sobran y cansan, la justicia deberá seguir su camino y nosotros estamos obligados a organizar alternativas, salidas políticas que puedan superar esta nefasta tenaza entre Cristina y Macri, o entre algunos de sus peores seguidores.
Necesitamos fuerzas nuevas, proyectos políticos en serio, no quejas de contadores ni lamentos de abogados frustrados. Ofertas de candidatos con ideas e independientes de los negocios de turno. Los triunfadores de hoy son los vivos, solo volveremos a ser patria cuando se impongan los dignos, con proyecto y talento, con coherencia y estatura.
No tenemos un candidato, es cierto, podemos y debemos sustituirlo por un grupo en el que confluya otra diversidad. Y ese salto, de la persona al equipo, puede ser esencial para recuperar un sueño extraviado.
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