El sufrimiento humano producido por las acciones belicistas por parte de los Estados nacionales en la actualidad se potencia con los avances tecnológicos de la inteligencia artificial (IA). Este sufrimiento no es el único: la desigualdad producida por la concentración de la riqueza, el avance de la carrera armamentista y las consecuencias del cambio climático no tienen ningún límite. Las normas y reglas diplomáticas establecidas después de la Segunda Guerra Mundial gracias a la Carta de San Francisco, firmada el 26 de junio del año 1945, que pusieron en marcha el orden mundial con el protagonismo del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU) para preservar la paz mundial, son ahora un recuerdo.
Durante el enfrentamiento de la Guerra Fría, las dos potencias líderes lograron el equilibrio de poderes para atenuar los conflictos nucleares, como la Crisis de los Misiles en el año 1962 y el Tratado entre los Estados Unidos y la Unión Soviética sobre la eliminación de sus misiles de intermedio y corto alcance firmado en 1987. De esa bipolaridad de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, llegando a la unipolaridad estadounidense gracias a la caída del Muro de Berlín y el fin de la Unión Soviética, se estableció un orden (Neo) liberal sostenido en la defensa de la democracia y el libre mercado.
El orden mundial tuvo varios cimbronazos, como los ataques de Al Qaeda del 11 de septiembre de 2001. Estados Unidos fue atacado en su propio territorio y entre las respuestas de dicho país a los ataques estuvieron las acciones militares en Afganistán e Irak sin el apoyo del Consejo de Seguridad de la ONU. Pocos años después, la crisis económica mundial de 2008 originada por la caída de las hipotecas subprime y la quiebra del banco Lehman Brothers tuvo como respuesta el intento de una organización que pudiera prever y activar respuestas rápidas como el G20. Finamente, la pandemia del COVID–19 tuvo una reacción coordinada entre los Estados nacionales y las organizaciones internacionales para enfrentar la crisis sanitaria y geopolítica.
En este marco de intentos de respuestas y atemperación de conflictos de toda índole, no podemos olvidar aquellas acciones que, lejos de atemperar los problemas, los escalaron de un modo inusitado como las acciones unilaterales de varios países. Por ejemplo, las acciones de Rusia con la invasión a Crimea en 2014 y al territorio ucraniano en 2022; o en otro orden geopolítico, la intervención estadounidense en Venezuela.
Las decisiones del líder ruso Vladimir Putin determinaron que el continente europeo dejara de representar una zona de paz y estabilidad en Europa. A su vez, el Oriente Próximo y Oriente Medio son territorios condicionados por conflictos y enfrentamientos de larga data que multiplican el sufrimiento. En este momento, el ataque de Gaza luego del acto terrorista de Hamas contra Israel y la potenciación de dicho conflicto por la cuestión del estrecho de Ormuz, muestra cada vez más la debilidad de organizaciones supranacionales que posibiliten el mantenimiento y/o recuperación de la paz. Cada uno de estos acontecimientos tiene factores políticos, geopolíticos, militares, económicos y sanitarios, que condicionan al actual sistema internacional.
Dos propuestas analítico-políticas resultan de considerable interés para reflexionar sobre el presente y el “desorden” mundial. Tanto el embajador y académico Jorge Argüello en su libro “Efecto Mariposa”, como así también el último libro del analista político estadounidense Robert D. Kaplan “Tierra Baldía: un mundo en crisis permanente” son análisis que vale la pena tener en cuenta. Ambos autores acercan una reflexión clara y eficaz para la comprensión del “orden” mundial y proponen herramientas que permitan comprender y enfrentar la crisis.
Según Argüello, detrás de guerras, crisis y tensiones contemporáneas no hay desorden puro sino un proceso de descomposición del sistema internacional surgido en 1945 y la gestación aún incierta de un nuevo equilibrio multipolar. Incluso, se pregunta: ¿estamos viviendo un momento de caos o estamos en presencia de una transición del orden internacional? Así también Kaplan asegura que todos habitamos el mismo sistema global altamente inestable. Su incisivo estudio geopolítico plantea cómo hemos llegado hasta aquí y hacia dónde vamos.
A partir de las propuestas de estos dos autores, enumero rápidamente los elementos necesarios y urgentes para enfrentar un mundo en crisis permanente y total.
En primer lugar, debemos priorizar la importancia de fundamentación y base de los Estados nacionales y las organizaciones internacionales de la ONU. Es decir, el multilateralismo como la llave para enfrentar el actual sistema internacional.
En segundo lugar, es necesario realizar una reforma estructural en la ONU, en especial en el Consejo de Seguridad, porque su capacidad de acción es limitada –tal como quedó demostrado con el ejemplo de la situación en Ucrania a partir del veto ruso-. Países como Brasil y la India deberían incorporarse en un futuro cercano como Miembros Plenos del Consejo de Seguridad de la ONU. Teniendo en cuenta que para el año 2100 el 40% de la población mundial será ciudadana de algún estado-nación del continente africano, es llamativo que a esta altura ninguno de los países de dicho continente tenga protagonismo en el Consejo de Seguridad.
En tercer lugar, es inadmisible la falta de templanza y prudencia en quienes tienen poder para tomar decisiones que afectan a la paz y evitan el sufrimiento humano. La diplomacia es la guía para lograr la paz. No es idealismo, se trata de tener conciencia social para todos y todas los que vivimos en este planeta, para entregar un mundo habitable a las próximas generaciones.
En cuarto lugar, el orden multilateral es el corazón para evitar guerras entre potencias. La ONU debe profundizar la Agenda 2030, un plan de acción global con Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y 169 metas para erradicar la pobreza, proteger el planeta y asegurar la prosperidad para esa fecha. Debe buscar un desarrollo sostenible e inclusivo, abordando el cambio climático, la desigualdad, la paz y la justicia con la colaboración de todos los países.
En quinto lugar, los diálogos entre líderes políticos desde las diferentes Cumbres Presidenciales y/o el G7 como el G20 se fundamentan en una acción diplomática y geopolítica para buscar la paz, a la vez que en una saludable dinámica comercial que además permita enfrentar las problemáticas que tiene la humanidad como es el Cambio Climático.
Por último, los Estados nacionales deben de manera urgente regular la IA. El poder de la inteligencia artificial es peligroso si solo queda en manos de pequeños grupos con intereses que están alejados del bien común.
Sin embargo, frente a este panorama desolador, podemos tener esperanza e ilusión. En septiembre de 2026, la ONU tiene que elegir nuevo secretario general. Uno de los principales candidatos para reemplazar a Antonio Manuel de Oliveira Guterres es el argentino Rafael Mariano Grossi, actual director del Organismo Internacional de Energía Atómica de la ONU.
Grossi es señalado como uno de los más idóneos representantes para coordinar el sistema internacional. Incluso, puede ser el hombre indicado para realizar las reformas que necesita la ONU para renovar y asegurar la capacidad del Consejo de Seguridad en la toma de decisiones de la política internacional.
Esperemos entonces que el nuevo liderazgo de la ONU proponga también nuevas y renovadas acciones para atenuar el sufrimiento de grandes sectores de la humanidad en este mundo en crisis permanente.
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