La OEA y una Argentina sin historia ni identidad

La política exterior argentina ha perdido toda moralidad bajo Fernández y Fernández de Kirchner, presumiendo acerca de los derechos de nicaragüenses y venezolanos a definir su propia forma de gobierno y otros eufemismos

Washington Abdala, Embajador de Uruguay ante la OEA
Washington Abdala, Embajador de Uruguay ante la OEA

Washington Abdala, Embajador de Uruguay ante la OEA, no podría haberlo dicho mejor: “Cuando las opciones son de naturaleza binaria o se está de un lado o se está del otro. Y aquí no hay mucho margen. Ni siquiera hay margen para el matiz. O se está del lado de la defensa de los derechos humanos y la recuperación de la democracia en Venezuela o se está del lado de la oscuridad y la tiranía. No hay punto intermedio”.

Esto en relación al debate en la Asamblea General de la OEA sobre la resolución aprobada ayer acerca de la situación en Nicaragua y Venezuela. Resolución que les exige elecciones libres y justas, libertades y derechos. Algo así como un grito: ¡dejen de torturar y matar!

Argentina se “abstuvo” en ambos. Comillas porque dicha abstención ni siquiera alcanza como matiz, siguiendo la reflexión de Abdala, pues no censurar a una dictadura es aliarse con ella. Argentina ya fue descripta por aquella histórica sentencia de Desmond Tutu, si bien hablaba del Apartheid: “Si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor”.

El Embajador Abdala invocó la noción kantiana de “imperativo categórico”. Cómo uno se sitúa frente a una dictadura criminal es en definitiva una cuestión moral, nos decía él. Son posiciones que se determinan en torno a optar por el bien o elegir el mal y punto. La política exterior argentina ha perdido toda moralidad bajo Fernández y Fernández de Kirchner.

Esta Argentina de hoy opta por el mal a través de una coartada, la abstención. Y a tal efecto recurre a argumentos absurdos, una doctrina de relaciones internacionales perimida, rancia. La Cancillería de Argentina habla de “la soberanía de Nicaragua y Venezuela”, y redunda en su oposición a la “intervención extranjera”.

Presume acerca de los derechos de nicaragüenses y venezolanos a definir su propia forma de gobierno y otros eufemismos. Como si dichos pueblos hubieran elegido dictaduras dispuestas a quedarse en el poder indefinidamente. A plomo, desde luego. Por ello la noción de no-intervención es falaz.

Ocurre que sin intervención no habría Sistema Interamericano, un conjunto de convenciones que obligan a los Estados a observar la democracia y los derechos humanos. Como todo régimen internacional, funciona en base al principio de reciprocidad: una porción de la soberanía es entonces cedida y transferida a dicha instancia supranacional. La paz y la seguridad—bienes públicos indispensables—se derivan de las normas compartidas y se logran por medio de la fiscalización mutua.

La Carta Democrática Interamericana, tratado que todos los países del hemisferio excepto Cuba firmaron de manera libre y voluntaria, dice en su artículo primero que “los pueblos de América tienen derecho a la democracia y sus gobiernos la obligación de promoverla y defenderla”. Piénsese contractualmente, entonces. A un mínimo, Argentina podría demandar a los gobiernos de Nicaragua y Venezuela por incumplimiento.

Pero la política exterior argentina se abstiene, término en sí mismo amoral. La reflexión de Abdala, además invocando a Kant, desnuda dicha amoralidad. Abstenerse es insincero e hipócrita. Argentina es cómplice de violaciones flagrantes de las dictaduras de Nicaragua y Venezuela a sus compromisos internacionales.

Es decir, se trata de una política exterior apócrifa, sin historia ni identidad. Lleg aquí porque esta Cancillería de hoy me recuerda a Alejandro Orfila, Secretario General de la OEA entre 1975 y 1984. Me recuerda en sentido inverso, esto es, cuando Orfila me contaba sobre sus ásperas negociaciones con Videla para lograr que aceptara la misión de la CIDH a Argentina en 1979.

Aquel hito es parte de nuestro “inconsciente colectivo”, según Jung o Charly García, como el lector prefiera. Al mismo tiempo que la CIDH visitaba los centros de detención clandestinos, aquella Venezuela democrática recibía y albergaba cientos, tal vez miles, de nuestros exiliados.

Pero, lo dicho, este gobierno y su política exterior no tienen historia ni identidad. Se abstienen.


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