
El Presidente y sus expertos suelen reaccionar de forma airada cuando les preguntan sobre las consecuencias sociales del confinamiento obligatorio que ya lleva más de 80 días. El argumento que esgrimen, una y otra vez, es que la vida de los argentinos está por sobre todas las demás cuestiones.
Es curioso que, en nombre de oponerse al neoliberalismo, el discurso oficial utilice algunos de sus peores vicios: reducir la sociedad a números, reprimir sus sentimientos más humanos (angustia, soledad, la necesidad de libertad) y, sobre todo, esgrimir un discurso que renuncia a la política para sostenerse en la supuesta voz de la biología y la medicina.
Lo que las filminas del Presidente y los discursos de sus asesores dejan de lado es que existe una gran diferencia entre la vida biológica y la vida humana: nuestra existencia no se reduce a respirar, procrear y morir; por el contrario, tiene otras características que la distinguen de los demás seres vivos.
La vida humana es social, lo que significa que necesitamos de la interacción, el contacto y el diálogo. Crecemos en familias y en comunidades de las cuales nos nutrimos y aprendemos. También es productiva, ya que transformamos materiales en objetos que, a su vez, nos permiten transformar otros materiales en otros objetos. Se forma así una cadena interminable y donde dejamos, para bien y para mal, nuestra huella en el mundo que nos rodea.
La vida humana es creativa. Los seres humanos podemos crear cientos de mundos posibles, lo hacemos todos los días cuando narramos y escribimos historias, cuando leemos y también cuando cantamos, bailamos o pintamos. En resumen, nuestra vida es diversa y grupos de seres humanos conviven, producen y crean de formas parecidas, diferentes y a veces, únicas.
La política de confinamiento obligatorio llevada adelante por el gobierno nacional muestra un profundo desprecio por la vida en sociedad. Mientras estamos encerrados, apenas sosteniendo nuestra vida biológica y renunciando a una vida humana plena, no se observan mayores esfuerzos, ni entusiasmo, por encontrar alternativas al encierro prolongado.
El gobierno nacional elude hacerse cargo de las consecuencias sociales que genera el aislamiento obligatorio como del cercenamiento de libertades y el recorte de derechos civiles que implica. Allí aparece en su auxilio un grupo (“los expertos”) que se inmiscuyen en ámbitos de nuestras vidas que exceden sus conocimientos, su legitimidad y sus competencias, inclusive en términos médicos.
La “nueva normalidad” parece ser un país donde el ser humano se consume en su mera supervivencia. Si la política de confinamiento obligatorio se sigue extendiendo, cada uno de nosotros se convertirá en una versión de Gregorio Samsa, el protagonista de La metamorfosis de Kafka, porque el gobierno nacional parece más a gusto administrando números que personas.
Fernando Pedrosa y Cecilia Noce son docentes e investigadores de la Universidad de Buenos Aires
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