Este fin de semana, por primera vez después de 60 días de encierro, los chicos fueron bendecidos con la posibilidad de salir una hora en toda la semana “para ventilarse del aislamiento”, tal como dijo el ministro de Salud, Fernán Quirós.

¿Cuál es el sustento científico detrás de la prisión domiciliaria que sufrieron los chicos durante dos meses en todo el país, sin distinción de grieta? Ninguno. Cero.

Se estima que los niños pueden ser agente de contagio del virus igual que los adultos, aunque aún no está probado. La experiencia empírica demuestra que los chicos, si se enferman, suelen desarrollar formas más leves. E incluso en Suecia, uno de los pocos países que no interrumpió las clases, el nivel de contagio entre niños es escaso. (No estamos sugiriendo el regreso a las clases, sino determinar que Covid-19 no es un problema particularmente acuciante para los niños).

Si el temor es que los niños vayan a “visitar a los abuelos”, es responsabilidad del Presidente y de los gobernadores comunicar con claridad que esto sí podría llegar a ser grave, ya que representan una población de riesgo. ¿Por qué se castiga a los niños en todo caso, con la posible impericia comunicacional de los adultos que nos gobiernan? ¿Por qué subestiman a los ciudadanos y los tratan como idiotas incapaces de comprender los riesgos?

El mantra que justifica las restricciones más duras es que “se conoce poco sobre este virus nuevo”. Lo cierto es que, sobre esa ignorancia, no todos los países toman las mismas decisiones. Las medidas de extremo aislamiento sobre los niños alcanzaron a un puñado mínimo de países como España, que el mismo día que les permitió salir, contó con 240 fallecidos, casi lo mismo que tenía Argentina en total ese mismo día. En Bélgica, el país con más muertos por millón de habitantes después de San Marino, siempre se permitió el paseo recreativo a niños y adultos. Lo mismo en Alemania, Inglaterra, Francia y prácticamente todo el mundo: salidas de una hora al día, acompañados por sus padres. ¿Acaso los expertos de todos estos países son inútiles? Por el contrario, distintas sociedades pediátricas en el mundo están alertando sobre el daño psicológico que el encierro puede causar a los niños.

¿Qué papers leyeron nuestros políticos y epidemiólogos para sugerir y ordenar a los chicos el encierro durante casi dos meses y ahora, en un halo de supuesta bondad paternalista, autorizarlos a “una hora por fin de semana”? Ninguno. A falta de respaldo académico, aseguran off the record, temen que haya “un descontrol de tránsito de chicos” y eso dispare una “mayor circulación del virus”.

El temor, el pánico, es el motor de esta pandemia y no siempre lleva a decisiones racionales ni con sustento científico, más bien lo contrario.

El gobernador de la Provincia de Buenos Aires fue aún más lejos: sugirió que no habilitarían los paseos, pero sí que acompañen a los padres a un supermercado. Quizás en la Provincia acceden a otros papers en los que es más difícil contagiarse el virus en un espacio cerrado que al aire libre. ¿Puede ser serio esto?

The New York Times difundió un estudio de científicos chinos, aún sin revisión por pares, donde revela la bajísima probabilidad de transmisión del Covid-19 en espacios abiertos y los expertos sugieren, con algunos recaudos, que no casi no existe riesgo de permitir estas actividades.

Sí, por supuesto: si una persona con Covid-19 le escupe en la cara a otra lo va a contagiar, estén dentro de una burbuja o en una plaza. Se entiende que cierren los espacios de juegos en las plazas, para evitar el contacto entre los niños. ¿Pero dónde dice que caminar, correr, andar en bicicleta, ver el sol o respirar aire fresco implica un riesgo para alguien? ¿No podrían los adultos incluso aprovechar ese tiempo con sus hijos para enseñar con el ejemplo normas de higiene y de distanciamiento social que, seguramente, deberán sostenerse incluso cuando se flexibilice más la cuarentena?

Lo mismo vale para los paseos, ejercicios y deportes sin contacto entre adultos. Se frivoliza, se ridiculiza y hasta se insulta con espíritu cuasi fascista a quien interpela su derecho a salir al aire libre. “Te interesa correr en lugar de salvar vidas”, se llega a decir en el clímax del absurdo.

De nuevo, mientas se realizan algunos estudios, países con miles de muertos en ningún momento prohibieron estas salidas porque entienden que no existe el riesgo de contagio y sí el del sedentarismo y el impacto psicológico en niños y adultos. La irracionalidad se replica al punto de “permitir el paseo en bicicleta si es para ir a trabajar”, pero no para fines recreativos, que son claramente saludables. El ex ministro de Salud, Adolfo Rubinstein, confesó a Forbes que solía correr a diario y desde que se aplicó la cuarentena no hace ejercicio en su casa. Habrá próceres que corren maratones en el living y generan notas simpáticas. Pero impedir el paseo o ejercicios o deportes sin contacto (ciclismo, tenis, golf) no tiene sustento. Nadie sugiere organizar una maratón.

En esta tensión de derechos, entre salud pública y libertades individuales, el Estado decide de pronto qué actividad es “esencial” y cuál no. ¿Son criterios siempre acertados? Son esenciales los noteros, pero no los miembros del Poder Judicial ni los cajeros de los bancos. Una persona que puso todos sus ahorros en abrir un kiosco, o un restaurante, es “esencial” para sostener a su familia y a las familias de sus empleados. Nadie sugiere las opciones “a lo Bolsonaro o Trump”, pero hay enormes matices entre las cuarentenas inteligentes aplicadas en todo el mundo. En el brutal cautiverio a los niños y otros aspectos, la Argentina está a tiempo de abandonar el ataque de pánico, reflexionar y retomar la cordura.

El autor es periodista y director de Forbes Argentina