
A veces me pregunto en qué momento las relaciones humanas comenzaron a volverse tan frías en algunos lugares del mundo. Da la sensación de que vivimos corriendo detrás de la eficiencia, tratando de ahorrar tiempo en cada actividad, eliminando toda demora, toda espera y toda interrupción. El problema es que, en esa carrera permanente, corremos el riesgo de perder algo esencial: el encuentro con las personas. Esos momentos no son obstáculos en nuestro camino, son precisamente la experiencia que puede ser la mayor ganancia de nuestra vida.
La eficiencia se ha transformado en uno de los grandes valores de nuestra época. Todo debe ser rápido, inmediato y optimizado. Compramos con un clic, resolvemos trámites sin hablar con nadie y recibimos respuestas instantáneas a preguntas que antes requerían tiempo de reflexión. Sin embargo, cuanto más avanzan las herramientas para simplificarnos la vida, más evidente parece hacerse una paradoja: estamos hiperconectados y, al mismo tiempo, profundamente solos. Estamos cansados de los Bots y contestadores automáticos.
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La soledad, incluso, se ha convertido en un negocio. En algunos lugares del mundo ya existen servicios que permiten contratar personas para representar vínculos familiares en eventos sociales. La inteligencia artificial comienza a ocupar espacios que antes pertenecían a amigos, maestros, consejeros o incluso terapeutas. Cada vez son más quienes encuentran en una pantalla respuestas inmediatas a sus dudas, sus angustias y sus preguntas existenciales. La tecnología puede ser una herramienta extraordinaria, pero no puede reemplazar aquello que nos hace humanos. Ninguna inteligencia artificial puede ofrecer una mirada de comprensión, compartir un silencio oportuno o dar un abrazo que alivie el dolor de otro. Puede procesar información, pero no puede amar, solo simula hacerlo.
Por eso me llama la atención que, mientras gran parte del mundo parece avanzar hacia formas de vida cada vez más individuales, en la Argentina todavía conservemos algunas costumbres que nos recuerdan el valor del encuentro. Los argentinos solemos quejarnos de muchas cosas de nuestro país, y con razón. Sin embargo, seguimos siendo una sociedad donde los vínculos conservan un lugar importante. Nos gusta reunirnos, compartir una mesa, prolongar conversaciones que podrían resolverse en pocas palabras. Seguimos llamando a los amigos, visitando a la familia y buscando tiempo para encontrarnos. Quizás el mejor símbolo de esa resistencia sea el asado. Si lo analizáramos únicamente desde la lógica de la eficiencia, sería difícil justificarlo. Requiere tiempo, preparación, paciencia y dedicación. Sin embargo, alrededor de un fuego suceden cosas que ningún algoritmo puede calcular. Allí se comparten alegrías y preocupaciones, se fortalecen amistades, se transmiten historias familiares y se construye comunidad.
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Un amigo que se fue a vivir a San Francisco se armó una página web, donde invitaba a vivir “la experiencia del asado argentino”. Al asado no se llega a la hora de comer, se llega con tiempo para bancar al asador, se alarga la charla y se comparte con alegría.
El Evangelio ofrece una enseñanza semejante. Si juzgáramos a Jesús con los criterios actuales, probablemente diríamos que fue poco eficiente. Se detenía ante quien lo necesitaba, dedicaba tiempo a escuchar, compartía la mesa con quienes eran despreciados por la sociedad y nunca parecía gobernado por la urgencia. La parábola del Buen Samaritano expresa esta verdad con claridad. Quienes pasaron de largo tenían razones para hacerlo. Seguramente tenían obligaciones importantes y asuntos urgentes que atender. Sin embargo, fue aquel que decidió detenerse, perder tiempo y hacerse cargo del sufrimiento ajeno quien terminó actuando de manera verdaderamente humana.
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Tal vez uno de los desafíos de nuestro tiempo sea resistir la tentación de convertir toda relación en una transacción y toda actividad en un cálculo de productividad. Porque el amor, la amistad, la familia y la solidaridad nunca serán eficientes. Exigen tiempo, paciencia y disponibilidad. En una época fascinada por la velocidad, quizás la verdadera revolución consista en seguir encontrándonos. Defender una conversación larga, una sobremesa, un mate compartido o un asado de domingo puede parecer algo pequeño. Sin embargo, son esos espacios los que nos recuerdan que no fuimos creados para vivir aislados detrás de una pantalla, sino para caminar juntos. Y tal vez allí resida una de las mayores riquezas que todavía conservamos: la convicción de que ninguna tecnología, por avanzada que sea, podrá reemplazar la presencia concreta de otro ser humano.
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