
Puede parecer repetitivo, pero hay que aclararlo nuevamente: el problema del coronavirus no es el virus, sino los sistemas de salud. Si el sistema de salud tuviera la capacidad de absorber la demanda de atención que genera el virus, o sea de tratar en forma adecuada a los que se enferman gravemente, no existiría el problema. Ese aproximadamente 5% de la población que desarrolla la enfermedad, adultos mayores y personas con enfermedades previas, lo hace de manera tan acelerada que satura el sistema. Esta es la famosa “curva” que hay que aplanar. Si tuviéramos una infraestructura de unidades de terapia intensiva suficientes, la epidemia no sería lo que es.
Italia y España, además de tener insuficientes unidades y una población con muchos adultos mayores, no tomaron en serio las advertencias sobre la epidemia. El coronavirus los tomó casi por sorpresa, y sobrepasó su capacidad de atención médica de terapia intensiva. Recordemos que no solo se necesitan respiradores, sino también personal capacitado e infraestructura para atender a personas en estado crítico.
El gobierno argentino tuvo la capacidad de cambiar de actitud rápidamente, asumiendo la seriedad de la amenaza. Actuó con celeridad y dictó la cuarentena obligatoria. Un acierto a todas luces. El tiempo precioso que ganó le permitió establecer una cuarentena exitosa y ampliamente apoyada por la sociedad. Más allá de casos aislados y cierta sobreactuación de los canales de noticias, logró activar el sistema de emergencia con la asistencia de las fuerzas armadas y la colaboración de los principales actores políticos. Hoy la ciudadanía en general apoya las medidas y cumple muy mayoritariamente las directivas sobre la cuarentena y cómo abastecerse o salir a cuidar a un familiar. Este es un proceso dinámico y la sola cuarentena es una medida correcta. Pero es insuficiente, principalmente porque no puede mantenerse de manera indefinida y el virus seguirá estando entre nosotros. Hay que hacerse a la idea de que vamos a tener que convivir con el SARS-CoV-2, como lo hacemos desde hace siglos con la gripe y el resfrío.
Esta es una guerra en dos frentes. Llevamos muy bien el frente sanitario. La ampliación de camas, la adquisición de respiradores y, lo que es mucho más importante, la conciencia que ha adquirido la sociedad sobre el coronavirus y los cuidados necesarios para prevenir el contagio, así lo indican. Pero es preciso reconocer, también, que este frente sanitario está íntimamente relacionado con el frente económico. Hoy Italia está al borde del colapso social, con saqueos y robos, por la situación de una larga cuarentena estricta. Cuenta con un sistema de asistencia social muy amplio. Sin embargo, es insuficiente para llegar a la totalidad de la población. No hay sistema de subsidio de ningún Estado que, en este contexto, pueda contener la totalidad de la población económicamente activa que ve interrumpido su flujo de ingresos.
De la misma manera que la situación en Italia y España nos alertó sobre la peligrosidad del virus, ahora nos está alertando sobre el riesgo de mantener una cuarentena sin habilitar cursos de acción que la hagan viable. Hay que avanzar hacia una “cuarentena inteligente”. La sociedad ya cambió, ahora es capaz de aplicar las medidas de higiene y seguridad necesarias para poder reiniciar progresivamente y con cautela el trabajo, aún con el virus entre nosotros. Hay que aprovechar la ventaja de haber logrado una cuarentena exitosa y el aprendizaje de la sociedad, antes de que el malestar y la frustración de los trabajadores sin ingresos para sobrevivir la hagan caer de hecho. No hay fuerza policial capaz de hacer cumplir una cuarentena con el solo recurso de la coerción. Cuando el miedo al virus sea menor que el miedo al hambre, la cuarentena caerá de hecho y habremos perdido lo que inicialmente ganamos.
Una “cuarentena inteligente” consiste en tratar debidamente a los enfermos, mantener el aislamiento estricto de los sectores de riesgo y establecer normas simples y claras de comportamiento social (dos metros de distancia entre las personas, higiene, evitar reuniones, etc.) para volver, de manera restringida y regulada, al trabajo y la producción, en las actividades económicas que puedan desarrollarse en las condiciones de seguridad establecidas, incluyendo el cuentapropismo y los profesionales independientes; pero, también, prever el regreso planificado y pautado al espacio público, de recreación y educación de los niños y jóvenes (la educación a distancia y el teletrabajo sólo aplican a una minoría). La vida económica de los menos favorecidos es un tema aparte. El hacinamiento no permite el cumplimiento estricto de la cuarentena. Sus ingresos están ligados a changas y trabajos temporales, hoy absolutamente parados. La ilusión de suplir ese movimiento económico por ayuda directa es eso, sólo una ilusión. Simplemente no es posible, y el resultado será el levantamiento de hecho, no sin dolor por detenciones y arbitrariedades. Los sectores medios tampoco podrán sobrevivir mucho tiempo sin actividad (no todos tienen ingresos fijos). Hay que pensar cómo será nuestro país después del 12 de abril, fecha establecida para el fin de la cuarentena (sería muy difícil extenderla más allá, incluso se va a hacer difícil mantenerla estricta hasta esa fecha). El planteo de pasar de una cuarentena estricta a una inteligente prepararía a la sociedad para convivir con el virus y no perder la guerra en el frente económico, que podría, en el mediano plazo, causar más destrucción que la propia enfermedad. Cuando las familias jóvenes constaten que están relativamente seguras respecto de la enfermedad (porque los índices de mortalidad sólo son relevantes en mayores de sesenta y cinco años) y su miedo sea el hambre de sus hijos, nada podrá detenerlos. En este sentido, mejor es prever ese escenario y regular la paulatina reapertura de la actividad económica, delimitando grandes áreas libres de contagio, incluso provincias enteras, a medida que los resultados de testeos más activos permitan identificar los sectores comprometidos. Estas “zonas verdes” pueden ir ampliándose a medida que se realicen más y más controles que permitan mapear la expansión real del virus. La mejora de la capacidad de testeo y su aplicación racional, junto a las medidas de higiene y seguridad laboral con control estatal, pueden evitar una salida caótica de la cuarentena estricta.
La recesión mundial nos va a golpear con fuerza, aún más fuerte que el virus. Para eso también hay que prepararse. Estamos a tiempo. Atender la situación de la salud pública no sólo no es contradictorio con atender las necesidades económicas de la población, sino una condición necesaria para hacerlo eficazmente.
El autor es profesor de Historia Económica (UBA y UNlaM).
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