El 9 de marzo se han cumplido 250 años de la aparición del libro Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones escrito por Adam Smith. La obra tuvo propiedades mágicas, ya que varios de los padres fundadores de la Revolución Americana lo habían leído antes de concurrir a la cita de Philadelphia donde prepararon el Acta de Independencia. De hecho, el pensamiento de Smith figura en el preámbulo cuando se afirma que todos los seres humanos tienen el derecho a la libertad y a la prosecución de su felicidad individual. Y ese es el planteamiento central de Smith. La libertad es la única virtud que crea desarrollo.
Esto nos lleva a pensar que, de seguir avanzando el autoritarismo, quizás perdamos el sistema capitalista. Quizás esto explique el caos reinante en la economía global que no termina de alcanzar los equilibrios en los múltiples mercados que en ella participan. La libertad es la única virtud que crea desarrollo. Al parecer, el descalabro de los mercados tiene explicación en la política. Porque el desarrollo ocurre dentro de una economía global que es capitalista, aun cuando existan bolsones mercantilistas y capta rentas en muchos parajes. La gasolina del capitalismo es la libertad, como lo descubrieran de manera trágica Zhou Enlai y Deng Xiaoping al confrontar China una hambruna que liquidó treinta millones de personas como consecuencia de las políticas autoritarias de Mao Zedong. Porque lo que Smith plantea en su obra magna es cómo la mente humana encuentra validación en la vida. Y esto solo ocurre en libertad. Smith parte del criterio de que todos los seres humanos aspiran a vivir mejor y, para lograr dicho fin, empeñan todos los recursos de que disponen. Crean así bienes y servicios a los cuales otros seres humanos les dan valor y los compran. Reciben así medios para continuar produciendo y adquiriendo otros bienes. Se crea así la riqueza. Cuando todos los seres que conforman una comunidad son libres para protagonizar el ejercicio de creación de riqueza, la colectividad entera ve crecer su acervo material y eso es lo que se llama desarrollo.
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Pues resulta que en pleno siglo XXI, cuando muchos indicaban que la tecnología liberaría a los hombres de las cadenas de la servidumbre y serían libres, ocurre lo contrario. Cada día somos menos libres... Desde el punto de vista de la producción de bienes y servicios tecnológicos, un puñado de empresas surte los mercados. Ese puñado de empresas decide dónde paga impuestos, cuánto cobra por sus productos y servicios y establece niveles de presión social para adquirir esos bienes que obligan a muchos consumidores a endeudarse para adquirirlos. Desde el punto de vista del consumo, se favorece el consumo sobre el ahorro y se hace de la deuda una virtud. Comenzamos así a darle la vuelta hacia atrás a las manecillas del reloj para regresar al mercantilismo que marcó la Edad Media. En esa época, la economía solo funcionaba para los estamentos superiores de la sociedad.
Y esto fue uno de los campos de batalla de Smith, quien consideraba que una sociedad saludable exige que la mayoría de los ciudadanos pueda vivir con dignidad. Y sus observaciones sobre el funcionamiento del capitalismo incluyen advertencias sobre la necesidad de evitar el decaimiento de los salarios generados por las actividades manuales, porque eso lleva al estancamiento del consumo; la concentración de la riqueza y la influencia política de las élites. Una de sus más célebres advertencias indicó: “la gente del mismo oficio rara vez se reúne... Pero cuando lo hace la conversación termina en una conspiración contra el público”.
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Smith también advirtió sobre los errores del mercado que, para él, se resumían en la extinción de la competencia que lleva al incremento artificial de los precios, reducciones en la calidad de los bienes y servicios y extinción de la innovación. También alertó sobre el papel en la conducción económica que debería asumir el Estado como proveedor de bienes y servicios públicos, los cuales no eran provistos por la iniciativa privada. Se refería a la infraestructura, la salud y la educación, cuya provisión, según Smith, debería seguir estrictos patrones de calidad y relevancia.
En síntesis, Adam Smith intuyó que el avance del sistema capitalista dependía de la existencia de la libertad. La libertad es lo contrario al autoritarismo y a la formación de monopolios. Ambos, como la mala yerba, devoran el desarrollo y destruyen a los seres humanos porque extinguen la competencia y la innovación. Lamentablemente, sus sabios consejos no parecen estar en la mente de los gobernantes del siglo XXI, quienes festejan los monopolios de Silicon Valley; restringen el comercio y coluden con las élites para acotar la libertad.
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