El ex presidente de Uruguay José Mujica (REUTERS/Luis Cortes)
El ex presidente de Uruguay José Mujica (REUTERS/Luis Cortes)

La película del Pepe Mujica dirigida por ese genio que es Emir Kusturica nos desnuda un mundo que produce envidia, una historia que nosotros como generación no pudimos lograr. Esa vida capaz de encontrar coherencia desde la guerrilla a la política, ese compromiso con el pueblo que los hace seguir siendo ellos, viviendo y recorriendo los mismos caminos, esa historia no fue posible entre nosotros. Y no fue posible porque no logramos consolidar una generación de estadistas dispuestos a trascender por sus logros colectivos y no por sus triunfos individuales. Y entre otras cosas, porque la dirigencia de nuestra guerrilla no dio el paso que dieron ellos, nunca asumió su autocrítica, nunca fue capaz de revisar con humildad los errores propios y salir de ese oscuro espacio del resentimiento. No tenemos en nuestra política hombres transparentes que hayan recorrido sus vidas al servicio de la solidaridad.

Y el Pepe es uno de ese grupo de hombres y mujeres que fueron ejemplo para la sociedad. Ejemplo más allá de los errores, ejemplo porque nunca lo invadió ni la soberbia ni el resentimiento. Uno termina de ver la película y le queda el sabor amargo que acompaña al fracaso. No a la derrota, que es una alternativa posible, sino al fracaso, a ese gesto de impotencia de una generación que entregó miles de vidas sin lograr convertirse en ejemplo para sus hijos. Los del Pepe eligieron la coherencia, los nuestros se dejaron enamorar por la aventura. Hay un momento donde la discusión con el que lo acusa de entreguista se vuelve agresiva, queda claro que ese cuestionador representa a la izquierda de siempre, a esos que se suelen sentir “vanguardia iluminada” y formulan propuestas más allá de la voluntad de los votantes. El que lo acusa no ignora que aun así, con todos los límites de sus propuestas, van a terminar perdiendo las elecciones.

La película guarda la impronta de la humildad de un pueblo que elige un destino y se dedica a transitarlo. Ese antiguo camión que atraviesa cada tanto la escena con su humilde y melodiosa hinchada nos refleja el paso del tiempo y la reivindicación del sueño colectivo de participar de una patriada. En ellos la izquierda se convierte en opción democrática, la guerrilla asume el desafío de transformar en experiencia la violencia de su compromiso juvenil. No es que no esté presente el dolor por los caídos y la memoria de la cárcel, es que son capaces de volverlo sabiduría para su compromiso con lo popular. Uno siente que no necesitan hablar del pueblo porque lo son, que nunca imitan los lujos de los ricos porque no están dispuestos a caer en esa vulgar tentación. Es la historia de una coherencia, de un grupo que de joven soñó una revolución porque era el sino de la historia y de maduros forjaron una política para completar su objetivo de mejorar la sociedad. Y se asumieron tan democráticos que no se sintieron mejores que nadie, que son parte de una política con opciones, en las que a veces gobiernan y en otras colaboran como oposición.

El personaje del Pepe Mujica puede ser admirado sin necesidad de fanatismo, de esa enfermedad del dogma que necesitan aquellos que no están dispuestos a asumir los errores y se enojan para negarlos. También es cierto que la derecha de ellos es culta y dialoguista, que pueden reunir un digno grupo de ex presidentes respetados por la absoluta mayoría y sin manchas ni acusaciones de corrupción en sus tribunales.

Y hasta en la pareja nos entregan una lección digna de ser admirada, ese encuentro entre dos vidas capaces de transitar el poder sin caer en las tentaciones de los exitosos que necesitan lucir propiedades y juventudes como sustituto de la riqueza que no abunda en sus espíritus.

Siempre digo que en el presente hay dos ejemplos de vida: el Santo Padre por el camino de la fe y el Pepe Mujica por el sueño de la revolución. En esta modernidad de las tecnologías tener ejemplos a imitar es un regalo invalorable, espero le puedan llegar a las nuevas generaciones para no caer en la angustia existencial de los triunfadores del dinero.

Cuando de jóvenes nos largamos a la pelea debíamos soñar con logros parecidos: la compañera de siempre, los compañeros de la causa, los amigos, la chacra, el coche, los símbolos de un ideal convertido en realidad. Después están los ricos, pero esos solo pueden trascender si son mecenas, y no estamos en tiempos donde abundan los generosos. Por eso el Pepe tiene una vida de película, de esas que no hay muchas.