
Hoy tramita ante la justicia estadounidense una demanda promovida por los padres de Adam Raine, un adolescente de 16 años que se quitó la vida tras mantener durante meses conversaciones con un asistente de inteligencia artificial. Más allá de lo que finalmente determinen los tribunales sobre las responsabilidades del caso, existe una pregunta que trasciende largamente el expediente judicial: ¿Qué nos está ocurriendo como sociedad cuando una inteligencia artificial comienza a ocupar espacios de intimidad, escucha y acompañamiento que histórica y exclusivamente pertenecían a otros seres humanos?
La pregunta resulta inquietante y necesaria porque desplaza el patrón habitual del debate sobre la inteligencia artificial y sus implicancias. Durante años nos hemos preguntado qué pueden hacer las máquinas en general y, en particular, las computadoras: ¿Qué trabajos reemplazarán, ¿cuánto modificarán nuestras economías o qué riesgos podrían representar para el futuro? Sin embargo, el caso Raine nos obliga a formular un interrogante diferente. No qué pueden hacer las máquinas, sino qué estamos buscando los seres humanos, el sujeto, en ellas.
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La irrupción de la inteligencia artificial ha abierto uno de los debates más trascendentes del siglo XXI. Así como ocurrió con toda gran revolución tecnológica, las discusiones suelen concentrarse en sus beneficios y riesgos. Se analizan sus posibles impactos sobre el empleo, la educación, la economía, la medicina o la producción del conocimiento. También se advierte sobre los desafíos éticos que plantea su creciente autonomía. Pero detrás de todas esas preguntas emerge otra que acaso resulte todavía más importante: ¿qué es aquello que ninguna inteligencia artificial podrá reemplazar?, o más incisivo aún, ¿puede reemplazarlo todo?
El deslumbramiento que despierta la inteligencia artificial se explica porque parece aproximarse o superar a capacidades que durante siglos consideramos exclusivamente humanas. Escribe textos, produce imágenes, responde preguntas complejas, asiste para el diagnóstico de enfermedades, aprende de la experiencia y mantiene conversaciones cada vez más sofisticadas, etc. Cuanto más avanzan estas herramientas, más se instala la sensación de que estamos frente a una tecnología capaz de replicar, e incluso superar, algunas de nuestras principales habilidades cognitivas.
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Sin embargo, existe una diferencia esencial que suele quedar relegada en el entusiasmo tecnológico contemporáneo y su valoración, la inteligencia humana nunca fue solamente inteligencia. Concretamente, reducir al ser humano a una máquina de procesamiento de información constituye una simplificación tan seductora como equivocada. Los seres humanos no somos únicamente organismos que calculan, clasifican y resuelven problemas. También deseamos, amamos, sufrimos, recordamos, fantaseamos, tememos y buscamos sentido. Nuestra existencia se encuentra atravesada por una dimensión subjetiva que excede ampliamente cualquier operación lógica.
Paradójicamente, cuanto más avanza la inteligencia artificial, más visible se vuelve esta diferencia. Durante décadas asociamos el progreso humano a la capacidad de producir más información, más conocimiento y más eficiencia. Hoy comenzamos a descubrir que aquello que verdaderamente nos distingue quizás no sea ninguna de esas cosas.
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Precisamente porque las computadoras pueden procesar información de manera extraordinaria, se vuelve más evidente el valor de aquello que no pueden hacer. La inteligencia artificial no solo nos desafía, también nos obliga a redefinir qué entendemos por humanidad.
Hace más de un siglo, Freud formuló una de las ideas más revolucionarias, paradigmáticas y perturbadoras de la modernidad. Sostuvo que el ser humano no es plenamente dueño de sí mismo, existe en cada uno de nosotros una dimensión que escapa al control consciente y que influye decisivamente en nuestros pensamientos, emociones, decisiones, conductas y vínculos. A esa dimensión la llamó inconsciente.
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El descubrimiento freudiano constituyó una auténtica herida narcisista para la humanidad. Después de Copérnico, que desplazó a la Tierra del centro del universo, y de Darwin, que cuestionó la excepcionalidad biológica del hombre, Freud vino a señalar que tampoco somos soberanos dentro de nuestra propia mente. Deseamos cosas que desconocemos, repetimos conductas que nos perjudican, elegimos personas que contradicen nuestros ideales, razonamos y pensamos sesgadamente, y experimentamos emociones cuyo origen muchas veces ignoramos.
Lejos de constituir una falla, el inconsciente forma parte esencial de nuestra condición humana. Somos sujetos atravesados por historias, recuerdos, pérdidas, identificaciones y conflictos que continúan actuando sobre nosotros aun cuando no podamos reconocerlos plenamente. Hay algo en cada persona que permanece parcialmente inaccesible, incluso para sí misma, existe siempre una zona de misterio que resiste cualquier intento de explicación completa. Y es precisamente allí donde creo aparece el límite más profundo de la inteligencia artificial.
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Una inteligencia artificial puede acceder a millones de textos sobre el amor, pero jamás podrá enamorarse. Puede procesar toda la literatura escrita sobre el duelo, pero nunca experimentará la pérdida de un ser querido. Puede identificar patrones asociados a la ansiedad o la tristeza, pero no despertará sobresaltada en medio de la noche preguntándose por el sentido de su existencia. Puede producir respuestas empáticas, pero no puede sentir empatía, porque la empatía no consiste simplemente en comprender una emoción, implica haber sido alcanzado alguna vez por ella. La diferencia no es tecnológica, es estructural.
Quienes sostienen que la inteligencia artificial terminará desarrollando emociones suelen partir de una premisa por lo menos discutible: que las emociones son simplemente información procesada de manera compleja. Sin embargo, la experiencia humana parece indicar algo muy distinto, una emoción nunca es solamente una emoción. Siempre remite a una historia, a una biografía, a experiencias previas, a vínculos significativos. A deseos conscientes e inconscientes. En suma, la subjetividad humana no puede reducirse a información porque está constituida por algo más profundo: una historia singular.
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Jacques Lacan llevó esta reflexión todavía más lejos. Si Freud mostró que existe una dimensión inconsciente que escapa a nuestro control, Lacan explicó que el sujeto humano se constituye alrededor de una falta. Lejos de ser seres completos, somos seres deseantes, y deseamos precisamente porque algo nos falta. El deseo humano no surge de la satisfacción sino de la carencia. No nace de aquello que poseemos, sino de aquello que buscamos incesantemente y, muchas veces, indefinidamente.
Las máquinas pueden procesar información, pero no pueden desear. Pueden optimizar respuestas, pero no experimentar la falta. Pueden calcular probabilidades, pero no preguntarse quiénes son ni qué sentido tiene su existencia. El deseo humano no constituye un problema técnico pendiente de resolución, constituye precisamente aquello que nos vuelve sujetos.
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Sin embargo, aquí aparece una paradoja particularmente interesante. La inteligencia artificial no tiene inconsciente. Pero puede producir efectos sobre el inconsciente humano.
Desde una perspectiva psicoanalítica, el caso Raine resulta especialmente revelador. Lo importante no es determinar si una inteligencia artificial puede convertirse en sujeto. Lo importante es comprender que los seres humanos podemos comenzar a relacionarnos con ella como si lo fuera. Podemos depositar en ella expectativas, necesidades de reconocimiento, demandas de comprensión y búsquedas de sentido. Podemos atribuirle una capacidad de escucha que en realidad nace de nuestra propia necesidad de ser escuchados.
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En términos psicoanalíticos, podríamos decir que la inteligencia artificial puede convertirse en objeto de transferencia. No porque posea subjetividad, sino porque nosotros sí la poseemos. No porque tenga inconsciente, sino porque nosotros proyectamos sobre ella elementos de nuestra propia vida psíquica. El problema no es que la inteligencia artificial se vuelva humana, el problema es que los seres humanos podemos comenzar a tratarla como si lo fuera.
Tal vez por eso el creciente deslumbramiento contemporáneo por las inteligencias artificiales diga tanto acerca de ellas como acerca de nosotros. Vivimos en una época caracterizada por la aceleración permanente, la búsqueda de eficiencia y la intolerancia a la frustración. Queremos respuestas inmediatas, gratificación instantánea y soluciones rápidas para problemas complejos. En ese contexto, una inteligencia artificial aparece como el interlocutor ideal: siempre disponible, siempre paciente y siempre dispuesta a responder y, no pocas veces, a darnos la razón.
Por eso uno de los riesgos más importantes de nuestro tiempo no es la inteligencia artificial en sí misma, sino la posibilidad de que deleguemos progresivamente aquellas capacidades que nos constituyen como sujetos. El problema no es que las máquinas piensen, el problema sería que el sujeto real, el ser humano, dejara de pensar. El problema no es que las máquinas respondan preguntas, el problema sería dejar de formularlas.
Facundo Manes ha señalado recientemente que su preocupación no reside en la expansión de la inteligencia artificial, sino en la posibilidad de que nuestro cerebro se vuelva menos capaz de regularla. La observación resulta particularmente valiosa, tal vez el verdadero desafío no sea tecnológico sino humano. No estamos frente a una crisis de las máquinas, sino frente a una crisis de la atención, de la reflexión, de regulación emocional, y de la construcción de sentido.
Hace casi un siglo, en El malestar en la cultura, Freud advertía que el progreso técnico no necesariamente produce un progreso equivalente en el bienestar humano. La observación conserva hoy una vigencia sorprendente. Nunca dispusimos de tantas herramientas para comunicarnos, informarnos y resolver problemas. Sin embargo, los indicadores de soledad, ansiedad y malestar subjetivo parecen crecer en gran parte del mundo. La paradoja es evidente, nunca estuvimos tan conectados, nunca resultó tan difícil encontrarse.
El riesgo no radica en utilizar inteligencia artificial. Sus aportes en educación, medicina, investigación científica y productividad, y en todos los campos, resultan innegables. Sería absurdo desconocer los beneficios que estas herramientas pueden aportar al desarrollo humano. El problema aparece cuando confundimos asistencia con vínculo, respuesta con comprensión o simulación con encuentro.
Porque una relación humana no consiste simplemente en intercambiar información. Cuando dos personas conversan también intercambian silencios, emociones, recuerdos, temores, malentendidos y expectativas. Comparten vulnerabilidades. Se afectan mutuamente. Se transforman. El encuentro humano siempre implica la presencia de otro sujeto, es decir, de alguien que también desea, también sufre y también desconoce partes de sí mismo.
La inteligencia artificial puede acompañarnos, puede ayudarnos, puede asistimos, pero no puede participar de esa experiencia intersubjetiva que constituye uno de los pilares fundamentales de nuestra humanidad. No posee historia, no posee mortalidad, no posee vulnerabilidad, no posee deseo. Y no posee inconsciente.
La buena noticia es que la propia inteligencia artificial parece estar ayudándonos a descubrir algo que durante mucho tiempo permaneció oculto por el culto contemporáneo a la eficiencia y al rendimiento. Cuanto más capaces sean las máquinas de procesar información, más valor adquirirán aquellas capacidades que no pueden automatizarse. La creatividad nacida de la experiencia, la empatía genuina, el juicio moral, la capacidad de construir vínculos, la posibilidad de transformar información en sabiduría.
La paradoja final es tan simple como profunda. Durante décadas creímos que aquello que nos diferenciaba era nuestra inteligencia, hoy comenzamos a descubrir que quizás aquello que verdaderamente nos distingue sea nuestra humanidad.
Freud escribió que el yo no es amo en su propia casa, la conciencia humana no controla totalmente sus propios pensamientos, deseos y decisiones. Más de un siglo después, mientras observamos el desarrollo vertiginoso de sistemas capaces de imitar muchas de nuestras capacidades cognitivas, aquella afirmación conserva una actualidad sorprendente. Las máquinas podrán aprender, crear, conversar y hasta simular inteligencia emocional, pero existe una frontera que no podrán atravesar, la de un sujeto constituido por una historia singular, atravesado por pérdidas, impulsado por deseos y transformado permanentemente por el encuentro con otros sujetos.
Tal vez la mayor enseñanza de esta revolución tecnológica no consista en descubrir cuánto pueden hacer las máquinas. Tal vez consista en recordarnos algo que la fascinación por la innovación suele hacernos olvidar: que aquello que da sentido a una vida no surge de la eficiencia, ni del cálculo, ni de la capacidad de procesar información. Surge del vínculo con otros, del amor, de la amistad, de los proyectos compartidos, de la posibilidad de encontrar significado en medio de la incertidumbre.
La inteligencia artificial puede imitar muchas de nuestras capacidades. Pero no puede habitar una historia, cargar con una pérdida, construir un deseo ni preguntarse por el sentido de su propia existencia. En definitiva, no puede ser sujeto.
Y acaso sea una buena noticia que así sea, porque si algo nos enseña esta nueva era tecnológica es que el verdadero riesgo no consiste en que las máquinas se parezcan demasiado a nosotros, sino que el verdadero riesgo es olvidar aquello que nos vuelve irreductiblemente humanos.
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