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En la festividad de Janucá converge la oscuridad fenomenológica natural del solsticio de invierno, época de mayor oscuridad, con la histórica recuperación y reinauguración del Templo de Jerusalem, el mismo día que hacía tres años, Antíoco Epifanes se había apoderado de aquella ciudad. Dicha epopeya se celebró durante ocho días, siendo tan grande el gozo por la libertad religiosa recuperada, que se estableció por ley su conmemoración anual. Desde entonces y hasta la actualidad celebramos la Fiesta de las Luminarias. Y aquí cabe hacer dos indicaciones fundamentales. La primera radica en la clásica aunque inexacta referencia a los griegos, por cuanto el período es el helenístico, desde la muerte de Alejandro hasta el suicidio de Cleopatra VII. Ya en el 190 a.e.c. luego de la batalla de Magnesia, Roma se impone sobre Antíoco III apoderándose de Medio Oriente, estando Janucá enmarcada en el 167-164 a.e.c., bajo la rama Siria del post-imperio alejandrino, los Seléucidas, quienes gobernaron Judea imponiendo su cultura idólatra.

La segunda, radica en la guerra resultante en Janucá. Esta fue principalmente interna del pueblo judío y para mantener la vigencia de la Torá, sus preceptos y el deber de rendir culto a Dios, i.e. el judaísmo. Y no como un levantamiento contra un opresor externo a partir de intereses nacionales o estatales. Fue por la Torá y en nombre de Dios, que los judíos fieles a Sus preceptos se enfrentaron a sus hermanos helenizados y helenizantes. Pero la historiografía secular intentó transformarla en una guerra de independencia nacional similar a las acontecidas a partir de la revolución francesa.

De hecho, como documentan las fuentes, esta guerra comenzó cuando Matitiahu el Jasmoneo, padre de Iehudá el Macabeo, es elegido por los emisarios de Antíoco Epífanes para forzarlo a someterse al culto pagano, ya que siendo una figura respetada entre sus pares, oficiaría de ejemplo de claudicación ante los demás. Pero Matitiahu, negándose a someterse a la idolatría mata decapitando no a un jerarca heleno sino a un judío quien fue a ofrendar a la idolatría. Destruyendo también aquel altar y debiendo a su vez matar a los soldados, Matitiahu comienza el liderazgo de la resistencia constituida por aquellos que celaban el culto a Dios. Habiendo hecho circuncidar a los niños judíos que no lo habían hecho y dirigiendo la liberación del Templo de Jerusalem y de los judíos bajo el yugo de la idolatría helena, ya enfermo, insta a sus hijos a restituir y observar los ritos de nuestros antepasados sin dejarse seducir por quienes voluntariamente u obligados, los traicionan. Ahora bien, dicho conflicto e iniciativa, por ulteriores circunstancias políticas imposibles de considerar de antemano, devino en la independencia de la región de Judea, finalizando en la reconquista de Jerusalem por los hijos de Matitiahu. Pero Jerusalem como ciudadela, no estaba en poder sino de los judíos helenizados quienes colaboraron en la conquista de Judea y la toma de Jerusalem por Antíoco, abriéndole las puertas para que se apoderara de ella, permitiéndole que matase a todo opositor, aunque luego también ellos mismos fueron asesinados. Antíoco, luego de profanar el Templo de Jerusalem y sumiendo al pueblo judío en la pobreza, obligaba a los judíos que permanecían fieles a la Ley, que adoraran a los dioses helenos, a levantar altares y construir santuarios en su honor rindiéndoles culto, prohibiéndoles la circuncisión so pena de tormentos e incluso la muerte, estrangulando a los niños circuncidados.

Iehudá el Macabeo, con sólo tres mil hombres mal pertrechados y en peores condiciones que los helenos, enfrentó entre otros al general Gorgias, cuyo ejército contaba con cinco mil soldados de infantería y mil de caballería más los judíos helenizantes. Iehudá exhortó a los judíos fieles para que no duden en entrar en batalla recordando que en otra oportunidad Dios, admirando su valor, los hizo salir vencedores de una multitud mayor y bien armada. Josefo cuenta que numerosos soldados de Gorgias, convencidos de la determinación del ejército judío se dieron a la fuga.

Así, en Janucá, los menos entre los más fueron capaces de resistir la abrumadora realidad impuesta por los dominios absolutistas helenos, permaneciendo leales a una visión del mundo basada en el monoteísmo, consagrando el hombre a Dios por medio del cumplimiento de Sus preceptos y el esfuerzo constante de superación y libertad, no como autonomía sino como heteronomía.

Es por esa acción de los macabeos que se entiende el milagro de la vasija de aceite con el sello del gran sacerdote encontrada luego de la liberación del Templo, y cuyo contenido sólo era suficiente para mantener las velas del Candelabro prendidas un solo día pero que duró ocho, permitiendo reinaugurar aquel Templo.

En estos sucesos, entre otros, documentados en el acervo cultural judío como explicaciones de Janucá bajo distintos y complementarios aspectos que conforman la festividad, se observan comunes denominadores. La remembranza al tópico de la esperanza hecha acción, en tiempos de oscuridad tanto física como espiritual. La continuidad del judaísmo a pesar de los muchos judíos helenizados y helenizantes, cómplices del ejército seléucida, quienes argumentaban que ante el abrumador poder de dicha cultura era más sencillo y beneficioso acomodarse a ella que resistirse. Aquellos libertadores realizaron la esperanza y no se agotaron en un sentimiento pasivo o emotividad simbólica y funcional a la ociosidad de una falaz tranquilidad psicológica, sino que fueron los artífices forjando dicha expectativa con acciones. Ellos enfatizaron más la fidelidad y servicio a Dios que a los cumplidos de la cultura helena, heredera de la griega pero de la cual lo único que quedó fue expoliación y opresión.

Esta generación de luz física y espiritual, en el momento más oscuro del año y de mayor idolatría, manteniéndose fiel al servicio a Dios para poder liberar el Templo de Jerusalem contra todos los pronósticos y adversidades, por sobre todo internas, donde un ejército de pocos y mal armados vence a profesionales y mucho mejor equipados e incluso ayudados por la complicidad de los propios judíos helenizados, provocó el mencionado milagro de la vasija de aceite. Todo ello nos trae un mensaje de activa esperanza la cual fue forjada por la fidelidad y perseverancia del pueblo judío a través de todas las generaciones. Es la capacidad de mantener su forma de vida apegada a la Ley y en los tiempos más duros, en los cuales pudo haber desaparecido, no tanto por las persecuciones y matanzas por parte de otros pueblos sino tal como demuestra la propia historia sociodemográfica judía, por la asimilación y dilución de nuestro específico y singular programa de vida.

En Janucá, los macabeos tomaron la iniciativa de continuar con el pueblo de Israel imponiendo límites, no dejando avanzar la enajenación cultural ni la pérdida de biografía identitaria. Ellos demostraron que no todo está permitido en el judaísmo. Que hay límites y que el núcleo de nuestra cultura preceptual, el monoteísmo radical, no se transgrede. De lo contrario, dicha cultura desaparece y carece de significado la vida del judío, quien como todo monoteísta, no es infinitamente flexible, por cuanto lo constituye una Ley que es la Bíblica y una autoridad que es Dios, más allá de toda ideología, deseo o política de turno. Por ello, por la continuidad y fortalecimiento de esa cultura monoteísta en estos también oscuros tiempos, seguimos luchando.

El autor es rabino y doctor en Filosofía y fue declarado Personalidad Destacada de CABA en el ámbito de la Cultura (2019), por la Legislatura Porteña.