Lo primero que hay que señalar es que no se trata de una técnica de comunicación nueva para el Gobierno. Ya sea a través de los conocidos timbreos, de la comunicación en las redes sociales, de la apelación al storytelling o de la utilización de personificaciones en los discursos, estas técnicas han sido una constante en la comunicación electoral y de gobierno del PRO.

El objetivo que se busca es una comunicación más efectiva apelando a los sentimientos y las emociones que se ponen en juego en una narración o relato que sigue la morfología literaria clásica en tanto comprende un narrador y una historia que tiene personajes, un comienzo, un desarrollo y un desenlace que ilustra una supuesta verdad o una enseñanza, y que es asimilable a partir de las propias experiencias vitales o historias compartidas de la audiencia. En definitiva, captar mejor la atención y fijar ideas e imágenes y sensaciones de forma más persuasiva.

En este marco, lo inédito en este caso no es la técnica de comunicación elegida por el Gobierno, sino la oportunidad y la conveniencia de su utilización como preludio de un anuncio de medidas de gobierno en un contexto muy difícil en materia económica y social como el actual.

Como mínimo, se trata de una apuesta de riesgo que, lejos de generar la empatía y la identificación buscada, puede interpretarse como una absurda y hasta provocadora mise-en-scène susceptible de comunicar múltiples metamensajes como la frivolización de la situación y la desresponsabilización del Presidente frente a la crítica situación actual.

En contextos de alta incertidumbre, la expectativa de la ciudadanía es que la comunicación de gobierno sea clara, directa, concreta y sencilla, que aporte aunque más no sea pequeñas dosis de certidumbre respecto al difícil presente y al aun más sombrío futuro próximo. El camino elegido en esta ocasión no parece aportar nada en esa dirección.