En el invierno del año 2000, en vísperas del cambio de milenio, me encontré casualmente con el ex presidente Alfonsín en una recepción diplomática, y le conté que estaba terminando de escribir una historia de la Argentina, en la que precisamente debía tratar sus años de la Presidencia. "Sea piadosa, María" me dijo juntando las manos, con la sonrisa que tantas veces reflejaron sus fotografías. Sin duda que a Alfonsín, como a todo político de vocación, le importaba el lugar que ocuparía en la historia, esa tarea de alta responsabilidad cívica que incumbe en buena parte a los historiadores.

Raúl Ricardo Alfonsín (1927-2009) presidió la República de diciembre de 1983 a julio de 1989. No pudo cumplir íntegro su mandato constitucional, pero presidió comicios limpios, ganados por el partido de la oposición. Entregó el mando en forma anticipada, para evitar mayores daños en momentos de hiperinflación, violencia social y amenazas de militares disconformes.

En efecto, su gestión se inició en condiciones dramáticas, la posguerra de Malvinas, la "guerra sucia" y el final de la llamada "plata dulce". Por eso tuvo que hacer equilibrios entre lo deseado y lo posible, y si bien pecó porque intentó seguir el rumbo imaginado, sobre todo en aspectos económicos, supo rectificarse (planes Austral y Primavera).

Recordar las dificultades que enfrentó, en particular las que provienen de la estructura social y económica del país, y de los mitos que la alimentan, sería en mi opinión un ejercicio saludable para los actuales mandatarios y sus asesores privilegiados. Ganar elecciones en un clima económico adverso y comprometer al Estado en acciones que aseguren el bienestar general, sin los recursos suficientes, sigue constituyendo el dilema a resolver.

Alfonsín no logró llevar adelante una de sus consignas de la campaña electoral: "Con la democracia se cura, se educa y se come". No obstante, enseñó con la palabra y el ejemplo a "vivir en democracia", un aprendizaje que los argentinos nos debíamos, quizás desde el comienzo de nuestra historia independiente. Esto significaba dialogar, buscar consensos, no eliminar al otro (físicamente o por  la marginación), convocar, no ceder a la tentación de ser el dueño de la verdad.

Pertenecía a una generación de políticos ya extinguida, que pasó de los márgenes al centro de la acción, y que trabajó por el bien común sin buscar ni el beneficio económico ni las prebendas del poder. Educado en la austeridad, siguió siendo él mismo toda la vida. Radical hasta la médula, respetó primero la conducción de la intransigencia bonaerense y el liderazgo de Ricardo Balbín, pero demostró permeabilidad para ampliar su campo de acción. Entendió el mundo contemporáneo, en que la social democracia reemplazaba los extremismos de derecha y de izquierda por formas más razonables de convivencia política. De ahí la buena relación, durante su presidencia, con los gobiernos de Francia y España, y el cambio de rumbo en la relación con Brasil, que fue plenamente visto como país socio y amigo, con el que no cabían secretos en materia nuclear ni hipótesis de conflicto. Aceptar la mediación papal en la cuestión del Beagle y hacer que la mayoría lo acompañara constituyó uno de sus primeros aciertos.

Su nombre empezó a destacarse a comienzos de la década de 1970, porque consiguió mitigar la violencia del lenguaje y de los métodos políticos en uso, sin dejar de lado el mensaje social. Así pudo llegar a una juventud tentada por el discurso de la violencia, a la que le propuso otro camino. El 2 de abril de 1982, cuando casi sin excepciones los políticos argentinos acompañaron al gobierno de facto en el intento de recuperar las Islas Malvinas, Alfonsín no se dejó engañar por el discurso patriótico. De este modo creció en la opinión y ganó adeptos para renovar el viejo partido de Alem y de Yrigoyen. Los nuevos y los de antes empezaron a colmar sus convocatorias, desde la primera en el modesto escenario de la Federación Argentina de Box, apenas terminada la guerra, hasta las gigantescas del Conurbano en la campaña del 83, y los históricos cierres de Capital Federal y de Rosario.

Sin embargo, pocos meses bastarían para que Alfonsín comprendiera que ganar las elecciones por el 52% de los votos no asegura ni la estabilidad ni los proyectos de reforma de un gobierno. El fracaso en el Senado de la reforma laboral, proyectada sobre los parámetros esbozados por Arturo Illia, años antes, indicó que el complejo equilibrio de poderes de la Constitución Nacional opera en forma conservadora, en este caso en defensa de los sindicatos, cuyas conducciones, 35 años más tarde, siguen resistiendo sucesivos y tímidos intentos de reforma.

Diez años después, el tiempo transcurrido hace valorar cada vez más el coraje cívico de Alfonsín para enfrentar las consecuencias de la represión estatal, en plena campaña electoral, confirmando que no convalidaría la ley de autoamnistía del gobierno de facto; después, la iniciativa de enviar a juicio a las Juntas Militares, cuando las Fuerzas Armadas conservaban la plenitud de su poderío y, por último, ese domingo de Semana Santa de 1987, cuando voló en compañía del ministro Horacio Jaunarena y del jefe de la Casa Militar a verse cara a cara con los rebeldes, en el empeño de evitar el derramamiento de sangre —y de entender la razones del otro.

Todo esto, en breve síntesis, aparece como rasgos del retrato de un hombre de coraje y vocación de servicio que presidió nuestra nación.

La autora es escritora, historiadora, secretaria de la Academia Nacional de la Historia de la República Argentina.