Manual para el buen odiador de Internet: nefasto, patético, escoria, lacra, mamarracho, gato, impresentable... y más

Breve repaso por la historia de los odiadores, desde las pintadas con graffitis, los mensajes en las puertas de los baños, hasta los tuits furibundos en la red social. Todos los "hits" del hater virtuoso.

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Por una circunstancia especial quien esto escribe, firmó durante un par de meses la sección De frente de un diario deportivo, creada especialmente para que un periodista hincha de un club, diera su opinión sobre su equipo. En mi caso, Racing. Parecía re divertido. No lo fue tanto.

El título de la última columna fue Racinguito el adolescente. Algo fuerte como graficar una crítica: el Racing de 2010 dirigido por Miguel Ángel Russo, tenía un "buen lejos", parecía elegante, fresco, de buena línea. Pero de cerca y en movimiento, se lo notaba torpe, falto de carácter, con falsete en la voz si quería impresionar. Como les pasa a los adolescentes.

La ironía nunca fue el fuerte de los lectores de aquel diario deportivo. La montaña de insultos fue descomunal. Se indignaban los de Racing, porque habían llamado Racinguito al equipo, y se sumaban los de Independiente, para burlarse del autor y los foristas.

Al principio los mensajes eran leídos con resignación y cierta simpatía. Después de ver 10, 20, 50, 100 cataratas de insultos, la cosa se hizo intolerable. "Recalcada" fue la palabra más usada, refiriéndose a la genitalidad de mi señora madre y/o hermana.

‒¡Cerrá el ort cabeza de termo! Mirate al espejo, PSEUDOPERIODISTA. Se ve que no tenés cancha ni en tu vida pateaste una pelota. FRACASADO. ¿Encima te pagan? SOS PATÉTICO. Mala persona. Compráte una vida y desaparecé la conchituh…. NO EXISTÍS, basura. Andáte a la recalcada…

Por alguna razón, a los haters ‒odiadores, dicho en nuestro idioma‒, les encanta el uso de la mayúscula, una verdadera desgracia estética. Las usaba Neustadt, recuerdo: claramente lo suyo no era escribir. En mayúscula solían llegar las amenazas de los agentes de los servicios de inteligencia de turno cada vez que un periodista se metía con algún tema delicado. Intuyo que el uso de la mayúscula, para ellos, era como alzar la voz, gritar, ser enfáticos para remarcar algo, ya que les resultaría imposible hacerlo con una sencilla frase en castellano. Todos tienen sus límites.

Hay varios buenos trabajos académicos sobre el odio en internet; y en esos papers a los haters se los suele llamar odiadores profesionales.

Los hay pagos, sí, para defender al gobierno, por ejemplo, los celebérrimos trolls de Marcos Peña. Los había también, años atrás y hoy, estilo nac & pop. En Tucumán, por ejemplo, la cuarta vez que intentamos reflotar el dominical El Periódico en 2006, en ese momento enfrentado al gobierno provincial, estalló una lluvia de mails hacia todas las redacciones del NOA afirmando que el Director Ejecutivo (yo) era "esclavo sexual" del dueño del Grupo en el que trabajaba. Wow. También definieron al "porteño que venía a llenarse los bolsillos a la provincia" como un "drogadicto impertinente". Desopilante.

Pero no es la idea de esta columna detenerse en gente que odia por un sueldo. Hay proyectos legislativos y campañas varias para luchar contra este tipo de flagelo, sobre todo a partir del desgraciado fenómeno de las fake news, noticias falsas que se multiplican como una plaga en las redes (y no solo en las redes, por desgracia), y ahora llegan al Messenger personal de cada usuario.

Los odiadores no nacieron en 1995, cuando Internet llegó a la Argentina. Ni siquiera con la revolución del iPad y el iPhone en 2008. Odiadores hubo siempre.

En el tiempo de las pintadas con brocha en las paredes, alguien pintó sobre la calle Austria, aledaña a la residencia presidencial donde vivía Perón, quizá la frase más brutal de la historia, en plena agonía de Eva Perón: ¡Viva el cáncer!

Difícil superar ese nivel de odio, aunque en el siglo XXI hay muchos que han intentado continuar con esa línea de insulto… terminal. A los nativos de estas pampas nos gusta jugar con la muerte, tal vez porque nos creemos omnipotentes y eternos. Cada tanto, unos 10 o 12 años, los eternos chocan con la misma piedra de la crisis terminal. Y duele mucho.

Las cartas de lectores a los diarios, durante las décadas de los años 50, 60, 70 y 80 eran filtradas y, a lo sumo, servían para refutar alguna idea vertida por algún escriba. No destilaban odio, o al menos no lo enunciaban tan directamente. Apelaban a la descalificación sutil y apostaban a la dialéctica. Una polémica con argumentación.

En los 80, los odiadores módicos ganaron la calle con grupos de nombres estrafalarios, pintando grafitis con aerosoles de colores. "Los Nevergarpers", "Los Kettypirolo", o "Los Vergara" de los hermanos Korol. Había más ironía e ingenio que odio, y un coqueteo con los límites. Todo en un tono de travesura infantil. Repasemos:

* "Perón 10, Pumpido 1" (cuando robaron las manos del cadáver de Perón y Nery Pumpido, en pleno entrenamiento, se clavó un dedo en un gancho que sostenía la red del arco)
*  "Abajo las drogas. Los del sótano"
*  "A mí no me tuteé. Ernesto Guevara".
*  "El que no salta es un aburrido". Leonardo Simmons.
 "¡Estoy recaliente! Juana de Arco.
*  "No veo un pito". Una monja.
*  "¡Urdió, que ircerdio! Gardel en Medellín.
*  "Me molesta la gente que no da la cara. Anónimo"
*  "No a la donación de órganos. Yamaha"

Otra escuela de odiadores, mucho más agresiva que la alegre estudiantina de los aerosoles, eran los escribidores de las puertas traseras de los baños, el mejor antecedente histórico del hater cibernético.

La sutileza no existe en ese lugar de intimidad fugaz. Sobre esa puerta, una lapicera puede hacer desastres.

Allí bate récords de repetición la frase "Muerte a…". Apuntan, obvio, a razas, grupos étnicos, extranjeros y también hinchas del club más odiado. La genitalidad masculina y femenina es utilizada como amenaza y humillación sexual: "Fulanito/a, te vamos a romper bien el…". Esas cosas.

Otro clásico era anotar números de celulares o teléfonos reales, sean de jefes odiados o compañeros tímidos, y presentarlos como profesionales del sexo, por lo general gays, promiscuos y pasivos, que por una buena tarifa podían satisfacer "las porquerías más sublimes".

Dentro de la maldad, había variantes, digamos, originales. En un bar de Suipacha, casi Corrientes, este periodista tuvo un ataque de risa feroz después de leer un texto en la puerta del baño.

Esto decía: "El mozo pelado parece muy serio, pero cuando termina de laburar acá va a la casa, se pinta los labios, se pone pestañas de Drag Queen, minifalda, medias caladas, tacos de 15 centímetros, una peluca rubia, se va a bailar a los boliches gay y hace cualquiera".

Efectivamente, el mozo que atendía mi sector era un señor calvo, muy serio, de gesto adusto, voz gruesa, con vello en los brazos y que nunca sonreía. Peor. Era difícil no tentarse. Nadie creía que era cierto: el truco era el contraste. Funcionaba.

 

Pero los odiadores ya dejaron atrás las puertas traseras de los baños y, excitados por la respuesta inmediata en las redes, hoy viven allí. Ejerciendo sus peores sentimientos por vocación, por necesidad, por identificación con una idea u odio hacia otra, o por resentimiento con los que escriben, tipos que, está seguros, ocupan ese lugar sin merecerlo, pagando y recibiendo dinero solo para hacer daño.

Odian por placer. Un placer profundo, curioso, solo a veces inofensivo. Se descargan con su catarata de insultos y llegan al orgasmo cuando ven su texto aparecer en alguna parte. El placer es inmediato, pero fugaz. El odiador necesita más para seguir odiando. Por eso continúa su provocación, una y mil veces. Nunca le alcanza.

El odiador es un adicto que invierte la lógica de las drogas: no las consume (al menos para el acto de odiar): necesita que los demás lo consuman a él.

"La duda es la jactancia de los intelectuales", dijo alguna vez el pensador abetunado, Aldo Rico. Bueno, los odiadores cumplen esa premisa con pasión. Es su primer punto del manual. Que aquí trascribo, en una versión brevísima.

1. El odiador no duda. Huele, intuye, lee de costadito. Ubica la primera contradicción y pone en marcha su poder de fuego. No es necesario llegar al final de la nota ni comprenderla del todo. Lo que urge es situar al enemigo y darle su porción de veneno. Enseguida pasa de la primera persona a la primera del plural. "Ustedes". Entonces, más cómodo, les habla al enemigo perfecto, aunque el escribidor no tenga ni una sola conexión con ellos. Es situado en ese lugar, le guste o no.

2. El mundo del odiador es binario: ellos y nosotros. Maradona tiene una visión binaria de la vida. Como en la cancha: ellos allá, nosotros acá. Cada vez que gana, su primera frase estará dedicada al odiado rival. Ese odio es su alimento. Lo mismo sucede con los odiadores vocacionales. Una imitación barata, por cierto. Ellos nunca serán una bandera para la gente, como todavía es Maradona.

3. Los que eligen un diálogo imaginario. El odiador anti K prefiere la primera persona del plural: "Se robaron todo" y sus infinitas variantes: "Devuelvan la guita", "Son todos chorros KK", "Tienen el PBI en el cohete Arsat" y poesía surrealista por el estilo. Por el contrario, los pro K eligen la segunda persona, un diálogo tête à tête imaginario y furioso: "¡Lo votaste y ahora te querés morir, salame!", "¿No te das cuenta que te usaron?" "Cómo podés apoyarlos todavía, ¿estás enfermo de la cabeza?".

4. El odiador duda. ¿No era que no dudaba? Sí, no duda sobre qué defiende y desde qué vereda ejerce su odio. Pero pone en duda casi todo de quién lo irrita. Pseudo es una palabra que adoran. Las usan para descalificar. Los pseudoperiodistas no son periodistas. Son mercenarios pagos por los otros, sean quién sean. Golpistas, desestabilizadores, subversivos, sobornados, agentes extranjeros. Los periodistas de verdad son los que ellos siguen, los que los proveen de un fenómeno llamado "la noticia deseada". La verdad o la mentira pasan a ser detalles. Lo importante es lo que se ve publicado. Foucault afirmaba: "La verdad la impone el poder". Y es exactamente así. Sin embargo hay otras verdades en constante tensión. Todo puede cambiar.

5. ¿Qué afirma el odiador? En términos generales, muy poco. Se limita a descalificar la opinión del otro. Listo. La destruye con lo que tiene a mano, informaciones que para él son irrefutables. Y si resulta que no lo son, no importa. Tiene una fe a prueba del religioso más fanático.

6. Sobre el poder de fuego del buen odiador. El buen odiador tarda en renovar su stock de insultos. Esto se verifica descendiendo a los infiernos de los foros, mensajes en Facebook y Twitter. A nadie le preocupa la repetición. Hay una serie de palabras fetiche, que el buen odiador adora. Pseudo es solo la primera. Hay muchas más. Anoten:

* Nefasto.
* Patético.
* Lacras, o lakras.
* Gato.
* Yegua.
* Menesteroso.
* Globoludo.
* Vago planero.
* Imbécil (muy usado por la fuerza que transmite la letra be antes de la vocal acentuada)
* Inmundo.
* Pequebú infecto (por pequeñoburgués)
* Fracasado.
* Zurdo.
* Cretino, kretina.
* Mercenario
* Villeros
* Negros cabeza de termo.
* Impresentable.
* Negreros.
* Pseudoculto.
Ignorante.
* Escoria.
* Adefesio.
* Facho.
* Kuka.
* Grasa/ grasa militante.
* ¿Encima te pagan por escribir?
*  Idiota útil.
*  Mamarracho.
*  Subnormal.
* Comunista (para cualquiera que proponga una mínima idea que contemple el bien común).
* Fascista (para quién grite, trate mal a alguien o se muestre conservador: una teoría mussoliniana para dummies).
* ¡Kirrrnestista ladrón!/ ¡Cambiemita ladrón!/¡Trosko funcional, a vos te da todo igual!

Por cierto, sería saludable que se concreten nuevas medidas para eliminar a los odiadores que puedan afectar a chicos de edad escolar. A nivel legislativo existen proyectos de ley que proponen actualizar la Ley Antidiscriminación para que haya penas más severas para quién incurra en prácticas discriminatorias en Internet. Racistas, discriminadores, machistas, acosadores, exhibicionistas (todas formas muy menores de estupidez) deberían ser castigados con todo el rigor de la ley.

Y los haters que odian solo para reforzar las fake news, deberían ser penados con severidad por la Justicia.

Se trata de la libertad. Para vivir y elegir en paz.

¿Qué hacer, entonces, con los odiadores vocacionales, ésos que se alimentan con su odio? ¿Qué hacer con esas almas grises, tristes, venenosas cómo serpientes? Nada.

Esta columna no los quiere. Son una desgracia. Pero no sería saludable ningún sistema para eliminar o filtrar sus cometarios. Ninguna forma de censura es buena.

Aún en este desgraciado tiempo de posverdad, hay que defender el derecho a la opinión con total libertad (libertad en serio, digo, no la de Mercado).

También la de esos tipos desagradables.

Escriban lo que quieran y donde puedan, desde acá se los tolera, espantosos haters. Y no se muerdan la lengua, que puede ser grave.

A no ceder con esas cosas, compatriotas, que la cosa está cada día más difícil, acá.

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