Por qué es importante la Jornada Mundial de los Pobres

LDuelen y molestan. Los pobres duelen y molestan. Sarcástico, Bertol Bretch en las primeras líneas de la Opera de los dos centavos se lamenta: "El hombre tiene esa tremenda capacidad de hacerse insensible en cuanto lo desea". Hacerse insensible a la pobreza del otro. Se lamenta, en definitiva, que hayamos aprendido cómo volvernos insensibles ante el sufrimiento atroz de los pobres. Los pobres duelen y molestan por eso aprendimos a olvidarlos, para que ya no duelan y a invisibilizarlos, para que ya no molesten. Pero al olvidarlos y no verlos también los privamos de la posibilidad real de transformación que tiene la solidaridad y el interés humano por el otro. Todo es posible cuando se desea hacer el bien. Pero para desear hacer el bien es necesario haber sido impactado por la carencia del otro.

En 2017 Francisco, el Papa, creó la Jornada Mundial de los Pobres, un día de cada año destinado a que "en todo el mundo las comunidades cristianas se conviertan cada vez más y mejor en signo concreto del amor de Cristo por los últimos y los más necesitados". En definitiva, se trata de un acto de gobierno del líder mundial de la Iglesia Católica para evitar el riesgo permanente de invisiblizar la miseria, la pobreza, la exclusión y toda forma de vulnerabilidad. Un Papa que anhela una Iglesia especialmente abierta a los más pobres, tal como lo había expresado sin ambigüedades allá por el 2013 en su primer encuentro ante la prensa mundial, a los dos días de haber sido elegido Sumo Pontífice: "¡Ah!… cómo desearía una Iglesia pobre y para los pobres".

En la mentalidad de Bergoglio combatir la pobreza material no consiste en dar más limosnas sino que se trata ante todo de crear y hacer crecer escenarios de verdadera fraternidad con los más pobres. "No es solo dar un plato de comida, es sentarte con un hermano pronunciar su nombre, regalarle tiempo, una conversación, una sonrisa". Estas palabras que recuerdo casi literalmente solía decirnos hace más de veinte años el actual Papa, cuando en Buenos Aires algunos jóvenes de entonces empezábamos la experiencia de las llamadas Noches de la Caridad, recorridos nocturnos para llevar comida caliente a los indigentes en situación de calle. El espíritu es el mismo de aquellas palabras: ayudar, cuidar, dignificar la vida de los más pobres, pero no desde una superioridad de ningún tipo, sino como verdaderos hermanos. Juntos, a la par.

Hoy la pobreza nos rodea de muchas maneras. Tantos ancianos solos en geriátricos o en sus hogares, tantos jóvenes —y no jóvenes— esclavos de adicciones, tantos corazones sufriendo el desamor y el vacío de la soledad, tantas personas heridas de tantas maneras… pero toda angustia es peor cuando además no se tiene el dinero necesario para llegar a fin de mes. En definitiva, pobre es el que se muere antes de tiempo. Por eso luchar contra la pobreza es cuestión de vida o muerte.

La Jornada Mundial de los Pobres de 2018 se celebra el domingo 18 de noviembre. Se nos invita a los creyentes a mirar a los pobres como hermanos. Se nos invita a salirnos de la mera asistencia material que siempre tiene el riesgo de convertir a la caridad en una relación de poder. Se nos invita a entrar en la lógica de familia, donde sus miembros se ayudan y se cuidan mutuamente. Se trata de aprender a aprender de los pobres, que tienen mucho para enseñarnos.

No se trata de idealizar ni de estigmatizar a los pobres, cualquiera de las dos posturas olvida que el pobre es un hermano. Se trata de no esconderlos bajo ninguna postura o caricatura, se trata de resistir contra la tentación utilitarista que tiende a usar a los pobres para beneficios políticos o marketineros. Se trata de asumir con coraje el dolor y la molestia que provocan los pobres y acentuar la firme convicción de que es posible mejorar el mundo, que no es vana utopía creer que los pobres socioeconómicos puedan dejar de serlo. Para que esa transformación sea real lo primero a cambiar no es el sistema capitalista del gran casino que es la economía mundial, lo primero a cambiar es la propia mentalidad.

La Jornada Mundial de los Pobres es una iniciativa de la Iglesia Católica en todo el mundo, pero creo que para los argentinos es una nueva oportunidad para iniciar juntos un camino de reflexión, oración y amistad social, para descubrir y tratar de superar entre todos, como pueblo, la enfermedad del egoísmo y la indiferencia que llevan siempre a descartar al otro.

La Jornada Mundial de los Pobres a quienes somos creyentes nos renueva en la fe en Jesucristo, que hizo realidad histórica la opción de Dios por los pobres y lleva a plenitud la opción que todo ser humano debe hacer por ellos.

La Jornada Mundial de los Pobres nos anima en la esperanza de que es posible un mundo mejor, más justo, donde todos tengan las mismas posibilidades y sean respetados por igual los derechos de todos.

"No dejemos caer en saco roto esta oportunidad" suplica el Papa. Una oportunidad para acercarnos al otro, tender la mano y estar dispuesto a experimentar verdadera fraternidad con los más pobres y con todos. Es allí, en el encuentro humano, donde empieza toda sanación, donde se empieza a construir un mundo que, cuando dos se dan la mano desde el corazón abierto, ya es un mundo mejor.

El autor es sacerdote de la Arquidiócesis de Buenos Aires y actualmente es párroco de María Reina de Villa Urquiza.