La solución es la educación. Quiero empezar con este punto para empujar al abismo la idea de que la educación es un problema. Parece que esa idea hubiese encallado entre nosotros y, finalmente, con el tiempo, hayamos naturalizado su presencia.

Por esa razón, cuando hablamos de educación, terminamos discutiendo de lo que no queremos y, al final del día, todo se cocina en la misma olla: la cuestión salarial, laboral, pedagógica, los techos de las escuelas y el futuro de nuestros chicos.

Es tiempo de repensar la educación y hacerlo a fondo: si queremos alcanzar el máximo potencial, la solución es la educación. Si creemos que en nuestro país estamos transitando momentos de dificultad, más que nunca, la educación es la llave. Entender las causas nos permitirá encontrar la salida. Algunos podrán decir que necesitamos una reacción urgente. Es cierto, la educación es urgente. El largo plazo es urgente. El mediano y el corto, también. Tenemos que romper con el mito de que los cambios en educación son lentos, que su impacto no se puede ver en el corto plazo y demás excusas que nos alivian la carga de exigencia y nos hacen inmunes a las críticas. En educación, lo urgente se da la mano con lo importante.

La mayor parte de los que trabajamos en educación estamos convencidos de que la educación es la solución a todos los problemas: a los conocidos y a los que aún no conocemos. La educación es la respuesta de hoy, y cualquier mejora, transformación o cambio que nos animemos a realizar puede impactar mañana mismo en las aulas de nuestro país y en la vida de los chicos que confían que, yendo a su escuela, están optando por un futuro mejor.

Repensarnos en nuevos escenarios

Si creemos que la educación es la solución, tenemos que repensarnos de una manera creativa y ser capaces de demostrarlo. Es necesario reflexionar sobre lo que estamos haciendo y lo que queremos alcanzar, con humildad y grandeza a la vez. La educación es un río que va cambiando de curso y tenemos que estar atentos a su profundidad y a sus derivaciones si queremos tender puentes entre los viejos problemas educativos y las nuevas oportunidades.

Hay mucho por hacer, pero el punto de partida está en la confianza. La falta de confianza parece haber minado el sistema educativo. En muchos casos se hace fácil comprender que, en determinadas oportunidades, los padres puedan no confiar en los maestros, que los maestros no confíen en los alumnos, que los ministerios no confíen en sus docentes y que los docentes desconfíen de las intenciones de los funcionarios. Sin embargo, un equipo que fue pensado para funcionar mancomunadamente, si pierde la confianza, termina quebrado, haciendo imposible la comunicación efectiva y la realización plena de su rol.

Tengo el privilegio de trabajar con docentes, directivos, supervisores y funcionarios de distintos ministerios. Varias veces por semana visito escuelas y veo a muchos de esos maestros esforzarse por sus compañeros y sus alumnos, observo ministerios con las luces prendidas hasta la madrugada y escuelas abiertas durante los sábados para dar respuestas a la comunidad. Miles de escuelas nos muestran que sí es posible. Allí también encuentro maestros sobrecargados que reclaman herramientas y reconocimiento. Hay que reconocer que todos ellos tienen una enorme responsabilidad cotidiana y si les estamos pidiendo que no bajen los brazos, también tenemos que valorar el trabajo que hacen.

Dijimos que teníamos que cambiar la mirada sobre los maestros, pero también es necesario posicionarse de otra manera frente a nuestros chicos, verlos como potencia y no como un problema, y luego asegurarnos de que estén aprendiendo y egresando con las herramientas que necesitan para un mundo cada vez más incierto.

Si tomamos distancia, podremos ver que no todo es catastrófico, que hay muchos avances. Hay muchas familias que ahora mandan a sus chicos al nivel inicial, han ingresado muchos alumnos a la escuela secundaria y casi la mitad de sus padres no había asistido nunca a una secundaria.

Hay muchos aspectos que deben ser mejorados, pero para seguir avanzando necesitamos re-enfocar la mirada sobre la educación y alimentar la confianza entre alumnos, padres, docentes, directivos y ministerios, porque solo la confianza podrá potenciar sus capacidades.

El autor es director de Fundación Varkey Argentina.