Ginebra, la ciudad que cierra la grieta

Hace pocos días, Infobae daba cuenta de una escalofriante noticia: Argentina resultó ser el país del mundo que más delegados inscribió para participar de la 107° reunión internacional de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Esta surgió como resultado de una investigación cuyo objetivo principal era desentrañar las razones por las que el Ministerio de Trabajo había "premiado" al hasta pocos meses intervenido Sindicato Obreros Marítimos Unidos (SOMU), liderado hasta febrero de 2016 por Omar "Caballo" Suárez y ahora en manos del moyanista Raúl Durdós, con generoso cupo en la delegación oficial.

Desde las propias entrañas del sindicato de los marinos sonaron alarmas de sorpresa, ya que justo en estos momentos Durdós lleva adelante una batalla judicial contra los interventores, desde Gladys González hasta los últimos delegados normalizadores designados por Jorge Triaca. Lo más llamativo es que como el sindicato aún tiene dificultades para disponer de sus fondos, al decir de los dirigentes sindicales de segunda línea, solo con el financiamiento del Ministerio de Trabajo pudo haber viajado tanta gente del SOMU al mismo tiempo.

La tarea periodística nos llevó hasta la propia OIT, donde la realidad nos golpeó duramente. Ciento ochenta y un argentinos integraban la grilla oficial que el Ministerio de Trabajo presentó ante el organismo internacional para asistir a un cumbre a la que los países más poderosos del mundo mandan en promedio 20 personas. Peronistas, radicales, liberales y conservadores, del PRO, y del FPV, más de izquierda y de derecha, sindicalistas de todas las corrientes junto a empresarios de todos los rubros. Instituciones de primero, segundo y tercer grado, legisladores y legislados, funcionarios nacionales, provinciales y municipales.

Todos, todos, absolutamente todos hermanados en un viaje fraterno y sanador que durante 10 días los colocaría en la mítica Ginebra, la de los bancos y las cuentas secretas, para debatir en sucesivas reuniones sobre prácticamente la nada misma.

Una vez conocida la agradable buena nueva, ocurrida en el país que está en pleno desarrollo de un "severo plan de ajuste" que seguramente y como tantas otras veces ha ocurrido incluirá ahorros en café, fotocopias, gastos de caja chica y reducción de calefacción e iluminación en edificios públicos, desde el Ministerio de Trabajo se apresuraron en aclarar: "Nuestra cartera solo abonará 10 pasajes y estadías, les abonamos los gastos a 6 gremialistas y 4 empresarios". Lo que no dijeron en Trabajo es que además hay al menos 10 funcionarios de la cartera en la lejana Ginebra. Varios directores nacionales, la secretaria privada del señor ministro y asimismo su jefe de ceremonial, y cuesta mucho creer que se pagaron los gastos por su cuenta, ¿no?

Pero aun si fuera así, senadores, diputados, ministros provinciales y otros funcionarios públicos, por sí solos ya conforman un colectivo que supera en un 100% al resto de las comitivas.

No encuentro palabras para explicarle, querido amigo lector, la cantidad de mails, llamados telefónicos y mensajes de texto que me ha tocado recibir de parte de fieles servidores de nuestros abnegados funcionarios intentado explicar lo inexplicable. "Mi senadora jamás aprobó su inclusión en la lista", "mi diputado no viaja finalmente", "mi ministro se arrepintió porque la situación del país no lo permite" y mil veces etcétera.

Por el lado de los prohombres del sindicalismo vernáculo, uno podría tender a pensar que en el fondo son dirigentes de organizaciones privadas que no inciden en el gasto público. Salvo, claro está, si sospechamos que viajecitos de este tipo muchas veces son solventados con fondos públicos de las obras sociales o, cuando menos, con los aportes de los trabajadores, es decir, nosotros, los tontos de siempre, que vía impuestos o vía aporte gremial, pagamos las fiestitas y los placeres de quienes se dicen nuestros representantes.

Los empresarios, mientras tanto, no quieren ser menos que los pobres trabajadores que viajan para hacer oír sus reclamos, sumándose a la vorágine viajera y pagando de sus bolsillos empresariales los costos de pasaje y hoteles , que jamás de los jamases bajan de las cuatro estrellas. De sus bolsillos dije, bolsillos que, cuando flaquean, se vuelven a llenar con el siempre necesario "ajuste de precios" que una vez más pagamos usted y yo muy gustosos.

Como diría mi abuela "vergüenza debería darles". Y con su permiso quiero ir un poco más allá de una cuestión contable referida al origen público o privado de los fondos con los que estos ilustres ciudadanos sostendrán su tour de 10 días. Ocurre que incluso considerando a quienes, luego de sentirse descubiertos, optaron por bajarse de la comitiva, la suma quedó cerrada en 132 personas, casi el triple que el segundo en cantidad de delegados presentes.

Un auditorio con capacidad para poco más de trescientas personas supone que la OIT debería prohibirle el ingreso a nuestra delegación si se presentara en su totalidad a presenciar las deliberaciones. Ni que hablar si todos quisieran hacer uso de la palabra, o si tan solo el 10% quisiera hacerlo.

En el Estado argentino en cabeza del ministro de Trabajo recae la responsabilidad de elevar el listado de asistentes al organismo internacional, es decir, que alguien con tal vez demasiado poco tino no vio como poco prolijo, cuando menos, mostrarle al mundo que un país que anda penando por ayuda internacional para pagar sus cuentas no tiene empacho en saturar una reunión de menor cuantía con señores y señoras que, a no dudarlo, aprovechan la volada para pasear. Y si bien no tengo el dato, sería bueno saber cuántos de ellos y ellas viajan acompañados por sus familiares.

No me cabe duda alguna de que esto no ha de ser ilegal, aunque sea inconveniente e incluso inmoral. Pero hizo falta una simple nota periodística para que al menos 50 personas reflexionaran sobre cómo caería en la opinión pública sus respectivos viajes justo en medio de un brutal ajuste. ¿Nadie antes, ningún asesor, secretario, marido o mujer les dijo que no era ni necesario ni conveniente hacerlo?

No sé a usted, pero a mí más que bronca me da tristeza, impotencia, angustia. Me da como una sensación de vivir en medio de un gran show, algo así como aquellas memorables peleas de Titanes en el Ring, donde un luchador "bueno" se enfrentaba con otro "malo", pero así de mentiritas, para la cámara, pero que una vez que se terminaba el programa se iban juntos a tomar una cerveza, porque eran parte de la misma troupe, del mismo circo, de la misma tribu.

Qué hacer, qué decir, qué pensar, cuando vemos que a nadie le importa nada más que su propio bienestar. ¿Qué harán en la coqueta Ginebra los unos y los otros, empresarios y gremialistas, legisladores oficialistas y opositores, y funcionarios varios? ¿Llevarán a aquellas latitudes sus pueriles discusiones con las que llenan horas y horas de las pantallas de televisión o simplemente se juntarán a cenar en un buen restaurante suizo para reírse de nosotros?

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