Lo supe desde chiquita: hay gente que no quiere a los judíos. El espectro es amplio y va desde los que practican un prejuicio heredado, un desprecio cultural de antemano por todo lo que tenga que ver con los judíos, a aquellos otros que militan activamente el odio y que incluso se empeñan en negar el Holocausto y negar así también la Historia. A lo largo del tiempo los argumentos para la furia contra los judíos -para detestarlos y también para perseguirlos y eleminarlos- fueron diversos y muchas veces contradictorios entre sí, aunque algunos se mantienen: mataron a Jesús, son los dueños subterráneos de toda la riqueza del mundo, son los mayores agitadores del comunismo, son unos miserables arrogantes, son unos pusilánimes corderos sometidos y podríamos seguir con el festival de consignas maliciosas e hirientes pero no me dan ganas. Me dan náuseas.

Por estos días, un sujeto detestable cuyo nombre me impongo olvidar utilizó las cámaras de TV y las redes sociales para agredir y maltratar públicamente a una colega y a la comunidad judía en general. Tiene la boca tan sucia el sujeto que si no fuera por la indignación que provoca su retórica gore de violencia extrema y por el peligro que entraña su convocatoria de odio, habría que recomendarlo irónicamente para que salga por los arrabales con su stand up neonazi ridículo, berreta y vomitivo, algo pocas veces visto en espacios públicos como la televisión argentina.

Crecí con un nombre que es un documento de identidad judío ya que llevo el nombre de mi bisabuela Hinde Berestovoy, nacida en Odessa y muerta en Buenos Aires unos años antes de mi nacimiento. Por eso, presentarme siempre significa para mí decirles a los demás de dónde vengo. Confieso que en mi infancia y en la adolescencia me costaba hacerlo; confieso también que incluso si escuchaba expresiones de desprecio, prejuicio u odio hacia los judíos no sabía muy bien cómo moverme y buscaba ignorarlos.

Con los años, aprendí no solo a defenderme sino también a prepararme para enfrentar a los antisemitas iracundos. Es más, si cuando era chica -atemorizada por la agresividad- me decía a mí misma y les decía a los demás que yo era judía por una cuestión de sangre, casi como condición impuesta, los años trajeron seguridad a mis pies y profundo amor por mis raíces. Soy judía, sí, ¿y cuál es el problema?

Cada tanto el odio reaparece y no voy a detenerme en buscar los motivos que lo "despiertan" porque estaría justificando ese odio. No voy a analizar el por qué, no me interesa hacer periodismo de investigación sobre las causas que supuestamente agitan el odio hacia mí y hacia los míos, como en el caso del energúmeno de la tele. Es un odio sin razón real. Sí sé en cambio que, desde hace 70 años, la creación del Estado de Israel les dio argumentos a muchos que se esconden en una palabra que les resulta mágica para esconder su prejuicio: antisionista. Si alguien está esperando que discuta la creación del Estado israelí -otro "argumento" para odiar a los judíos, que se "beneficiaron" del mundo capitalista que "pagó y expió" así las culpas de la II Guerra- lamento desilusionarlos. Nací cuando Israel ya existía y muchos de los míos vieron concretado su sueño, el de vivir en un país en donde no se los considerara "el otro". Al mismo tiempo, gran parte de los míos reales -hablo de mi familia más cercana- viven allí o vivieron allí y hoy están enterrados en esa tierra.

Los que me conocen o alguna vez me leyeron saben lo que pienso de las políticas del gobierno israelí en relación al conflicto con los palestinos, en sintonía con lo que piensan gran parte de los gobiernos del mundo y también las propias Naciones Unidas. Tengo edad suficiente para haber escrito mucho y hay cosas que creo que hoy no podría escribir mejor. Hace unos diez años, en otro diario, publiqué lo siguiente, que aún suscribo, palabra por palabra. "No tengo ningún conflicto irresuelto con mi identidad cuando cuestiono las políticas guerreras del gobierno israelí: sería difícil salirme de mi propia historia. En mi firmamento judío brillan Baruj Spinoza, Martin Buber y la resistencia del gueto de Varsovia comandada por Mordejai Anielewicz. No me parece cuestionable creer en la paz y en el progreso si eso significa plantarme frente al opresor, aunque se trate de mi padre. No voy a dejar de ser judía por quedarme del lado de las madres que sufren por sus cientos de chicos muertos en una cacería desenfrenada. Más miedo me da pensar en dejar de sentir como un ser humano, y eso sí que sería un verdadero conflicto de identidad."

Lo dije al comienzo, sé desde siempre que hay gente que no quiere a los judíos. Mi orgullo por mis raíces, por mi nombre, mi apellido, mis ancestros, me permite decir que a los antisemitas no se los nombra, no se los trata, no se los alienta, no se los entrevista, no se los considera personas con las cuales intercambiar nada. Para ellos, solo desprecio, un profundo desprecio. Lo que no deja de sorprender -comparto aquí mi asombro- es que un canal de televisión decida conservar en su grilla el programa de alguien que sostiene su prédica en la misoginia y la xenofobia explícita, celebrando una convocatoria violenta y de riesgo para cualquier sociedad. No es libertad de expresión, eso. Se llama irresponsabilidad.