El Gobierno de Mauricio Macri jugó el viernes pasado toda su artillería para tratar de cerrar la corrida cambiaria abierta en las dos semanas anteriores. Lo hizo por medio de la super-suba de la tasa de interés de referencia del Banco Central al 40% (recordemos que hace apenas 10 días estaba en el 27,25%), y con las medidas de ajuste fiscal anunciadas por el ministro Nicolás Dujovne por un monto cercano a los 3.200 millones de dólares, que incluye reducir 30 mil millones de pesos la obra pública —la mitad de lo proyectado para todo 2018— y otros 30 mil de gastos generales. Con eso consiguió un triunfo módico: la cotización del dólar se redujo levemente del pico que había alcanzado el día jueves, con lo que terminó en 22,28, con un Banco Central que por primera vez en 10 días no tuvo que resignar reservas.
Bastante poco si recordamos que la historia empezó el 24 de abril con un dólar que fluctuaba en 20,50, una tasa de referencia que estaba en el 27,25% y reservas del Banco Central por arriba de los 60 mil millones de dólares. En ese entonces (y pareciera que habláramos de un futuro lejano) el problema era que la meta inflacionaria del 15% era inalcanzable, porque se preveía que la suba de precios anual iba a rondar el 19% y se mantenían pronósticos de crecimiento económico en un rango de 2,5, 3 por ciento. Diez días después, el Gobierno se encuentra en una situación donde festejaría si logra estabilizar un dólar no demasiado arriba de los 22, o sea, devaluado en un 10%, con tasas de interés de 40%, y habiendo perdido reservas por 5 mil millones de dólares. Teniendo que agregarle a ello las consecuencias en términos inflacionarios (hoy darían las hurras si alguien les garantiza una inflación anual de 25%, empatando la de 2017) y con un pronóstico de crecimiento económico muy reducido, a cuenta del seguro enfriamiento de la economía por el combo de ajuste fiscal en la obra pública más super-tasa. Encima, todos los analistas internacionales del establishment financiero le han bajado el pulgar a la Argentina, recomiendan eufemísticamente "vender" o, más claramente, "irse". Incluso las medidas del viernes pasado son calificadas como "correctas", pero "apenas un primer paso" o "aún insuficientes".
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¿Qué es lo que está pasando? No se trata de otra cosa que la materialización de lo que muchos venimos advirtiendo: la política económica macrista está construida sobre los pies de barro de un endeudamiento externo insostenible en el tiempo, que, a la vez, financia una descomunal bicicleta financiera (el conocido carry trade) que siempre termina en la puerta de salida: la vuelta a la divisa extranjera y la consiguiente fuga de esos capitales. En estas semanas, por una conjunción de factores internacionales y locales, los principales fondos especulativos internacionales invertidos en la Argentina tomaron la decisión de que ya era hora de irse. Y ahí comenzó la corrida.
La respuesta del Gobierno fue, primero, tratar de evitar la estampida garantizándoles todos los dólares baratos que quisieran (por eso las intervenciones del Banco Central vendiendo dólares siempre fueron de atrás, a cuentagotas, acompañando y en cierta forma convalidando los nuevos valores ascendentes que iba tomando el billete verde) y recién apostando a ofrecer una tasa mayor el viernes 27. Una vez verificado en la semana corta que pasó que ni aun así lograban retenerlos, llegó a estas decisiones de aumentar 675 puntos en un día la tasa y acompañarlos con las señales requeridas por el establishment financiero mundial: un mayor ajuste que garantice la capacidad de repago de deuda del Estado argentino.
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En los próximos días veremos si, con esas medidas, el Gobierno de Macri ha logrado frenar esta corrida, o si se requieren otras de mayor profundidad. En todo caso, el episodio ha puesto al desnudo los desequilibrios insostenibles de esta política económica: con un déficit de cuenta corriente de la balanza de pagos de 30 mil millones de dólares, retroalimentada por una creciente fuga de capitales, el Gobierno depende de un cada vez mayor endeudamiento y de la buena voluntad de los capitales especulativos internacionales. Si el dólar se estabiliza a este nuevo nivel, a lo sumo habrá comprado tiempo, antes de que estalle una nueva crisis, de mayor dimensión aun.
Por ahora, las consecuencias de corto plazo serán pagadas una vez más por los trabajadores, los jubilados, los que perciben planes sociales o los que viven de las changas: más inflación, salarios y jubilaciones pulverizadas, menor actividad económica y más desempleo. En síntesis: mayor ajuste al servicio de garantizar mayores ganancias a los buitres financieros, a costa de las necesidades de las mayorías populares.
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El autor es economista. Dirigente de Izquierda Socialista.
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