Se fue Don Luis Ribeiro, el hombre de los electrodomésticos y las cosas simples

Por Familia Ribeiro

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Una mesa rectangular con un mantel blanco. Arriba, un platito con aceitunas, otro con queso roquefort y un tercero con pistachos. El malbec y las pastas caseras con un tuco de la región de Piamonte (Italia) están presentes. Don Luis se sienta en la cabecera, come lento y explica que hay que masticar 100 veces la comida. Alrededor, sus hijos lo escuchan como lo hacen hace años. Sigue preocupado por las mismas problemáticas: el futuro del país, el negocio -la exitosa cadena de tiendas de electrodomésticos que lleva su apellido-, la cultura del trabajo y el lugar que tiene que ocupar la mujer en la sociedad. Manuel, María, Cristina y Luis conocen de memoria el discurso de su padre, pero lo siguen atentamente. Es una escena que se repitió durante décadas. Los años fueron pasando, Argentina vivió diferentes crisis económicas, Don Luis coqueteó con diferentes ideas pero nunca perdió su don indiscutible para la docencia. La familia se agrandó, se sumaron 15 nietos y 16 bisnietos, y también perdió a una de sus figuras más importantes, Yolanda Elvira Arimondi, la mujer que acompañó a Don Luis por más de 60 años y murió en 2008.

El sábado 24 de marzo, el ilustre mercedino de 105 años abandonó su lugar en la mesa. Después de años de imaginarse cómo sería su muerte, se cumplió uno de sus anhelos: simplemente dejó de respirar mientras dormía y no tuvo dolor.

Don Luis Ribeiro nació el 16 de febrero de 1913, un año antes de la primera guerra mundial. El mayor de 9 hermanos, desde chico tuvo que trabajar para ayudar a mantener a su gran familia. A los 8 años se vio obligado a descontinuar su educación formal. Desde entonces empezó a trabajar en el oficio de su padre Manuel, que era joyero y relojero. Fue así que descubrió la importancia de utilizar las manos como una herramienta de trabajo. Por debajo de un metro setenta, con ojos achinados y del color del tiempo y una cabellera envidiable que combinaba con su traje impecable y gris, Don Luis fue un experto en surfear olas: la repentina muerte de su madre a los 6 años, la abrupta separación de su padre quien lo dejó en Uruguay por 2 años mientras formaba una nueva familia fueron hechos que lo marcaron de por vida. A los 27 años su padre le encomendó una gran responsabilidad antes de morir: garantizar que sus 8 hermanos y su madrastra tuvieran un buen pasar. Ante eso, Don Luis perdió temporalmente todo su pelo y se puso como meta el bienestar económico de su familia.

Con lo único que contaba era con un pequeño local que sacaría a flote luego de apartarse de "vicios y malas compañías". Tomó la decisión de nunca más volver a fumar, tomar mate, ni jugar al tute. En ese momento descubrió la importancia de las rutinas y se convirtió en una persona que adoptó al trabajo como su religión, algo que lo acompañaría el resto de su vida.

La historia de El Chino, como le decía su mujer, estuvo ligada 100 por ciento a la del negocio. Era un trabajador incansable. Tan así que hasta los 100 años se lo pudo ver sentado en su oficina, rodeado de papeles o escribiendo sus ideas en un cuadernito.

Para Don Luis la ética siempre estuvo delante de cualquier decisión, por eso cuando los rubros joyería y óptica (en la que también había incursionado) se volvieron menos transparentes, decidió apostar por el mundo de los electrodomésticos. Corrían los años setenta, y Don Luis junto a algunos de sus hermanos habían convertido la modesta firma familiar, fundada en 1910, en un negocio más lucrativo. Habían repensado la matriz. Empezaron armando heladeras.

Inquieto y ávido de conocimiento, Don Luis encontró en los libros su forma autodidáctica de aprender. También tuvo en su amigo el farmacéutico Jorge Delaunay un guía. Él fue quien le presentó la música clásica y con quien empezaría a disfrutar de inagotables lecturas. El Chino fue un lector voraz de diarios y literatura. Le interesaban desde clásicos hasta cualquier ejemplar que hablara sobre economía. Pero sentía una especial simpatía por la filosofía, una disciplina que trataría de inculcar en sus nietos, quienes heredaron la costumbre de sus padres de escucharlo con magnetismo en cada una de las comidas. Si bien en los 60 tuvo cierta afinidad con los ideales comunistas, su línea de pensamiento terminó siendo más conservadora y liberal.

Don Luis era liviano. Tenía una dieta, a base de ciertos artículos de alimentación que recortaba prolijamente del diario y compartía con su mujer. También había encontrado en la caminata un espacio de reflexión. Tenía la costumbre de al menos caminar 50 cuadras por día. Algo que hasta que se sintió seguro conservó. Fue tras cumplir los 100, cuando empezó de a poco a limitar sus actividades. Dejó de viajar a Buenos Aires, donde solía pasar el invierno, también de visitar el negocio de Villa Mercedes, y empezó a pasar más horas en casa y se hizo experto en resolver Autodefinidos.

Aunque lo que no perdió fueron sus ganas de enseñar, ni sus monólogos. Además de sus familiares, cada tanto recibía visitas de los empleados de Ribeiro que aprendían, entre otras cosas, a mejorar la atención al cliente y a estar atentos al servicio de post venta. Pensador incansable, el Chino siempre buscaba soluciones a problemas.

Era perceptivo y generoso. En su ciudad, muchos le tocaban el timbre en su casa de la calle Tucumán para pedirle consejos y también ayuda. El negocio lentamente, y tras empezar a estar dirigido por el mayor de sus hijos, creció mucho más de lo que él se hubiese imaginado. Hoy cuenta con 90 sucursales en el país y es una de las empresas nacionales con mejor proyección. Sin embargo, él nunca dejó de ser Don Luis. Ni de disfrutar de las pequeñas cosas: una cena en familia, con comida casera y un bien vino.