Ayer, una amiga que vive en la ciudad de Rauch me dijo: "Hay una gran polémica en el pueblo. La mitad de la gente le quiere cambiar el nombre por Arbolito y la otra mitad quiere que siga llamándose Rauch".

—No puede ser —respondí.

—¿Cómo que no puede ser? Vengo de allá, acabo de verlo.

—Pero ¿cuántos descendientes de pampas viven en Rauch?

—Ninguno.

—Entonces, todos los habitantes de Rauch serán descendientes de criollos y gringos, que están allí porque Federico Rauch exterminó a los indios.

—Sí, pero la gente tiene sus ideas. Ahora se habla mucho de los pueblos originarios…

Rauch es una ciudad ubicada en el centro de la provincia de Buenos Aires, a 272 kilómetros de La Plata, en el centro de las tierras que, allá por 1850, se disputaban indios y cristianos. Aquello se denominaba vagamente "la frontera". Hoy son parte de una poderosa economía agraria.

Nacido en Weinheim Baden, Alemania, en 1790, Friedrich Rauch participó durante su juventud en las guerras napoleónicas, como San Martín (pero en contra, pues pertenecía al Ejército napoleónico, así como don José era capitán del español) y el propio Michel Sylvestre Brayer, que fue durante la guerra peninsular mano derecha de Napoleón Bonaparte, pero inmediatamente después se sumó al Ejército de los Andes, como muchos otros militares de distintas nacionalidades, sobre todo ingleses y franceses: Miller, Paroissien, Guillermo Brown, el almirante Cochrane.

Rauch se afilió a las tropas argentinas y participó decisivamente en las campañas previas a la Conquista del Desierto que lanzó el gobierno de Buenos Aires a partir de 1830. Había llegado a las Provincias Unidas del Río de la Plata el 23 de marzo de 1819 y se incorporó inmediatamente al ejército como teniente segundo por orden del director supremo, Juan Martín de Pueyrredón. Ascendido a capitán en 1820 y a sargento mayor en 1821, luego fue trasladado al regimiento de Húsares. Alcanzó el grado de coronel con sólo 33 años.

El 4 de agosto de 1827, Rauch se casó con Narcisa Pérez Millán, en San José de los Arrecifes.

El gobernador Martín Rodríguez efectuó tres campañas contra los indios que atacaban la frontera sur entre 1820 y 1824. Delegó el gobierno en su ministro Bernardino Rivadavia. Decía don Martín: "La experiencia nos enseña que la guerra es el único remedio, desechando toda idea de urbanidad. Son enemigos a los que es preciso exterminar".

Por entonces, los malones o las invasiones de indios de lanza causaban estragos en el campo: robaban miles de cabezas de ganado, que arreaban hacia Chile, lo que generaba una rastrillada que se llamó "camino de los Chilenos", y su norma era degollar a todos los vecinos varones. Las mujeres y los niños, por lo general, se agrupaban llorando en las iglesias. Una vez tomado cada pueblo o estancia, las viejas eran sacrificadas, mientras que las mujeres en edad de servir eran secuestradas a lomo de caballo, para servir de concubina de algún capitanejo. Lo que hacían los soldados argentinos, cuando copaban una toldería, no era muy distinto. En aquel tiempo, era materialmente imposible tomar prisioneros. Al menor descuido, estos escapaban con los caballos, y un hombre a pie en el desierto estaba condenado a morir de sed y hambre, terminando como pasto de caranchos, zorros y pumas.

Cuando se habla en este contexto de "los indios pampas" no se está diciendo nada. Los indios se denominaban pampas porque vivían en las pampas, nada más. Pero durante los siglos XVII y XVIII se produjo un proceso denominado "araucanización de las Pampas". Los tehuelches de la Patagonia y la Pampa argentinas, hombres altísimos que formaban pequeñas caravanas, limitándose a cazar y recolectar frutos, fueron invadidos por los araucanos que cruzaron la cordillera desde Chile, acompañados por bandoleros como los Pincheira, de origen español, ya que unos y otros habían sido derrotados por los patriotas chilenos. Una vez en la Pampa, hallaron un gran espacio vital: millones de vacas para carnear y cuerear (una manera de cazar) y numerosas tribus indígenas que se dejaron gobernar. El lenguaje tehuelche desapareció. Los chilenos se fusionaron con los patagones. Todos adoptaron la lengua araucana o mapudungún, así como el toldo tehuelche de piel de vaca, y los indios descubrieron el magnífico negocio de robar ganado y secuestrar mujeres, por las que pedían rescate. Desde 1830, el Napoleón de las Pampas fue Juan Calfucurá, cacique chileno instalado en Salinas Grandes y con agallas para aglutinar a todos. El problema es que el hombre nómade, para colmo provisto de magníficos caballos (que abundaban en estado silvestre) y moharras de hierro español para sus lanzas, necesitaba un gran espacio vital para desenvolverse, y cuando en su tierra empezaba a mermar la fauna, sencillamente se corría a otro lugar, a 500 kilómetros de distancia. No tenía más que desmontar sus toldos de caña y cuero.

Los indios de la Pampa, tanto tehuelches como araucanos, nunca usaron arco y flecha. Sus armas eran la lanza y las boleadoras. Y como no llevaban estribos sino que enganchaban los dedos del pie en un nudo de cuero, no podían usar el peso del cuerpo para dar fuerza al lanzazo, sino que pinchaban repetidas veces al enemigo, desangrándolo, y una vez debilitado lo degollaban con sus afilados cuchillos. Algo similar hacían los cristianos.

Rauch fue asignado a la defensa de la frontera sur de Buenos Aires, secundando a Juan Manuel de Rosas. Los pobladores lo premiaron por su extrema dureza en la lucha con los indios. Se lo conocía en todas partes como "el guardián de la frontera".

Durante 1826, mientras el país se distraía en la Guerra del Brasil, los indios lanzaron un malón de 400 lanzas procedentes de Chile, más 35 españoles de Pincheira, y saquearon prolijamente la ciudad de Salto. Se llevaron todo el ganado. Otro malón procedente de Las Bruscas tuvo lugar en septiembre y arrasó los partidos de Dolores, Chascomús y Monsalvo. Unos mil hombres arrasaron la Cerrillada de los Huesos. En septiembre de 1829, el teniente coronel Morel fue vencido por el cacique Mulato y fusileros pincheirinos al mando de Godé en la Batalla de los Toldos Viejos.

Ante la alarmante avanzada, Rauch realizó tres campañas militares, siempre con una tropa escasa pero con experiencia, de unos mil hombres, entre 1826 y 1827.

El éxito fue total, ya que en todos los casos se rescataron cautivas (algunas con hijos mestizos), ganado y caballos, deteniendo la auténtica carnicería que estaban haciendo los indios en el campo argentino. El grito de terror en los pueblos de la provincia, sin entrar en detalles etnográficos, era: "¡Los indios, los indios!". Estos no tenían mayor preocupación por la pureza de su raza, ya que preferían dormir con cautivas blancas y hacerles hijos, en tanto criaban como propios a los que habían robado de los pueblos y que olvidaban así su nombre y su idioma. Decía el indio de lanza, en aquel entonces: "Mujer blanca mucho linda, mejor que india".

El poeta Juan Cruz Varela homenajeó a Rauch con unos versos: "Te saluda la Patria agradecida y la campaña rica, que debe a tu valor su nueva vida". El 24 de febrero de 1827, el presidente Rivadavia entregó un sable de honor al militar prusiano.

En Buenos Aires tronó la revolución en diciembre de 1828, cuando Lavalle fusiló a Dorrego. Se enfrentaron a continuación unitarios y federales. El general Rosas conducía a estos últimos. Rauch se alineó con los unitarios. Ambos contaban en sus filas con batallones indígenas.

Rauch fue derrotado en el combate de las Vizcacheras, el 28 de marzo de 1829, y en una emboscada le bolearon el caballo y luego lo lancearon y degollaron. El autor material de su muerte fue el ranquel Nicasio Maciel (ya muchos indios llevaban nombres cristianos), apodado Arbolito. Decapitaron a Rauch, abatido junto al coronel Nicolás Medina, y arrojaron su cabeza en la puerta de casa de la madre de su enemigo, Prudencio Arnold, como gesto cordial. Luego la pasearon por Buenos Aires hasta tirarla por ahí, en señal de desafío a los unitarios de la ciudad.

Queda para la historia un parte de guerra de Rauch: "Hoy, 18 de enero de 1828, para ahorrar balas degollamos a 28 ranqueles".

Gracias a hombres como Rauch, sangrientos y valientes, estamos nosotros aquí. ¿Tiene sentido cambiar su memoria por la de Arbolito? Ignoro si existen los descendientes de aquel guerrero. Espero que no les toque ver el olvido de su antepasado y la gloria de quien lo asesinó.