Tal como se ha señalado en diversas oportunidades, todos actuamos en nuestro interés personal, que podrá ser sublime o ruin. En definitiva, constituye una perogrullada sostener que está en interés del sujeto actuante actuar como actúa. También cabe recalcar que siempre apunta a lo que estima que lo hará más feliz, ya se trate de un masoquista, un suicida o un acto corriente de los que se llevan a cabo cotidianamente.
En última instancia, entonces, todos los actos se basan en la conjetura de que lo realizado proporcionará más felicidad, lo cual no significa que en realidad esto ocurra: la persona en cuestión puede o no percibir el error después de llevada a cabo la acción, pero la felicidad no es escindible del bien en el sentido de la incorporación de valores que alimenten el alma. El mal objetivamente considerado aleja de la felicidad por más que se lo pueda malinterpretar subjetivamente, puesto que las cosas son independientemente de lo que se opine que son. De lo contrario, caeríamos en el relativismo epistemológico (que convierte en relativa la propia afirmación del relativismo), lo cual, dejando de lado el campo de lo perverso, no contradice el hecho de la interpretación subjetiva (el "prefiero" o "no prefiero", "me gusta" o "no me gusta").
Ahora han aparecido varios libros que analizan la felicidad desde la perspectiva económica. Algunos, a nuestro juicio, disparatados como cuando se propone reducir por decreto los horarios laborales sin percatarse de que esto arrastra los mismos efectos del salario mínimo y otros dislates equivalentes en cuanto a que conducen indefectiblemente al desempleo. Otras obras, en cambio, resultan de gran interés como, por ejemplo, Happiness & Economics, de Bruno Frey en coautoría con Alois Stutzer, que parten de la Declaración de la Independencia estadounidense, donde se enfatiza "la búsqueda de la felicidad" y lo contraponen a las mediciones convencionales del producto bruto como manifestación de bienestar, a lo que nos hemos referido en otra ocasión.
También ahora en otro plano reiteramos en parte algo que ya hemos escrito con anterioridad. La vida está conformada por una secuencia de problemas de diversa índole, lo que naturalmente se desprende de la condición imperfecta del ser humano. La ausencia de problemas es la perfección, situación que, como es bien sabido y sentido, no está al alcance de los mortales. Además, si los seres humanos fueran perfectos, no existirían, ya que la perfección —la suma de todo lo bueno— es posible sólo en un ser (la totalidad de los atributos no pueden residir en varios).
De más está decir que el asunto no consiste en buscarse problemas sino en mitigarlos en todo lo que sea posible, al efecto de encaminarse hacia las metas que actualicen las potencialidades de cada uno en busca del bien, ya que, como queda dicho, las incorporaciones de lo bueno es lo que proporciona felicidad. Lo malo, por definición, naturalmente hace mal y, por ende, aleja de la felicidad que de todos modos es siempre parcial, puesto que, como queda dicho, el estado de plenitud no es posible en el ser humano, se trata de un tránsito y una búsqueda permanente que exige como condición primera el amor al propio ser. Esto no solamente no se contradice con que ese cuidado personal apunte a la satisfacción de otros, sino que es su requisito indispensable, porque el que se odia a sí mismo es incapaz de amar a otro debido a que, de ese modo, renuncia al gozo propio de hacer el bien.
El bien otorga paz interior y tranquilidad de conciencia que permiten rozar destellos de felicidad que es la alegría interior sin límites, pero no se trata solamente de no robar, no matar, acariciar a los niños y darles de beber a los ancianos. Se trata de actuar como seres humanos contestes de la enorme e indelegable responsabilidad de la misión de cada uno encaminada a contribuir, aunque más no sea milimétricamente, a que el mundo sea un poco mejor respecto al momento del nacimiento, siempre en el afán del propio mejoramiento, sin darles descanso a renovados proyectos para el logro de nobles propósitos.
Los estados de felicidad siempre parciales por las razones apuntadas demandan libertad para optimizarse, ya que esa condición es la que hace posible que cada uno siga su camino sin que otros bloqueen ese tránsito ni se interpongan en el recorrido personalísimo que se elija, desde luego, sin interferir en idénticas facultades de otros. Los atropellos del Leviatán necesariamente reducen las posibilidades de felicidad, sea cual fuera la invasión a las autonomías individuales y siempre debe tenerse en cuenta que los actos que no vulneran derechos de terceros no deben ser impedidos, ya que la responsabilidad es de cada cual. Nadie deber ser usado como medio para los fines de otros.
La característica sobresaliente del ser humano es su libre albedrío, que no comparte con ninguna de las especies conocidas y, por tanto, sus facultades intelecto-volitivas lo distinguen y le otorgan la condición humana propiamente dicha. En esta línea argumental, la antes referida actualización de sus potencialidades alude de modo muy especial al conocimiento, es decir, al alimento de su alma (Johann Goethe ha dicho que cuando uno lee, no sólo se informa sino que, sobre todo, se transforma). Puede el hombre ejercitarse en gatear o en ladrar, pero lo que lo distingue es su intelecto, en consecuencia, el ensanchamiento de su ser radica en la incorporación del saber, en enriquecerse por dentro. Por ello es que la demostración de verdadero amor al prójimo consiste en alimentar su alma, comenzando con la propia familia, los amigos y, en su caso, alumnos, lectores y todo el que quiera escuchar, para lo cual, como queda dicho, es requisito indispensable e ineludible el cotidiano autoperfeccionamiento y la consiguiente autocrítica.
Voltaire, en una de sus reflexiones se pregunta si no será más feliz alguien que no se cuestiona nada ni intenta averiguar tema alguno sobre las cosas, ni siquiera sobre su propia naturaleza y concluye que esto último es compatible con el estado de satisfacción del animal no racional y no es propio de un ser humano. Esto no desconoce que todos somos muy ignorantes, que desconocemos infinitamente más de lo que conocemos, pero se trata del esfuerzo por mejorar, por la autoperfección, según sean las posibilidades y las circunstancias por las que atraviesa cada uno. Se trata de la faena de incorporar algo más de tierra fértil en el mar de ignorancia en el que nos desenvolvemos para así honrar nuestra condición humana.
El libre albedrío es el resultado de los estados de conciencia que son consustanciales a la condición humana, en cuyo contexto recomiendo muy especialmente la excelente obra de John Eccles, premio Nobel en neurofisiología y Karl Popper, filósofo de la ciencia, titulada El yo y su cerebro (el yo es la mente, la psique o los estados de conciencia, mientras que el cerebro es lo material junto al resto de los kilos de protoplasma).
Ahora bien, como los estados de conciencia, la psique o la mente son fenómenos extramateriales, no se descomponen, perduran a la muerte del cuerpo y, en consecuencia, continúan viviendo según el comportamiento del ser en cuestión en su prueba terrena, nunca exceptuado de errores (nadie puede "tirar la primera piedra"), pero según haya sido el esfuerzo en el autoperfeccionamiento, en el alimento de su propia alma y, en este ámbito, la felicidad adquiere dimensiones muy diferentes.
Este tema evidentemente se conecta con la existencia de la primera causa, asunto que me recuerda la contestación de Carl Jung cuando le preguntaron si creía en Dios, a lo cual respondió: "No creo en Dios, sé que Dios existe". Esto no es un asunto de fe, sino una cuestión eminentemente racional: el lector y yo estamos ahora comunicándonos, tanto uno como otro provenimos de nuestros padres, abuelos, bisabuelos, etcétera, pero esta concatenación de causas no puede operar ad infinitum, puesto que si fueran en regresión infinita, nunca hubieran comenzado las causas que permiten nuestra comunicación actual, ergo, no existiríamos. La única posibilidad para que el lector y yo estemos en este momento en comunicación es que las causas que nos dieron origen tuvieron alguna vez un punto de partida, es decir, la primera causa, la causa incausada, Dios, Yahavéh, Alá o como se le quiera denominar, lo que para nada es incompatible con conjeturas probables como el Big-Bang, que es un fenómeno contingente como todo lo que deriva de aquella explosión inicial, mas no necesario. Entonces, la cercanía o el alejamiento relativo del ser perfecto depende de nuestras decisiones en la vida terrena, experiencia que se vincula estrechamente con la idea de felicidad. Todos los que se esfuerzan en autoperfeccionarse están, de hecho, suponiendo la existencia de la perfección, es "la presencia real" al decir de George Steiner.
Es común el temor al fin de la vida corpórea si no se tiene una visión bien plantada de lo trascendente en el hombre. Incluso es frecuente que se tienda a evitar la palabra muerte, así se habla de fallecimiento o en la parla anglosajona se recurre a la críptica fórmula de "he passed away" y, según Fernando Savater, los antiguos romanos, al producirse la defunción, decían: "Se fue con la mayoría" (apuntamos nosotros que es esta una noción un tanto gaseosa revestida de elucubraciones demográficas).
En resumen, la imperiosa necesidad de contar con proyectos nobles y de mantener la brújula no significa tomarse demasiado en serio y perder el sentido del humor, especialmente la saludable capacidad de reírse de uno mismo. En este sentido, conviene tener presente la sentencia de Kim Basinger: "Si lo quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes", y también la sabia reflexión de quien fuera mi entrañable y queridísimo amigo José Ignacio García Hamilton: "Lo importante no es lo que a uno le sucede, sino cómo uno administra lo que le sucede". De cualquier manera, en línea con la conclusión aristotélica, Pascal afirma con razón: "Todo hombre tiene a la felicidad como su objetivo; no hay excepción", el secreto reside en no equivocar el rumbo y distinguir claramente la huella del pantano.
Por último y en otro plano, puesto que la felicidad se ubica en la dimensión comentada, hay predicadores que hacen mucho daño al tratar el tema de la pobreza material (no la evangélica, de espíritu), lo cual deriva en angustias y problemas de diversa índole para desenvolverse en la vida. Así, hay predicadores que, por un lado, alaban la pobreza material, por otro, la condenan y, para completar el galimatías, proponen medidas que la extienden. En este contexto, siempre es oportuno recordarles a los referidos predicadores lo escrito por Santo Tomás de Aquino en la Suma Teológica: "No es preciso que donde hay mayor pobreza haya mayor perfección; antes, al contrario, puede haber gran perfección con gran opulencia".
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