
Al referirse al vínculo entre jóvenes y mundo laboral, Rodrigo afirma que “las habilidades socioemocionales son el verdadero diferencial”. En esta entrevista repasa brechas de formación, el impacto de la tecnología, la importancia de innovar en selección y el rol de sectores como la logística para generar trayectorias laborales de calidad.
Desde tu experiencia, ¿qué oportunidades ofrece el sector logístico para los jóvenes?
Muchísimas. Es un sector dinámico, en crecimiento y lleno de posibilidades para el primer empleo. La evidencia es contundente: comenzar con una buena experiencia laboral mejora radicalmente la trayectoria futura, especialmente para jóvenes de sectores vulnerables.
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En América Latina, el 32% de la población es pobre y solo el 30% de los jóvenes tiene un empleo formal registrado. Eso significa millones de jóvenes con un mal vínculo inicial con el mundo laboral.
La logística puede ser una enorme puerta de entrada: distribución, atención al cliente, procesos operativos. A mi me tocó trabajar con muchísimas compañías del sector y muchísimos jóvenes comienzan ahí. Puede transformar sociedades enteras si logramos incorporarlos desde el lado correcto.
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¿Qué impacto concreto ven en las empresas que incorporan jóvenes formados en programas de capacitación laboral?
Hay estudios del BID (Banco Interamericano de Desarrollo) y la OIT (Organización Internacional del Trabajo) con análisis en Argentina, Uruguay y Chile. Compararon jóvenes que ingresaron por iniciativas sociales con jóvenes seleccionados directamente por las compañías para el mismo rol.
Los resultados fueron muy claros: los jóvenes que vienen de programas sociales rinden mejor dentro de las empresas. Desarrollan más rápido las habilidades necesarias, su curva de aprendizaje es más veloz y —en términos económicos, lo más significativo— permanecen el doble de tiempo en la organización.
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Eso reduce notablemente los costos de rotación y baja de manera abismal el ausentismo. Son jóvenes muy dedicados, entusiasmados, con ganas de que les vaya bien en la vida. Y eso derriba muchos prejuicios que escuchamos seguido.
¿Qué competencias se deberían desarrollar en estas iniciativas?
El mundo es muy volátil y cambia rápido. La oferta y la demanda no dialogan fácilmente, y es difícil anticipar cómo será el futuro. El error es preparar solo para lo específico y lo inmediato. Hay que cambiar el paradigma: en un contexto tan cambiante, hay que desarrollar lo más humano.
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Curiosidad, capacidad de aprender, manejo de las emociones, conocimiento propio, mejores formas de trabajar con otros. Las habilidades esenciales, básicas, humanas. Para un primer empleo, esas competencias son las que realmente abren camino.
¿Cómo describirías tu trabajo y tus aportes?
Trabajo especialmente con jóvenes en situación de pobreza, ayudándolos a construir su proyecto de vida con un foco claro: educación, trabajo, formación continua y desarrollo personal orientado al bienestar colectivo.
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En mi caso, después de muchos años de hacer trabajo social de distintas maneras, encontré la forma de dedicarme profesionalmente y hoy me ocupo “full life” de esta misión.
¿Qué brechas ves hoy entre la formación de los jóvenes y las necesidades reales del mundo del trabajo?
Las brechas entre formación y demanda laboral son enormes. Pero también es cierto que después de tantos años en esto, uno identifica con claridad dónde están los puentes que permiten pasar de un lado al otro.
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Lo primero es entender de qué hablamos cuando hablamos de “trabajo” en un mundo que cambia todo el tiempo. A todos nos pasa: nos preguntamos qué parte de lo que hacemos seguirá siendo valiosa en un contexto de inteligencias artificiales y automatización. Para los jóvenes, ese interrogante es aún más desafiante.
Durante mucho tiempo se creyó que la clave eran las habilidades técnicas. Hoy sabemos —y lo tenemos absolutamente confirmado— que las habilidades socioemocionales son el diferencial real: comunicarse bien, trabajar con otros, aprender, tener curiosidad. Esas son las que permiten adaptarse al mercado actual y al que viene.
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También las empresas tienen un rol clave: innovar en selección, comprometerse con el desarrollo del talento joven, entender que en un mundo tan dinámico necesitás gente con ganas, capacidad de aprendizaje y compromiso.

¿Qué rol juega la articulación entre empresas, organizaciones sociales y el sistema educativo?
Es un diálogo necesario y, a la vez, difícil. Las compañías tienen una dinámica vertiginosa; el sistema educativo tiene otra responsabilidad: ser universal, llegar a todos, no dejar a nadie afuera. Manejan tiempos y ritmos muy distintos.
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Las organizaciones sociales tenemos que aportar innovación, contenidos, fortalecer equipos docentes y directivos, ayudar a que la escuela sea más sólida y dinámica.
Las empresas, por su parte, tienen que animarse a innovar en selección, mejorar procesos de onboarding, acompañar a los jóvenes en sus primeras experiencias. Muchas ya lo están haciendo muy bien: con aportes simples, de bajo costo, pero con un retorno enorme.
¿Sos optimista respecto al futuro laboral?
Soy un enfermo del optimismo. Las condiciones son complejas, sí, pero depende de cómo usemos lo que tenemos. La inteligencia artificial puede ser maravillosa o una tragedia: depende de nosotros. Creo que podemos hacer un mundo mucho mejor si elegimos bien.
¿Qué mensaje les darías a los jóvenes que están empezando?
Siempre digo lo mismo: confiamos en ellos. Muchos llegan a entrevistas creyendo que no tienen nada para aportar porque no tienen experiencia o estudios formales. Pero traen un montón de habilidades: liderazgo en un equipo, compromiso en su casa, capacidad de colaborar. Tienen que reconocerlas y animarse a ponerlas en valor. Y lo que sientan que no tienen, se desarrolla. Es la vida de todos nosotros.
Mi mensaje es simple: confíen en ustedes. Pueden hacerlo muy bien. Y entre todos —ellos y nosotros acompañando— podemos hacer un mundo un poquito mejor.
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