
“Sin logística eficaz no hay desarrollo sostenible”, afirma Sebastián. Desde allí analiza cómo la matriz exportadora de la provincia sigue liderada por carne, cereales y oleaginosas, al tiempo que sectores como software, metalmecánica y construcción en seco comienzan a ganar tracción internacional.
¿Cuáles son los principales potenciales productivos e industriales que identificás hoy en La Pampa?
Nuestra base productiva es agrícola, ganadera y agroindustrial. Históricamente, la carne bovina es nuestro principal producto de exportación: según el año representa entre el 50% y el 70% del total. Luego vienen los cereales y oleaginosas —maíz, soja, trigo, girasol— según la campaña.
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Pero también tenemos actividades más chicas en volumen que, sin embargo, son muy importantes a nivel local: por ejemplo, las empresas de software que exportan servicios a Estados Unidos; estudios contables que hoy participan en cadenas globales de valor gracias a la tecnología; una industria metalmecánica que produce casillas para el agro y exporta a Latinoamérica; y una empresa que fabrica varillas de acero para perforaciones petroleras y vende a Chile y Brasil.
Además está creciendo un sector vinculado a la construcción en seco, “steel frame”, que encontró un nicho interesante por su rápida adopción en la Patagonia y por la integración comercial con Neuquén y Vaca Muerta.
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¿Cómo se visibiliza internacionalmente a esos sectores que todavía son más incipientes?
Lo pienso en dos planos. El primero es construir sobre lo construido: potenciar lo que ya funciona, lo que ya está exportando, lo que tiene trayectoria. En esos casos nuestro rol es ayudar a que crezca: acompañar, facilitar, vincular.
El segundo plano es el de los sectores nuevos, más chicos pero muy dinámicos, como los servicios basados en el conocimiento. Generan empleo altamente calificado, se adaptan rápido y pueden crear oportunidades internacionales incluso sin grandes escalas productivas.
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La diversificación es una necesidad: dependemos mucho del agro y, por lo tanto, de los factores climáticos. Reducir esa vulnerabilidad con nuevas industrias y servicios es clave para un desarrollo sostenible.

En ese camino de integración productiva, ¿qué rol juega la logística en la competitividad provincial?
Es central. La Pampa es mediterránea, no tiene salida al mar y depende casi exclusivamente del transporte terrestre. Eso nos genera desafíos estructurales. Hoy la infraestructura vial está en una situación crítica. Incluso caminos estratégicos para Vaca Muerta tienen tramos que se transitan a 20 km/h. Ese deterioro limita la competitividad de sectores que, de otro modo, podrían crecer mucho más.
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El otro gran desafío es la multimodalidad. Que casi todo se mueva en camión es un problema: incrementa costos, reduce eficiencia y resta competitividad ante países o regiones con redes logísticas más diversas.
¿Y qué pasa con la integración regional? ¿Es también un desafío logístico?
Totalmente. En la misión a Vaca Muerta apareció una paradoja muy clara: las peras y manzanas del Valle de Neuquén, para llegar a La Pampa, pasaban por Buenos Aires. Y la carne y la harina pampeanas para ir a Neuquén también pasaban por Buenos Aires. Eso rompe cualquier posibilidad de un país verdaderamente federal.
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Para empezar a corregirlo hay que generar carga: sin carga no hay logística eficiente, pero sin logística tampoco hay carga. El camino es iniciar el circuito, aunque al principio sea menos eficiente, y desde ahí profesionalizar y mejorar el sistema para aumentar competitividad. Sin logística eficaz no hay desarrollo sostenible. Las actividades que están “al límite” de competitividad quedan directamente fuera del mercado.
¿Qué relevancia tiene la articulación público–privada en este proceso?
Es fundamental. La agencia funciona con participación del sector público y del sector privado, y trabajamos cada acción de manera conjunta. Tenemos bien en claro que quienes exportan son las empresas. Pero el Estado tiene que acompañar.
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Como organización, ayudamos a las empresas a vincularse con Cancillería, a acceder a ferias internacionales, a desarrollar contactos comerciales y a reducir riesgos. Incluso tenemos un programa que reintegra el 50% del pasaje y la estadía a quienes viajan a explorar mercados.
La inversión en internacionalización es alta y muchas veces los primeros negocios no son rentables, porque hay un proceso de aprendizaje. Pero a largo plazo, la diversificación de ingresos —locales e internacionales— es clave para cualquier empresa en un país tan inestable como el nuestro. Los países que admiramos lograron desarrollarse con Estados fuertes y sectores privados competitivos. No es uno contra otro: es un trabajo conjunto.
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Acabás de volver de China. ¿Qué conclusiones te dejó desde la mirada del comercio internacional?
China confirma, cada vez que uno la visita, que es una potencia en escala, modernidad y funcionamiento. La feria a la que asistí —la Feria Internacional de Importaciones y Exportaciones— tiene una magnitud que supera ampliamente a cualquier feria occidental del sector.
Desde lo comercial, lo más relevante es que China sigue siendo un mercado en expansión y que para Argentina hay espacio real. El conflicto arancelario con Estados Unidos abrió oportunidades inmediatas: importadores chinos que antes compraban carne estadounidense hoy la sustituyen por carne latinoamericana, especialmente de Brasil y Argentina.
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Vimos ese fenómeno en tiempo real: empresarios chinos sentándose con productores pampeanos para iniciar negocios. Y ahí aparece el valor de diferenciación: la carne argentina es buena, pero distinta, y hay que transmitir eso al consumidor final.
China es un mercado enorme y estratégico. Para La Pampa, representa una oportunidad concreta de inserción internacional en carne, alimentos y otros bienes que puedan adaptarse a su escala.
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