La logística del conocimiento: distribuir educación en un mundo sin fronteras

Alberto Taquini, presidente de honor de una institución referente en educación, plantea cómo la tecnología reconfiguró la distribución del conocimiento y por qué el sistema formal es hoy la principal barrera de entrada

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Alberto Taquini es presidente de honor de una institución referente en educación (Foto: Movant Connection)
Alberto Taquini es presidente de honor de una institución referente en educación (Foto: Movant Connection)

“La misma lógica que se aplica para la logística de mercaderías se usa para la logística de los conocimientos”, señala Alberto y recorre, en esta entrevista con Movant Connection, la transformación que la conectividad global impuso sobre la distribución del saber. El especialista propone pensar la educación como una cadena que hoy tiene la infraestructura para operar a escala mundial, pero que todavía enfrenta restricciones sistémicas que frenan su despliegue.

¿Cómo llegaste al mundo de la educación y qué te llevó a pensar en ella como un sistema que necesita transformarse?

Llegué desde el mundo de la ciencia. Soy médico y trabajé en la Universidad de Buenos Aires, donde fui profesor y decano. En ese contexto, a fines de los años 60, impulsamos un plan por el cual se crearon 14 universidades en el interior del país en un período de tres años. Llevamos de ocho a más de veinte universidades en todo el territorio. A partir de ahí dejé el laboratorio y pasé a trabajar en política educativa, que es lo que hago hasta hoy.

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Hoy el foco está puesto en cómo se forma un aprendiz entre los 6 y los 14 años: que aprenda la lógica del aprendizaje y las herramientas básicas, como matemática, lengua, tecnología, para poder reciclarse solo a lo largo de toda su vida. Porque el sistema viejo terminó. Lo llamamos game over.

¿Por qué game over?

Porque la tecnología permite hoy lo que antes era imposible: estudiar en cualquier lugar del mundo y a cualquier hora. Ubicuo y asincrónico. Eso cambia todo. El 80% de la población mundial tiene un teléfono móvil. Ese teléfono tiene cien mil veces la potencia que tenía la computadora que llevó el Apolo a la Luna, y se conecta con la nube, donde está albergada la totalidad de la información disponible.

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Antes en el aula tenías un libro y un docente adelante. Ahora tenés un teléfono y la nube. Podés acceder a los mejores libros del mundo de la misma forma en que hoy dos o tres mil millones de personas ven una carrera de Fórmula 1. Esa misma infraestructura de distribución está disponible para el contenido educativo, y todavía no la estamos usando.

"Un chico puede estar navegando en el Río de la Plata, prender el teléfono y tener el mismo acceso que si estuviera en el aula de una universidad", reflexiona Alberto sobre el cambio de paradigma educativo (Foto: Shutterstock)
"Un chico puede estar navegando en el Río de la Plata, prender el teléfono y tener el mismo acceso que si estuviera en el aula de una universidad", reflexiona Alberto sobre el cambio de paradigma educativo (Foto: Shutterstock)

Hablaste de logística del conocimiento. ¿Cómo funciona esa analogía?

La conectividad permite que en cualquier lugar del mundo, a cualquier hora, se ubique un paquete de contenido para estudiar. La misma lógica que se aplica para la logística de mercaderías se usa para la logística de los conocimientos. No es idéntica, pero la estructura es equivalente.

Así como una cadena de distribución permite colocar un producto en el punto exacto donde se necesita, hoy es posible poner los mejores contenidos educativos del mundo disponibles en la nube para cualquier persona, en cualquier lugar. Un chico puede estar navegando en el Río de la Plata, prender el teléfono y tener el mismo acceso que si estuviera en el aula de una universidad.

Eso le da una potencia operacional fenomenal al sistema educativo. La infraestructura ya existe. El problema es que el sistema formal todavía no la dejó entrar.

¿Cuál es entonces la barrera que frena ese despliegue?

La regulación del sistema formal. Para que la tecnología pueda operar a escala y con calidad, necesita mercado suficiente. Y para tener mercado suficiente, el sistema formal tiene que desregularse y permitir que los nuevos modelos entren rápido.

Hay que construir programas de inteligencia artificial donde la prueba y el error vayan mejorando el contenido hasta hacerlo atractivo, personalizado, y que el propio alumno registre su avance. Como cuando pasás el pasaporte por migraciones: el sistema reconoce que aprobaste y seguís. Esa misma lógica aplicada al aprendizaje.

¿Y el idioma? ¿Sigue siendo una barrera en ese esquema global?

Hasta hace poco, sí. La lengua era una barrera insalvable para el acceso al conocimiento y al empleo. Hoy la tecnología está cambiando eso: cualquier teléfono puede traducir en tiempo real una conversación entre dos personas que hablan idiomas distintos.

Igual, el tema es complejo. Había 6.000 lenguas en el mundo y al final de este siglo van a quedar menos de 300 o 400. Hay lenguas dominantes que van ganando terreno. Para la investigación científica y la cultura histórica de la humanidad, es importante preservar la mayor cantidad posible. Pero como barrera de acceso al conocimiento, la tecnología ya está resolviendo ese problema.

¿Qué recomendarías a las familias y a quienes hoy están formándose?

Que se esfuercen por construir un aprendiz autónomo. En el período de los 6 a los 15 o 16 años, los chicos tienen que desarrollar la artesanía suficiente para poder buscar información en cualquier lugar del mundo y seguir aprendiendo solos por el resto de su vida.

Cada persona es distinta, y la tecnología va a poder personalizar cada vez más esos aprendizajes para que cada uno estudie más lo que le interesa. Un ciudadano del mundo, con herramientas para moverse en la casa común, como la llama el Papa Francisco: sin contaminación, en orden, con capacidad de adaptarse. Ese es el perfil que hay que construir.

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