Quién es el librero colombiano que fue amigo y mecenas de Gabriel García Márquez

En esta primera entrega de “Breve historia de los libreros bogotanos”, la historia de Álvaro Castillo Granada o, como lo apodó el Nobel de Literatura, “El librovejero”. Además, la misteriosa desaparición de su primera edición firmada de “Cien años de soledad”.

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Álvaro Castillo Granada.
Álvaro Castillo Granada. Foto: Radio Nacional de Colombia.

Una historia de los libreros en Colombia requeriría de un buen número de páginas, y quizá volúmenes enteros, para ser narrada, pues casi que desde los tiempos de la Nueva Granada el país ha alojado cientos de maravillosas librerías y otros espacios dedicados al fomento de la lectura y venta de libros, así como para la reunión de los intelectuales y líderes de la nación. Una cartografía a través de las distintas ciudades permitiría dilucidar la amplia tradición se ha tenido en este sentido. El ejercicio sería más que interesante, pero por ahora, un primer acercamiento, centrado específicamente en la capital del país, pueda darnos una dimensión más que extensa y nutrida.

Si de librerías en Bogotá hablamos la extensión no sería menor, por eso, para hacer un poco más corto y preciso el recorrido, desde Infobae Colombia proponemos una revisión más centrada en la historia, muy concreta, de algunos de los libreros más conocidos de la capital. Con ello pretendemos, no solo aportar a este pedazo de nuestra historia como bibliófilos y lectores, sino brindar una pieza de consulta para tiempos futuros. En últimas, cualquier ejercicio periodístico que se respete debería apuntar a eso.

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El primer turno de este especial, entonces, es para el librero colombiano más querido entre los intelectuales latinoamericanos, aquel al que escritores como Juan Gabriel Vásquez, Pilar Quintana o Jorge Franco encargan la búsqueda de ejemplares extraños; el mismo al que conocen todos los libreros en Cuba; ese que un día viajó a la Isla de Pascua para cumplir uno de sus sueños de niño; el apasionado lector de Pablo Neruda y Julio Cortázar; aquel que supo ser el mecenas de libros de Gabriel García Márquez, cada vez que el Nobel arribaba a Colombia, o cuando se encontraban en La Habana, en medio del Festival de Cine o por el simple azar de los días.

Álvaro Castillo Granada, apodado “librovejero” por el propio García Márquez, inició desde muy joven en el mundo de las librerías. Nació en Bucaramanga, el 21 de junio de 1969, pero pronto se estableció junto a su familia en Bogotá y comenzó a estudiar en el Colegio San Bartolomé La Merced. Tras su graduación, y siendo consciente que nada más en el mundo le interesaba más que los libros, ingresó a la Pontificia Universidad Javeriana para estudiar Literatura. Nunca culminó el pregrado, pues en el camino se retiró para dedicarse al oficio que siempre fue su vocación.

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Librovejero
Álvaro Castillo Granada en 1988. Foto tomada de: Facebook Álvaro Castillo Granada.

El 30 de noviembre de 1988, cuando ya no le quedaban hojas de vida para repartir, Castillo Granada, con apenas 19 años, luego de haber recorrido varias librerías con el ánimo de conseguir empleo (en la primera, le dijeron que sólo contrataban mujeres; en la segunda le dijeron que no les interesaba darle empleo a estudiantes), se pasó, casi resignado, por uno de los sitios que más le gustaban, una librería en la plazoleta del Centro Comercial Granahorrar (hoy Avenida Chile). Entró y se puso a mirar libros. De repente, se topó con los dos tomos de la edición de La vuelta al día en ochenta mundos, de Julio Cortázar, publicados por Siglo XXI. Los detalló un largo rato y reparó en que el precio que tenían no era el indicado.

El joven tomó otros ejemplares de la obra del argentino y encontró lo mismo. Los precios eran distintos a como los había visto en otras librerías. Entonces, se dirigió al hombre que atendía el lugar, un sujeto muy elegante, calvo, de bigote y con anteojos. Le comentó la situación y éste se puso furioso. Luego de discutir un rato, fue a la parte trasera del lugar y sacó un folder en el que se guardaban las remisiones que dejaban las editoriales. Lo abrió y revisó con cuidado. Se quedó mudo al confirmar lo que le había dicho el joven. El precio era más bajo.

Con acento uruguayo, el sujeto intentó dar alguna explicación y después regresó con su folder al sitio de donde lo había sacado. Castillo Granada siguió mirando libros y, tras unos minutos, una mujer se le acercó. Con acento paisa le preguntó qué hacía él, a qué se dedicaba. El joven le contestó que era estudiante de literatura y amaba leer más que nada. Ella le preguntó, entonces, si le interesaría trabajar en la librería durante la época navideña. Pletórico, el joven dio la respuesta más importante de su vida: “¡Claro!”.

Aquella mujer era la dueña. Gloria Moreno, se llamaba. Y esa, la librería de Enviado Especial Libros, que tenía como socio al periodista Germán Castro Caycedo, fue la primera en la que trabajó el librovejero, después lo haría en Norma Ramos Libros, cuya dueña era ella, justamente, Norma Ramos. En esos años conoció a una buena cantidad de escritores, entre ellos Nicolás Suescún y Álvaro Mutis, de quienes guarda gratos recuerdos.

Álvaro Castillo Granada y Álvaro Mutis
Álvaro Castillo Granada y Álvaro Mutis, en los años 80. Foto tomada de: Facebook Álvaro Castillo Granada.

Diez años después de aquel día, en 1998, junto a María Luisa Ortega, Claudia Cadena y Camilo Delgado, Castillo Granada abrió su propia librería, San Librario, a la altura de la calle 70 con carrera 12. Por esas puertas han cruzado todo tipo de lectores, buscando entre los libros viejos algún tesoro que les esté esperando, y ni hablar de los personajes que se han rendido ante la magia del santo de los libros, que busca y encuentra, y con el librovejero como su intérprete, entrega los libros correctos en los momentos correctos.

San Librario.
San Librario.

“Para mí, un librero es una persona a la cual le gusta mucho leer, le encanta leer y ser el puente entre los libros y los lectores. Un librero debe ser lector (…), tiene que estar informado, saber de qué tratan los libros o lo que dicen los autores, para poder brindar un buen servicio; un librero es un intento de mago, de realizador de sueños”, dijo alguna vez en una entrevista.

Y antes que librero, Castillo Granada es un gran lector. El libro que más lo ha deslumbrado, el que más atesora en su memoria es Confieso que he vivido (1974), de Pablo Neruda. Quizá de ahí viene su amplio amor por la poesía.

Se ha pasado la vida intentando descifrar las claves que yacen entre los libros, leyendo una y otra vez. Le tiene un especial cariño a la poesía cubana, a los escritores del Boom, y es siempre el primer lector de los escritores contemporáneos en Colombia. Está atento de casi todo, pero es nostálgico ante el hecho de que los escritores de hoy no son como los de antes.

Respecto a su relación con García Márquez, comenta que su tiempo con él, que fue poco y dilatado, fue un regalo que le dio la vida, “uno que jamás esperé ni en mis mejores sueños. Nunca se me habría ocurrido que pudiera no solamente conocerlo sino conversar con él, atenderlo, que supiera quién era yo, porque era evidente que yo sabía quién era él, y que me pusiera un apodo: el ‘librovejero’. Esa experiencia para mí fue uno de los regalos de la vida y uno de los tesoros con los cuales me voy a ir a la tumba”.

Gabriel García Márquez y Álvaro Castillo Granada.
Gabriel García Márquez y Álvaro Castillo Granada. Foto tomada de: Facebook Álvaro Castillo Granada.

Una vez, durante la edición de 2014 de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, Castillo Granada prestó su colección de primeras ediciones de los libros de García Márquez para ser exhibidos en el pabellón dedicado a Macondo. En aquella ocasión, el que correspondía a la magna obra del nacido en Aracataca desapareció y se montó un operativo por toda la ciudad para buscarlo.

El ejemplar de Cien años de soledad anduvo perdido unos días y luego apareció de repente, tan misteriosamente como se había ido. Después de eso, el librero decidió donar su colección a la Biblioteca Nacional de Colombia y allí reposan hoy las páginas que le había dedicado en su momento Gabo.

Dedicatoria de García Márquez a Castillo Granada en la primera edición de "Cien años de soledad".
Foto tomada de: Facebook Álvaro Castillo Granada.

Desde que se inició en todo esto han pasado 34 años y cada vez añade un nuevo episodio. Sus encuentros con el poeta José Luis Díaz Granados, las charlas con el mexicano Paco Ignacio Taibo II, los días junto a Dazra Novak, a la distancia, y los amores que van y vienen con tantos que lo quieren y lo buscan para seguir hablando de libros.

Durante este tiempo, el librovejero no sólo se ha dedicado a ser librero. También es editor, primero con su sello Ediciones San Librario y ahora con Isla de Libros, y escritor. Ha publicado una buena cantidad de libros de relatos, memorias y conversaciones en torno a la literatura y el mundo del libro.

Álvaro Castillo Granada
Álvaro Castillo Granada, 2017. Foto: Daniela Duarte Vargas.

“Álvaro Castillo no es un librero: es un médico de cabecera que trabaja de otra forma”, dice Juan Gabriel Vásquez en la contraportada de Un librero. Y es cierto. Todo aquel que necesita curarse del vicio incurable de leer, lo busca, como suplicando ayuda, pues solo él tiene los remedios que se necesitan, los santos óleos de todos los lectores.

De esta historia, la suya, es mucho lo que hay para decir. Prácticamente, a través de su testimonio es posible asistir a la historia de Colombia, contada desde las páginas de cientos de libros amarillentos. Este es apenas un vistazo. Y ojalá podamos ampliarlo.

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