
El primer Dying Light fue una agradable sorpresa por parte del estudio polaco Techland. Esa primer aventura, lanzada durante el 2015, mezcló mecánicas de parkour con una realidad dominada por un apocalipsis zombie y logró marcar un diferencial cuando parecía que los FPS de ese género ya habían envejecido. Las expectativas estaban muy altas para Dying Light 2: Stay Human y, aunque no del todo técnicamente refinado, respeta su fórmula ganadora.
Es cierto que para 2022, la narrativa de cualquier historia que involucre zombies no es algo nuevo. Pero la ciudad de Valledor dentro del Dying Light 2: Stay Human anima a los y las jugadoras a querer saltar, correr y rebotar por sus rincones todo el día. En este nuevo mundo, 22 años después de los sucesos del primer juego, la sociedad que queda está dividida en facciones y regiones entre las cuales se mueven los Peregrinos. Estas personas son quienes se animan a viajar por el mundo, resolver envíos y explorar las rutas repletas de infectados.

El personaje principal, Aiden, es un Peregrino que viaja a pie alrededor del mundo en busca de Mia, su hermana, de quien fue separado luego de estar internados en un campo de experimentación. Cuando ingresa a Villedor, tiene dos misiones: encontrar las pistas que lo lleven a su objetivo y evitar ser infectado. Muy pronto, el jugador se entera de que esos dos principios son desafiados y empiezan a traccionar una historia que agrega vida a la ciudad zombificada.
En el modo Single Player, el ciclo de tiempo que altera el día y la noche es lo suficientemente versátil para convivir con la idea de un open-world: la experiencia está abierta a que el usuario avance con la narrativa a su ritmo y que casi logre crear su propia historia gracias a las mecánicas simples que conducen las misiones secundarias.
La historia no es sustancialmente distinta a la del primer Dying Light, si se tiene en cuenta que el protagonista vive en un mundo postapocalíptico donde, además de los zombies, hay que tener cuidado y elegir dónde realmente residen las lealtades en las facciones de humanos.

Lo que definitivamente revoluciona la historia es la dinámica con el marcador biométrico. En Villador todos están contagiados, pero eso no significa que estén perdidos. Cada ciudadano tiene esta especie de reloj que les indica cuándo la infección tomará por completo su cuerpo y debe tomar medidas para retrasar el proceso. El peligro de convertirse del todo es más latente de noche, cuando las personas deben vivir debajo de una lámpara UV para frenar la enfermedad.
El marcador biométrico es clave para el diseño del juego y es lo que obliga a los jugadores a seguir las reglas impuestas por Dying Light 2 inclusive cuando no está siguiendo la misión principal. Muchos lugares y sectores solo se habilitan de noche, además que las recompensas son mucho mayores luego de que se pone el sol, pero el peligro de la infección inminente que lleva al game over empuja a los usuarios a planificar estrategias entre items, recorridos y bases que sirven de checkpoint.

Mientras que la historia no tiene mucha introducción ni misterio, la idea de mundo abierto a veces no coexiste perfectamente con el timing de los tutoriales e inclusive la misión principal. La posibilidad de armar el camino propio desincroniza los tips de mecánicas de movimiento o inclusive de utilización de items. Inclusive -aunque existen ánimos de seguir los pasos del jugador y guiños con algunas líneas de diálogo- parece que la historia principal tampoco percibe las idas y vueltas del Peregrino (por ejemplo, que a Aiden le dan la bienvenida varias veces en lugares que ya transitó e inclusive terminó por completar).

La experiencia tiene ciertos errores técnicos que pueden ser arreglados por simples parches (ya anunciados), como el audio desincronizado con la animación de charla, las transiciones cortadas y que no respetan las condiciones de juego en el momento que se activan. En un juego que se jacta de su definición gráfica de ambientes colosales, las texturas inmediatas al personaje tampoco están lo suficientemente bien logradas para apreciar un paisaje con detalles profundos.
Aun así, el mayor problema es el modelado del escenario y su compatibilidad con la mecánica de movimiento de parkour. Villador tiene una arquitectura clásica que se supone que debería interrumpir con la posibilidad de maniobrar, pero que los personajes pueden traspasar sin cumplir con la solidez de los objetos. Si bien parece un inconveniente menor, es un detalle clave en una dinámica que invita al protagonista a poner sus habilidades de movimiento al límite y pensar estratégicamente en sus siguientes pasos parkour.

De todas maneras, Dying Light 2: Stay Human cumple con una fórmula que no falla y su ritmo frenético garantiza la inmersión de los jugadores. Sus sistemas de crafteo, supervivencia, retos y misiones secundarias no son innovadoras, pero sí se sienten frescas con la adrenalina parkour. Techland ya anunció un parche del día 1 para aplicar más de mil retoques (que se sumarán a otros mil que se aplicaron en las últimas dos semanas), lo cual se siente como una garantía de perfeccionar una experiencia que no revoluciona, pero que es digna para que los jugadores se pierdan en su mundo y mitología.
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