
“Es una pérdida irreparable, inconmensurable. No hay palabras que calmen la ausencia”.
La expresión sentida, venida de lo hondo, surge de la boca de quien supo encarnar la voz de la Armada ante la sociedad durante los primeros días de la tragedia que conmovió a un país entero. Allí están los 26 días seguidos con conferencias de prensa en el Edificio Libertad, frente a las cámaras de todos los medios de comunicación, casi en cadena nacional, con la información que iba llegando y decodificándose en tiempo real, con familiares en la angustiosa espera de algún indicio en el mar que llevara al reencuentro con los suyos.
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Épocas de una convulsión generalizada, con una Marina enfrentando algo súbito y dando los primeros pasos hacia un camino de disrupción interna, con búsquedas apresuradas de un culpable en los despachos, mientras afuera, en un tormentoso océano atlántico, se desplegaba una operación de búsqueda y rescate sin igual, hasta con voluntarios embarcados con la inquieta esperanza de confirmar la sospecha primera: que todo era un problema de comunicaciones entre el submarino y su comando en tierra.
A los días llegó la “anomalía hidroacústica” de las 10:51, “consistente” con una implosión de un casco.
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Desde entonces: la tragedia, la cara de lo insondable. Un abismo de angustia para cada una de las familias. Un desgarro para todo el cuerpo naval.
Desde entonces el dolor abisal. Y el “misterio técnico”, tal como declaró un testigo ingeniero durante el juicio oral que tramita desde hace casi 2 meses en la ciudad de Río Gallegos, en manos del Tribunal Oral Federal de Santa Cruz.
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Si bien el proceso procura determinar si existieron responsabilidades penales en la cadena de comando operativo de la Armada, en virtud de la misión que llevó al San Juan a navegar su última patrulla, las 24 largas audiencias a la luz del público y de riguroso contenido técnico, van permitiendo inferir que, al final de todas las hipótesis que se barajan sobre lo ocurrido aquel 15 de noviembre de 2017, lo único que permanece es un gran misterio.
La tragedia está compuesta de incógnitas, que se muestran en el hecho de no saber qué ocurrió fehacientemente entre la última conexión del buque con el Comando de la Fuerza de Submarinos y su hora fatídica, registrada por sonares de entidades internacionales como la US NAVY y la CTBTO.
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Además del árido contenido de las audiencias, que vienen abordando saberes de ingeniería naval y conceptos de especialización química, mecánica, física y hasta estratégico-operativa, los cuatro jueces que forman parte del proceso judicial han escuchado una docena de testimonios que dieron cuenta de la experiencia subjetiva de un dolor colectivo.
Allí se podría inscribir el testimonio de unas casi tres horas que ofreció esta semana el contralmirante retirado Enrique Balbi, ex jefe de Prensa: el oficial submarinista a cargo de contestar preguntas en nombre de la Armada y de intentar bajar al llano las implicancias técnicas de una pérdida de contacto con un submarino, la apertura de un caso SARSUB, su cierre, y hasta la anomalía hidroacústica en el medio del Atlántico.
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“Voy a tratar de no quebrarme”, advirtió Balbi apenas comenzó a responder una pregunta del abogado Luis Tagliapietra, padre de uno de los oficiales que viajaban a bordo del submarino y que estaba haciendo sus primeras singladuras como alumno de esa Escuela de armas. Tagliapietra es querellante desde el principio de la causa, que se inició en Caleta Olivia bajo la dirección de la jueza Marta Yañez, a quien suele criticar por haber enviado un expediente a juicio sin concretar ninguna pericia técnica que pudiera analizar -de máxima- los restos del naufragio y -de mínima- las imágenes de éstos.
Aún así, antes del registro más emocional de la declaración, Tagliapietra mantuvo con el testigo un extenso intercambio sobre las decisiones adoptadas por la cadena de mando tras el envío del SITREP, ese reporte donde la tripulación dejó por escrito -el miércoles 15 de noviembre a las 6 de la mañana- un ingreso de agua de mar por el sistema de ventilación, un cortocircuito y un principio de incendio eléctrico en las baterías de proa.
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El querellante le preguntó puntualmente si, frente a ese escenario, el entonces comandante de la Fuerza de Submarinos (COFS), Claudio Villamide, apostado en Mar del Plata, debía haber convocado a su Estado Mayor para analizar la incidencia informada por su subordinado y comandante del buque, el capitán de de fragata Pedro Fernández.
“Ante una situación como la del SITREP y todo lo que sucedió entre el 14 y el 15 de noviembre, ¿el comandante de fuerza debe convocar a su Estado Mayor para asesoramiento y para tomar decisiones en función de lo que pudiera tener que resolverse? ¿O es potestad suya decidir si quiere hacerlo o no?”, planteó el padre del teniente de corbeta Alejandro Damián Tagliapietra.
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Balbi respondió que esa determinación quedaba librada exclusivamente al criterio del comandante. “Es potestad de él querer convocarlo o no; está en todo su derecho. Él considera si es necesario o no. Nadie lo obliga a convocarlo”, dijo.
Tagliapietra insistió entonces sobre el componente técnico de la avería reportada por la nave en medio de un temporal y preguntó si, tratándose de un problema eléctrico, no hubiese sido razonable convocar a un especialista para asesorar al comando de la fuerza.
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El ex vocero evaluó entonces que el cuadro informado durante las comunicaciones no justificaban necesariamente una convocatoria de esa índole. Según calculó, cuando se produjo la primera llamada satelital de las 23:42 del martes 14 de noviembre, donde el jefe de operaciones del San Juan habló con el jefe de operaciones en tierra -capitán Correa, hoy imputado-, el submarino ya había recuperado propulsión en “circuito dividido” -con la mitad de sus baterías activas-, navegaba en superficie para ventilar todo rastro de hidrógeno y avanzaba con un rumbo fijado para “correr el temporal”, es decir, para moverse a favor del viento y las olas y sufrir un menor desgaste en la tripulación y el material.

“En media hora o 45 minutos -después de la avería- ya estaba con propulsión, a rumbo 080° -dirección Este-Noreste-: eso da una tranquilidad bárbara”, explicó. Luego fue más allá y asentó su opinión profesional sobre cómo habría actuado él como COFS frente a esas circunstancias: “¿Para qué consultar a un consejo asesor o a un especialista? (...) Yo no lo hubiese convocado. Si -la embarcación- ya estaba en superficie y con propulsión...”.
Sobre el cierre de ese tramo, el contralmirante retirado aseguró que, con la información que él conoció acerca del incidente eléctrico en el tanque de baterías sector proa, habría actuado de igual forma que el comandante de la embarcación.
“Yo hubiese hecho exactamente lo mismo que el capitán Fernández: salir a superficie, ventilar, después cerrar escotilla, cargar aire; y si puedo ir a inmersión, voy a inmersión. Para que no se lastime nadie, no se rompa el submarino”, afirmó al ponderar el protocolo que siguió Fernández ante el incidente.
Luego volvió sobre el capitán del barco, a quien elogió y describió como “muy profesional y meticuloso”, rechazando también que la tripulación hubiera actuado de forma imprudente ante la emergencia a bordo.
“A los submarinistas nos gusta navegar bajo el mar, pero no somos temerarios y menos suicidas”, resaltó.
El tono del interrogatorio pasó poco después a una esfera más personal cuando Tagliapietra introdujo una pregunta respecto de los 44 tripulantes -11 oficiales y 33 suboficiales; 43 hombres y una mujer- a bordo del San Juan.
“Sé que conoció a muchos de los tripulantes, ¿qué nos puede decir de ellos como profesionales, como personas?”, planteó.
Balbi, vestido de civil en el medio de la sala de audiencias frente al estrado y a una cámara que transmite en vivo, hizo una breve pausa. Se tomó unos segundos de más, como advirtiendo su ingreso a una arena emocionalmente más comprometida aún.
Ahí comenzó: “Yo esto como vocero nunca lo pude hacer: nadie me preguntó cómo me sentía, cómo viví la experiencia. Ni quiero pensar los familiares, que llevan la mayor carga. Esta pérdida es inconmensurable, irreparable”.
A partir de ese momento el testigo abandonó por completo las cuestiones de interés técnico, operativo y reglamentario, y se dedicó a trazar con miramiento un relato íntimo sobre su vínculo con buena parte de la dotación del submarino San Juan, un buque de guerra en el que él mismo había navegado durante años.
“Primero que nada: era también mi submarino el San Juan. De los siete años embarcados, cinco fueron en el submarino”, expuso antes de mencionar que su padre también había sido submarinista.
Balbi repasó luego parte de su trayectoria dentro de esa Fuerza, donde llegó a acumular decenas de navegaciones y más de 34 mil millas bajo el mar. Pero aclaró que el aspecto profesional era apenas una dimensión de lo compartido con los 44 tripulantes.

“Conocía a la mayoría y no solamente a ellos: conocía a los familiares”, aseveró con voz grave.
Enseguida focalizó en el capitán de corbeta y segundo comandante del San Juan, Jorge Ignacio Bergallo, quien había sido su subordinado en el submarino ARA Salta cuando él comandó esa unidad naval en 2011. También recordó al propio comandante Fernández, al jefe de operaciones Fernando Villarreal y a varios suboficiales de la dotación, entre ellos Wagner, Gallardo, Vargas, Ibáñez y Real, con quienes compartió años de servicio y navegación.
“Compartimos un montón de singladuras bajo el mar, reuniones familiares, asados, reuniones sociales, partidos de fútbol, partidos de rugby inclusive con Bergallo. ¿Cómo no emocionarme?”, se preguntó el submarinista.
En otro pasaje de la audiencia el marino describió el detalle de cómo era la vida dentro de un cilindro hecho de acero: el encierro, la falta de privacidad, los olores permanentes a combustible e hidráulica, la iluminación artificial y el aislamiento total del exterior durante semanas. “Días si ver el sol”, ilustró.
“Es un ambiente confinado -enumeró Balbi-, encerrado, lejos del contacto con el exterior, espacio reducido, poca luz, blanca, artificial, olores raros, hidráulica, combustible; poca intimidad; muy incómodo”. Sin embargo, explicó que existía una fraternidad difícil de describir para quienes eligen navegar bajo el mar.
“Algo tiene que haber en esta fraternidad, en la camaradería de navegar bajo el agua”, reflexionó. Y agregó: “Yo creo que es el compromiso, disfrutar navegar bajo el mar, trabajar en equipo, desafío, aventura”.
El ex vocero habló del impacto emocional que le generó el papel que ocupó durante la búsqueda del submarino. Recordó que durante casi un mes encabezó conferencias de prensa bajo su rol como representante de la institución naval, con hasta cuatro intervenciones por día.
“Yo sufría todos los días cada vez que tenía que dar un parte, y hasta cuatro veces por día 26 días seguidos”, contó.

Luego evocó sus momentos de quiebre en privado y junto a su esquema de trabajo en la mesa de comunicación institucional de la Armada y sus propios subordinados en el Edificio Libertad, donde había “llegado a llorar en soledad y obviamente con los profesionales” de su equipo, como “mis subordinados del piso 14″, con quienes “hemos llorado en cada uno de los hitos de comunicación institucional más importantes”.
A su vez completó: “Cuando fue lo de la anomalía hidroacústica, o cuando finalizó la búsqueda operativa con nula capacidad de conseguir rescate de los tripulantes. Yo he llorado solo, con mi gente y mis subordinados, pero nunca lo pude hacer preguntado por nadie”.
También destacó al papá de Jorge Ignacio Bergallo, el capitán de navío retirado Jorge Rolando Bergallo, prestigioso submarinista dentro de la Fuerza, con quien recordó haber llorado en una conversación por teléfono durante los primeros días críticos. “Me acuerdo que yo lloraba y él no; el señor capitán Bergallo es una persona muy particular, muy especial”, expresó.
Antes de finalizar su testimonio en Río Gallegos, Balbi quiso honrar a los submarinistas y a todas sus familias: “Elevo mi pensamiento en patrulla eterna y respeto profesional y personal de los 44 tripulantes”, dijo.
Y remató: “No hay palabras que calmen, así como es una herida abierta para la Armada y los submarinistas en particular, ni quiero pensar para los familiares. Yo sé que es así... Es una pérdida irreparable, inconmensurable. No hay palabras que calmen la ausencia”.
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