Construyó una fortuna de 8.000 millones de dólares y la regaló: el hombre que creó los free shops y murió en un departamento alquilado

Charles Feeney no viajaba en primera clase, usaba relojes baratos y se desplazaba transporte público. Solo tenía un par de zapatos porque sabía que solo se podía usar un par a la vez. Había inventado el negocio de los duty free: vendía lujo pero no lo consumía. “¿Para qué quiero ser millonario?”, se preguntó y actuó en consecuencia. Se dedicó a desprenderse de su patrimonio porque decía que “morir rico es una desgracia”

Hombre de edad avanzada vistiendo saco oscuro, de pie en un salón junto a un sofá con cojines y una ventana
Charles Feeney fundó la empresa Duty Free Shoppers junto a su socio Robert Miller para comercializar productos libres de impuestos a los viajeros
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Corrían los años sesenta cuando a Charles “Chuck” Feeney se le ocurrió fundar la empresa Duty Free Shoppers Group, un negocio que rápidamente se convirtió en una cadena global de tiendas libres de impuestos que facturaba millones de dólares.

Sin embargo, el abrupto cambio en sus cuentas bancarias no impactó en la forma de vida de Chuck que siguió usando transporte público, alquilando propiedades para vivir y llevando un reloj de plástico en su muñeca. Su fortuna superó los 8000 millones de dólares y le molestaba. Años después decidió donarla de manera anónima a la educación, a la salud pública y a la ciencia. Esta es la historia del hombre creador de los free shops, las tentadoras tiendas que invitan a gastar cuando se viaja, mientras él mismo eligió el camino de la austeridad extrema.

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De la guerra a la universidad

El 23 de abril de 1931, en medio de La Gran Depresión, la crisis económica más profunda del siglo XX, Charles “Chuck” Francis Feeney asomó su cabeza en Elizabeth, Nueva Jersey, Estados Unidos.

Su familia, de ascendencia irlandesa, subsistía modestamente con los empleos de sus padres: Leo Feeney era vendedor de seguros y Madaline enfermera. Chuck era el hijo del medio, tenía una hermana mayor, Arlene, y una hermana menor, Ursula.

El colegio que eligieron sus padres para él fue el Santa María de la Asunción y se cree que fue, justamente, dentro de esas aulas que nació su vocación filantrópica. Todavía estudiaba en la secundaria cuando empezó a trabajar para ganarse unos dólares: quitaba nieve a palazos de los portales de las casas de familias adineradas, salía a las canchas de golf como caddie y vendía, puerta a puerta, tarjetas navideñas. Quería tener su propio dinero, no ser una carga. Además, le gustaba detectar oportunidades de negocio y enfrentar los desafíos.

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En 1948, con 17 años, se alistó en la Fuerza Aérea Norteamericana. Terminó viviendo dos años en el Japón de la posguerra. Se instaló en la base Ashiya, en Kyushu. Cuando comenzó la guerra de Corea, en junio de 1950, esa base comenzó a resultar estratégica porque desde allí partían los aviones hacia ese país. Chuck trabajaba para la inteligencia militar en tierra, era básicamente operador de radio. Estuvo dos años más hasta completar su período y regresó a los Estados Unidos.

Fue justamente su paso por la fuerza aérea lo que terminó siendo su pasaporte a la universidad. El estado ofrecía, a los veteranos que querían estudiar, ayuda económica a través de la ley federal G.I Bill. Chuck la utilizó para entrar en la Universidad de Cornell. Fue el primero de la familia en conseguir un título universitario.

Se recibió en Administración Hotelera en 1956. Mientras estudiaba, como no tenía suficiente dinero para la vida cotidiana, empezó a hacer sándwiches de mortadela para vender en el campus a otros alumnos. Eran muy baratos y volaban. El resto de los jóvenes comenzaron a llamarlo de manera simpática “The sandwich man” (El hombre del sandwich). ¿Cómo iban a pensar que ese chico de ojos de azul estridente, flaco y más bien bajo iba a ser multimillonario, un empresario de esos que dejan huella en el planeta? Imposible.

Tres hombres vestidos de traje conversan sentados en sillones de cuero en un salón con un gran ventanal al fondo
El filántropo Chuck Feeney creía que “morir rico es una desgracia” y obró en consecuencia

Buen ojo para los negocios

Su virtud era encontrar negocios donde los demás ni sospechaban que pudiera haber rédito. Tenía un ojo especial. Veía más lejos.

Terminados sus estudios en Cornell descubrió que la educación universitaria francesa era prácticamente gratuita. Decidió sacar provecho de ello y viajar a Europa para estudiar. Pasó un mes en París aprendiendo francés en la Sorbona. Cuando pasó ese tiempo todavía le quedaban cuatro mensualidades del G.I. Bill, de 110 dólares cada una. Se trasladó a Grenoble y se inscribió en un posgrado en Ciencias Políticas de la universidad local. Tenía una duración de ocho meses y era totalmente gratis. Estuvo desde septiembre de 1956 hasta abril de 1957. Sus otros gastos para mantenerse como alojamiento, transporte, libros y comida, eran mínimos: unos 15 dólares mensuales de esos tiempos. Pero él tenía un ahorro extra derivado de apuestas en el póker: 2000 dólares. Era más que suficiente para la época.

Mientras estudiaba también puso en práctica otras de sus ocurrencias. Una fue organizar un campamento playero de verano para los hijos de los militares norteamericanos. Tuvo éxito: se inscribieron 70 chicos. Eso hizo que tuviese que emplear a cuatro personas más para que lo ayudaran. Veía la necesidad, implementaba la solución y ganaba dinero. Era el principio que había empezado a regir su existencia.

Luego de esto y habiendo terminado sus estudios se le ocurrió otra idea. Podía aprovechar los regímenes aduaneros vigentes para vender productos importados, libres de impuestos, a los extranjeros. Se lo comentó a Robert W. Miller, quien se sumó a la iniciativa: venderían alcohol más barato a los marineros estadounidenses. Instrumentaron, entonces, una inteligencia comercial poco ortodoxa. Chuck aprovechó sus conocimientos de personajes en la marina y otros contactos locales en los puertos, incluso algunas prostitutas, para averiguar dónde y cuándo pararían los barcos de la flota norteamericana. La ofensiva comercial había comenzado. Cada vez que llegaba uno, ellos ya estaban preparados con la mercadería. La rompieron desde el primer día.

Chuck Feeney
Feeney exigió a sus hijos trabajar durante los recesos escolares con el objetivo de evitar que dependieran de la riqueza familiar

En París, Chuck había conocido a Danielle, una mujer francesa de origen franco-argelino, que estudiaba en la Sorbona. Mientras él desarrollaba sus habilidades empresariales, se pusieron de novios. En octubre de 1959, se casaron. Hicieron una ceremonia civil y otra religiosa. Chuck tenía 28 años, pero todavía no era dueño de ningún imperio millonario. Recién comenzaba. Con su socio comenzaron a sumar productos a su catálogo inicial de bebidas: agregaron alhajas, radios, cigarrillos, perfumes y autos. Había arrancado un motor de fabricar billetes imparable.

En 1960 Chuck y Miller decidieron darle más formalidad a su pequeña empresa: nació Duty Free Shoppers (DFS).

Fue por esa época que este hombre olió una oportunidad gigantesca en Hawái: los turistas japoneses viajaban cada vez más al exterior y su país se perfilaba como una potencia económica. Antes que nadie se dio cuenta de que los japoneses se volverían consumidores extraordinarios. Impulsó a que su empresa tendiera lazos hacia ese destino y, también, hacia Hong Kong.

Chuck ahora vivía sobre los aviones, desde Estados Unidos a Asia y desde allí a Europa. Mientras, Danielle iba criando a sus hijos: Caroleen, Diane, Juliette, Leslie y Patrick.

La empresa creció, en poco tiempo, en vertical: facturaba millones. Chuck no limitó el negocio a los aeropuertos: también abrieron locales a la calle donde los viajeros podían comprar y recibir sus productos antes de regresar a sus respectivos países. El lujo y la ausencia de impuestos era un cocktail que funcionaba como un reloj suizo. Para 1964 tenían 200 empleados repartidos en 27 países.

Chuck Feeney
El empresario transfirió la mayor parte de sus activos a la estructura The Atlantic Philanthropies en 1984 sin realizar anuncios públicos

Fue curioso, pero el dinero que entraba no cambiaba sus gustos. No se desesperó por gastar en autos importados, por viajar en primera clase en los aviones, por la ropa y la ostentación. Pretendía, sin decirlo, seguir viviendo como antes.

Los hijos de Chuck crecieron con su padre ya millonario. Vivían en casas importantes, pero Chuck se enfrentaba con sus propias convicciones y dilemas. Ahora era un hombre rico, pero no quería una flota de autos. Todo lo contrario. Se empezó a dar cuenta de que no quería legarle a sus hijos una fortuna que los volvería inútiles. Quería que supieran lo que era el trabajo y el esfuerzo, que las cosas cuestan y que lo que importa está más allá de los bienes materiales.

En un momento de sus vidas, la familia estuvo dividida entre Bermudas y Nueva York. Las tres hijas mayores, ya habían terminado el secundario, y vivían en un departamento en la Quinta Avenida de Manhattan, mientras los dos menores se quedaron con ellos en Bermudas. Los adolescentes iban al colegio y Chuck siempre había tenido una regla para sus hijos: había que trabajar de algo durante las vacaciones escolares. Patrick, por ejemplo, vendía helados. Sus hijas, en Nueva York, tenían un presupuesto ajustado que debían administrar. Y Chuck solía ser inflexible. Una anécdota que lo pinta de cuerpo entero. Las chicas y una amiga gastaron fortunas hablando por teléfono con sus novios que estaban en Europa. Las llamadas internacionales eran carísimas y llegó un cuentón imposible para ellas. Chuck simplemente arrancó la línea de teléfono fijo. Luego, compró un mapa de la ciudad de Nueva York y lo colgó en la pared. Allí marcó todos los teléfonos públicos que había cerca de donde vivían sus hijas. Dejó, pegadas al mapa con cinta adhesiva, muchas monedas de 10 centavos. Era una lección. Si querían hablar, tendrían que bajar a la calle. Como todos.

Sin embargo, Chuck no era un miserable. Dejaba que sus hijos invitaran montones de amigos cuando iban de vacaciones a Bermudas. Llegaron a recibir en su casa a dos docenas de adolescentes. Se armaban para ello dos habitaciones gigantes: una para los varones, otra para las mujeres. Era un padre exigente, particular y comprometido con la educación. Muchas veces se enfrascó con sus hijos en charlas sobre las metas, la solidaridad, la importancia del conocimiento. Incluso los llevaba de paseo a las bibliotecas públicas. Estaba obsesionado con grabarles a fuego el sentido de la responsabilidad. Nada la molestaba más que las generaciones de jóvenes malcriados e irresponsables.

Quería que fueran seres que lograran algo por sí mismos, no que vivieran de la herencia.

Chuck Feeney
Quería que supieran lo que era el trabajo y el esfuerzo, que las cosas cuestan y que lo que importa está más allá de los bienes materiales

Odio por el lujo

En el fondo Chuck odiaba el lujo del que vivía. Vendía lujo, pero no lo quería para él ni su familia. Sus amigos lo describieron como un hombre trabajador, reservado, inteligente y con muchísimo humor. Y, como ya dijimos, cero gastador en cosas superfluas.

Chuck vivía con una pregunta atragantada: ¿para qué quiero ser millonario? Estaba determinado con que tenía que haber “un balance en la vida. Entre el negocio, la familia, la oportunidad de aprender y de enseñar”.

En 1982 hizo su primera gran donación personal de dinero: le entregó siete millones de dólares a la Universidad de Cornell, la institución donde se había formado.

El 23 de noviembre de 1984, unos veinticuatro años después de haber fundado la empresa y momento en el que su emporio cotizaba entre 800 a 1000 millones de dólares, transfirió la mayor parte de su fortuna a una estructura filantrópica que sería luego bautizada como The Atlantic Philanthropies.

No lo anunció, no lo comentó. Solo se asesoró y lo llevó a cabo. No hubo titulares en los medios sobre él: era algo anónimo. Tenía 53 años y seguía acosado por el estigma de la riqueza.

El planeta lo creía todavía un hombre millonario, pero él ya había empezado a desprenderse de casi todo.

Su mujer no habría estado tan contenta con esta idea y por eso se habrían quedado con al menos parte del dinero. A ella le preocupaba el futuro de sus hijos.

Durante los años 80, Danielle y Chuck empezaron a llevar vidas distintas. Él estaba cada vez más absorbido por su filantropía. Se volvió más austero, rechazaba vivir al nivel que parecía exigir su fortuna. Danielle, en cambio, sí disfrutaba de la buena vida. Chuck seguía usando su reloj de plástico Casio de 10 dólares y, mientras su familia viajaba en primera, él lo hacía en clase económica. Defendía su postura: “Si el avión llega a la misma hora y al mismo lugar, no tiene sentido pagar más”.

Chuck Feeney
Terminó destinando más de 8000 millones de dólares a universidades, hospitales, investigaciones médicas y proyectos sociales a lo ancho del mundo

Tampoco quería tener más autos, vendió la limousine y siguió moviéndose en transporte público o en taxi. Si bien tenía varias casas empezó a preferir alquilar propiedades a comprarlas. Usaba anteojos baratos, comprados en la farmacia. Si se rompían no los tiraba y adquiría nuevos, los hacía arreglar. Llevaba sus documentos y papeles en bolsas de plástico. ¿Maletín de cuero? No era necesario. Cuando comían fuera, pedía el vino de la casa o el más barato del menú.

Danielle no comprendía esta negación al disfrute, esa especie de amarretismo en alza.

Chuck no era tacaño con los demás. Hacía buenos regalos y, muchas veces, pagaba la cuenta de todos los sentados a la mesa. Era un tema profundamente personal. De hecho, llegó a tener un solo par de zapatos en su placard. Repetía como un mantra: “¡Solo se puede usar un par de zapatos a la vez!”. Para qué se quería más.

Estaba clarísimo: Danielle y él ahora concebían la vida de maneras opuestas. Cada vez se alejaban más.

Finalmente, en octubre de 1990, Chuck y Danielle se divorciaron después de treinta y un años de matrimonio.

Con los abogados, acordaron que la esposa y los hijos se quedarían con las casas y el dinero necesario para solventar los gastos familiares, la educación y la salud. Según Los Angeles Times, a Danielle y sus hijos les quedaron unos 100 millones de dólares con el acuerdo de divorcio. Según Forbes el monto del acuerdo que se repartieron sumaba 140 millones. En todo caso cifras lejanísimas de los miles de millones acumulados.

Sus hijos quedaron un poco desconcertados con lo que hacía su padre. El abogado encargado de todo el asunto, Harvey Dale, les explicó personalmente lo que estaba haciendo Chuck y lo que implicaba la caridad.

Chuck les dejó claro que siempre había temido que el dinero fuera una pésima influencia para ellos, que ellos crecieran con sensación de ser unos privilegiados y que se sintieran con derechos adquiridos. Odiaba la idea de que la próxima generación viviera de la fortuna familiar sin hacer nada por el mundo.

Chuck Feeney
Los magnates Bill Gates y Warren Buffett consideraron la trayectoria de Feeney como un modelo para impulsar la iniciativa The Giving Pledge

Nuevo casamiento

En 1995 Chuck, con 64 años, volvió a casarse en una ceremonia privada en Bermuda. Ya hacía tiempo que salía con su ex secretaria personal desde los años 60, la alemana Helga Flaiz. Antes de que fueran pareja, ella se había ocupado de una de las empresas del grupo empresario, en Frankfurt, dedicada a vender autos libres de impuestos.

Se cree que la prolongada relación laboral entre ellos, de décadas, habría determinado la ruptura de Chuck y Danielle. A pesar de esto, la relación de la familia no se alteró demasiado. Y sus hijos tuvieron todos algún papel en sus organizaciones filantrópicas.

Helga fue la compañera que escogió para esta etapa de despojo absoluto. Alguien que había trabajado codo a codo con él, con la que habían viajado mucho y que compartía sus convicciones. No fue un romance clandestino, fue una relación que cambió de estado una vez que su matrimonio ya estaba desmoronado.

La idea crucial de Chuck era generar instituciones que se ocuparan de ayudar a la gente. En educación contribuyó con las universidades y en otorgar becas de acceso a estudios; en salud colaboró con hospitales, investigación médica y sistemas de salud para poblaciones con carencias. También ayudó para la paz y la reconciliación en Irlanda del Norte; para las comunidades postergadas de Sudáfrica, Vietnam, Irlanda, Australia o Estados Unidos. No quería solo repartir dinero, quería producir cambios reales, de infraestructura, algo que generara un efecto multiplicador en el tiempo.

Un hombre en silla de ruedas posa al frente con una mujer detrás y tres hombres de traje que sostienen vasos
El 9 de octubre de 2023, a los 92 años, Chuck murió en su departamento alquilado de San Francisco donde vivía con su mujer Helga

La desgracia de morir rico

Fue en 1996 que Chuck y su socio terminaron de vender su participación en la empresa de 58,8 % a la compañía LVMH (Louis Vuitton Moët Hennessy). La operación fue por 2470 millones de dólares. A Chuck le tocaron unos 1630 millones de dólares. Pero resulta que ese dinero no era para él, porque ya no era el dueño de esas acciones, había transferido todo a The Atlantic Philanthropies.

Fue por esta venta que el secreto de quién era aquel benefactor de la humanidad quedó revelado. En enero de 1997, el prestigioso The New York Times, lo escribió en sus páginas. Era un notición.

A estas alturas Chuck ya no tenía casa propia, vivía en un departamento alquilado. Podía ir a comer en un lugar caro, pero también engullir una hamburguesa por la calle. Tampoco se compraba ropa.

No era una pose. Era una necesidad imperiosa de desprenderse de las cosas.

Si hacemos cálculos, él terminó destinando más de 8000 millones de dólares a universidades, hospitales, investigaciones médicas y proyectos sociales a lo ancho del mundo.

Para esta época de su vida sus hijas Diane y Leslie ya vivían en Londres, Patrick en Bruselas, Caroleen en Los Ángeles y Juliette en París. La familia era ciudadana del planeta. ¿Qué hubieran pensado los padres de Chuck, su madre enfermera y su padre vendedor de seguros? Murieron antes de ver todo lo logrado por su hijo. La clásica búsqueda de aprobación de los padres podría haber sido el motor silencioso de los sueños de Chuck. Quién lo sabe.

En septiembre de 2020 Atlantic Philanthropies anunció que ya había terminado de distribuir todo su patrimonio. Se había cumplido el objetivo de Chuck: “Dar en vida”. Festejó con Helga en el departamento que compartían comiendo sándwiches de queso a la parrilla. No tenía en ese momento ninguna propiedad a su nombre, no tenía auto, pero en su cuenta bancaria había dejado dos millones de dólares. Más que suficiente para cubrir la sencilla vida de él y de Helga y sus gastos médicos.

El 9 de octubre de 2023, a los 92 años, Chuck murió en su departamento alquilado de San Francisco donde vivía con su mujer Helga: una vivienda modesta de dos habitaciones en un complejo que él mismo había ayudado a desarrollar. Chuck Feeney creía que “morir rico es una desgracia” y actuó en consecuencia.

El funeral se realizó, a pedido de él, en Dublín, Irlanda. Quería volver a sus orígenes. Patrick fue quien se ocupó de llevar sus cenizas durante la ceremonia y Leslie fue la elegida para hablar en nombre de todos. Dijo emocionada que su padre había dejado el mundo mucho mejor de lo que lo había encontrado.

Lo sobrevivían su mujer, su ex, sus cinco hijos y 16 nietos.

Su influencia alcanzó a otros magnates millonarios. Bill Gates y Warren Buffett lo conocieron bastante y mantuvieron con él largas charlas sobre la caridad, la educación y la formación de los hijos.

Gates reveló que Chuck fue como un guía para su propia vida. Buffett, por su lado, sostuvo que Chuck era su héroe. Gates y Buffett terminaron creando, en 2010, The Giving Pledge: una iniciativa para que los millonarios del mundo se comprometan moralmente y públicamente a donar la mayor parte de su fortuna en vida, o incluso luego de su muerte, para causas filantrópicas. Entre los que aceptaron participar en esto figuran Mark Zuckerberg (Meta/Facebook), Michael Bloomberg (Bloomberg y ex alcalde de Nueva York), Sam Altman (Open AI) y Brian Chesky (Airbnb).

El dinero es papel de colores y no convierte en villano a nadie. Es quien lo maneja el que puede inclinar la balanza hacia el mejor o peor de los mundos.

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