De Dorothy Lawrence a Denis Smith: la periodista que quería cubrir la Primera Guerra y no iba a dejar que su género se lo impidiera

Decidida a convertirse en corresponsal y a contar lo que sucedía en el frente de batalla, ante la negativa de los medios ingleses y parisinos de enviarla a trabajar al conflicto, la reportera británica se hizo pasar por un soldado y se infiltró entre las tropas de su país. Los “cómplices caqui” que la ayudaron a lograrlo, el impacto del combate en su salud y lo que ocurrió cuando mostró su verdadera identidad a las autoridades

Dos fotografías en blanco y negro: a la izquierda, una mujer con velo y collar; a la derecha, un soldado con uniforme y gorra.
De Dorothy Lawrence (izquierda) a Denis Smith (derecha): la periodista que se hizo pasar por un soldado para cubrir la Primera Guerra Mundial
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Quizás lo que más sorprendió a los dos soldados del Ejército británico aquella tarde caliente de 1915 es que ella se acercara. La Primera Guerra Mundial sacudía Europa, ellos conversaban sobre las cosas que extrañan los soldados cuando están en el frente y más allá del bar en el que estaban, los rodeaba París. Era París, pero era la guerra.

Dorothy Lawrence, una periodista británica, los vio y los oyó: ellos podrían ayudarla. Debía intentarlo. Había llegado a la ciudad poco antes, desde Senils, donde ignoró las sugerencias de la policía francesa que la detuvo antes de que pudiera llegar al frente de batalla, cerca de Bélgica: “Vuélvase a su casa”.

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Sobre cómo los abordó hay versiones. La mayoría de ellas no da detalles. Solo indica que “se hizo amiga”, “entró en contacto”, “les pidió ayuda”. Otras plantean una escena de más alto voltaje. Cuentan que Lawrence oyó a los soldados conversar sobre la situación en el frente y se acercó fingiendo una inocencia que ocultaba sus intenciones —que pronto confesaría—. E hizo aquello para lo que entrenaban a las mujeres en esa y en varias épocas: complacerlos. Les elogió el acento, se rió mucho de sus chistes y, con piernas cruzadas, mostrándose como toda una damita inglesa, les inventó una excusa sobre por qué estaba ahí, en esa ciudad tan cercana al combate. Dijo estar visitando a unas primas y encontrarse perdida. Si le creyeron o no, solo ellos supieron. La clave de esta versión es que los tres tomaron vino y se fueron juntos. Y que ella amaneció semidesnuda y feliz en un campamento militar. Una damita inglesa que quería ir a la guerra.

Entonces les dijo lo que buscaba. Necesitaba hacerse pasar por un soldado para infiltrarse entre las tropas: quería contar la guerra desde adentro. Hacerlo de esa forma no había sido su primera alternativa, pero al ofrecerse de corresponsal ante diversos medios y ser rechazada por todos por el hecho de ser mujer, supo que esa, infiltrarse, sería la única posible.

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Habiendo dormido con ellos o solo conversado largo rato, como fuera que haya sucedido, cuando tuvo confianza les pidió ayuda: que le prestaran un uniforme y le enseñaran a verse como militar. Sus nuevos amigos le explicaron que podían conseguirle de a una pieza por vez. Y le dieron un par de botas.

Lawrence se ocultó en el campamento mientras ellos —a los que en sus memorias sobre esa aventura llamaría “los cómplices caquis”— le conseguían las piezas que le faltaban, le enseñaban a marchar y a parecer soldado. Unos diez hombres terminarían por ayudarla en su proeza y guardando su secreto. Cuando tuvo el equipamiento completo (chaqueta con insignia, gorra, pantalón, camisa y las botas), se fajó los pechos, se rellenó el saco con algodón a la altura de los hombros para que se vieran más anchos y se oscureció la piel. Sobre eso las versiones —quizás consecuencia de diferentes traducciones— también difieren. La mayoría dice que para adquirir un tono más curtido usó un producto que se usaba para pulir muebles, o un desinfectante; otras que se rasuró las mejillas con la esperanza de que la irritación que eso le causara pasara por las erupciones y rosáceas típicas del afeitado diario, y que luego se untó una pomada para lustrar zapatos. Lo cierto es que se las ingenió, y quizás también se lastimó, para que su apariencia masculina fuera lo más cercana a una real que pudiera conseguir. Al terminar su transformación le agradeció mucho a los soldados, se desearon buena suerte y hasta luego y se largó del campamento rumbo a la estación de tren para avanzar hacia las primeras líneas de combate. Ya no era Dorothy Lawrence, ahora era Denis Smith, cabo del Primer Batallón del Regimiento de Leicestershire.

Pero algo faltaba: su cabello largo asomaba escondido desde dentro de la gorra militar.

Mientras esperaba el tren puso a prueba su apariencia: impostando una voz más grave, comenzó a conversar con un militar escocés de nombre Edwin. A los pocos minutos, y riéndose por las voces que le había oído practicar, él le dijo que podía relajarse, que ya había advertido que no era un soldado. Ella terminó por confesarle que era una periodista intentando contar los horrores de la guerra. Que ningún editor la había tomado en serio porque era mujer y que estaba dispuesta a ser un hombre y un soldado para hacerlo, si era su única opción.

Su nuevo colega le dijo que su problema era el pelo: los mechones que se le escapaban de la gorra la habían delatado. Le ofreció cortárselo. Ella aceptó.

Lo que sucedió a continuación recuerda la escena más popular de la película creada por Disney, Mulán. La única de sus princesas (al menos en el momento en que salió, a fines de los noventa) que no esperaba a un príncipe que la salvara; la única protagonista que, de hecho, no era ni se convertiría en princesa. Mulán era una mujer valiente, dispuesta a luchar en el lugar de su padre, ya mayor, para defender a China del ejército de los Hunos, para lo que se hacía pasar por un soldado. Toda China termina sobre sus hombros. El momento en el que se corta su largo y lacio pelo negro con una espada para infiltrarse entre los soldados y defender el honor de su familia, es de gran carga simbólica. La historia de Mulán —inspirada en un poema real que hablaba de una mujer que se disfrazaba de guerrero para salvar a su padre de ir a la guerra, sirviendo con honores en el ejército sin que nadie descubriera su género— y la de Lawrence tienen muchos puntos en común.

La periodista y el soldado, entonces, fueron juntos al baño de la estación y, con un cortaplumas, el escocés le cortó todo el pelo, excepto dos centímetros que señoreaban en la tapa del cráneo. Costados, al ras; nuca, al ras. Cuando se vio en el espejo ya no solo decía ser Denis Smith, se sentía como Denis Smith.

Retrato en blanco y negro de una mujer joven sonriente con el cabello corto ondulado y una camisa clara con cuello
Desde muy joven Dorothy Lawrence sabía que quería ser periodista. Pero había nacido mujer en un mundo de hombres, en el que todavía ese oficio era una opción reservada, en su mayoría, para ellos. Eso no la detendría: si para ejercer la profesión que deseaba había que ser varón, varón sería

Cuando el deseo de informar y contar historias es una fuerza ingobernable

Hay vocaciones que se comportan como una pulsión irrefrenable. Metas que, sin demasiada lógica, irrumpen dentro, crecen y comienzan a trepar como una hiedra tomándolo todo. Cooptando el espíritu de tal forma que solo hay un solo camino posible: oírlas.

Eso sentía Dorothy Lawrence por el periodismo.

Pero había nacido mujer en un mundo de hombres. Un mundo en el que todavía ser periodista era una opción reservada a los hombres.

Hija de Mary Jane Beddall y Thomas Hartshorn Lawrence, que le había dado el apellido pero no estaba casado con su madre sino con otra mujer, Dorothy Lawrence nació el 4 de octubre de 1896, en Hendon, Reino Unido. Al poco tiempo su madre y ella se mudaron a Londres. Beddall alquiló una habitación en una lodging house a las afueras de la ciudad: una suerte de hostel o casa comunitaria donde encontraban techo y una red. Allí vivían personas de las clases trabajadoras, las que ocupaban los peldaños medios bajos y bajos de la sociedad, y los inmigrantes nuevos en el suelo inglés del 1900. Dorothy Lawrence creció una infancia feliz, jugando con otros niños y niñas de la casona, haciendo tareas escolares, yendo al parque con su madre a ver los carruajes y las damas pasar.

Hasta que en 1909, cuando tenía trece años, su madre enfermó de viruela. Luego

perdió la vista y una mañana ya no amaneció. Dorothy Lawrence quedó bajo la custodia de una amiga de su madre que vivía en la misma casa, Anne, que la cuidaba y criaba junto a sus hijos. Pero con el transcurso del tiempo no pudo seguir haciéndose cargo de ella y la llevó a una iglesia en la que era amiga del sacerdote, el padre Sean, que le prometió que la cuidaría como si fuera su sobrina y que podrían visitarse. Cumplió su palabra solo unos pocos meses: luego comenzó a prohibirle a Anne y a sus hijos ver a Lawrence. Cuando ella cumplió 15 la envió a vivir a Salisbury, donde fue adoptada por una mujer rica que no había podido tener hijos y, después de quedar viuda, se dedicaba a criar y educar chicas jóvenes. Así Lawrence comenzó a asistir a una escuela privada para niñas en la que sobresalía en lengua y literatura.

Desde pequeña ella tenía claro qué deseaba hacer: disfrutaba de escribir y contar historias, quería ser periodista. Jamás se imaginó que ese deseo terminaría por encontrarla vestida de soldado, en el frente de batalla de una gran guerra, cavando túneles con la unidad a la que fingía pertenecer.

Al cumplir la mayoría de edad, dejó la casa adoptiva y se reencontró con la antigua amiga de su madre y su antigua tutora, Anne. Los hijos de ella, aquellos niños con los que había crecido, trabajaban en diferentes oficios y uno de los mayores tenía un amigo que tenía un puesto en una revista literaria que publicaba diversos géneros de texto. Cuando Lawrence le dijo que quería ser periodista, él le dijo que los presentaría. Se conocieron y el editor la invitó a pasar por la revista para pensar juntos una posible colaboración. Dorothy Lawrence no había podido cursar estudios universitarios y, aún así, llegó a colaborar para el periódico The Times. Comenzó con una condición impuesta: que escribiera de forma remota, desde su casa o algún otro sitio, pero que no fuera a la redacción porque su presencia podía desconcentrar a los periodistas varones. Es decir: los verdaderos periodistas.

Josephine, la mujer que la había adoptado y le había ofrecido buena educación, le envió el dinero para que se comprara una máquina de escribir y empezara con su carrera. Una máquina propia era todo lo que ella necesitaba.

Una mujer con sombrero y abrigo camina tomada de los brazos por un hombre con traje y un policía uniformado
Gracias a la ayuda de diferentes soldados (sus "cómplices caqui"), Lawrence consiguió ataviarse con el uniforme reglamentario y hacerse pasar por uno de ellos para llegar al frente de combate y vivir la guerra desde dentro

Días de guerra

Cuando la guerra estalló, en 1914, Dorothy Lawrence sintió ese estallido en su interior. La efervescencia que le impedía ser una espectadora pasiva. El mundo estaba convulsionado y ella quería verlo de cerca para narrar lo que sucedía allí, en la primera línea de enfrentamiento. Estaba decidida a convertirse en corresponsal. Comenzó a tocar las puertas de diarios y revistas para ofrecerse como enviada. Los editores pensaban que había enloquecido. Ninguno estaba dispuesto a enviar a una mujer al frente.

También intentó llegar vía el Voluntary Aid Detachment (Destacamento de Ayuda Voluntaria), una entidad integrada principalmente por mujeres que se alistaban como voluntarias para atender y propinar cuidados de enfermería a los soldados. Pero se dio cuenta que de esa forma no llegaría al frente de batalla. Entonces decidió emprender viaje por sus propios medios.

Cuando llegó a la ciudad francesa de Senlis no tenía ni trabajo, ni dinero, ni un medio atrás que la respaldara. Tenía una determinación indómita por contar la guerra de cerca. Allí fue cuando fue detenida por la policía que le sugirió amablemente que se volviera a su país. Y ella, probablemente después de responder igual de amablemente que con gusto se iría, siguió a París, entró a un bar y vio a los dos soldados británicos. Allí ideó un nuevo plan: si para ir a la guerra había que ser varón, varón sería.

Después de transformarse en Denis Smith recorrió kilómetros en bicicleta rumbo al frente de batalla. Pasó noches en edificios derruidos por los bombardeos, se olcutó en campos de maíz o entre los caminos. Hasta que llegó a Albert, un sitio cerca de la frontera con Bélgica vedado, por el peligro, incluso a los corresponsales de guerra enviados oficialmente. Pero Dorothy Lawrence estaba destinada a conocer personas que cooperaran con su causa. Ahí se cruzó con el exminero Tom Dunn. Sola y sin saber cómo seguir, le contó quién era y qué buscaba. Dunn quiso ayudar: guardó su secreto y le consiguió un puesto en la 51º División de la Compañía Tuneladora de Ingenieros Reales. También le advirtió que correría peligro. No solo el de la artillería de combate sino el del resto de los hombres que, de descubrirla, podrían someterla. Él se ofreció a protegerla: le buscó refugio en una cabaña abandonada para que ella pudiera descansar y ocultar su cuerpo y su identidad.

Lo había logrado. Había pasado diez días en el frente de batalla, bajo fuego incesante. Dormía en un colchón mojado y sucio, comía lo que quedaba de las raciones que Dunn podía llevarle, excavaba túneles y minaba la tierra.

Luego de ese tiempo su salud empezó a deteriorarse. Se le presentaban dolores intensos por afecciones reumáticas y comenzó a sufrir desmayos. Sabía que si iba a un hospital la descubrirían irremediablemente y eso traería consecuencias para los soldados que la habían ayudado. Entendió que había llegado hasta ahí y se entregó a las autoridades.

Cuando supo de ella, la cúpula militar quedó pasmada: no entendía cómo una mujer se había infiltrado en sus filas. Primero sospecharon: temían que pudiera tratarse de una espía. La arrestaron y la sometieron casi a un consejo de guerra presidido por tres generales, quienes después de interrogarla la encerraron en un convento hasta que pudiera ser trasladada de regreso a Inglaterra. Lo que querían era impedir que se corriera la voz y que más mujeres intentaran hacer lo mismo.

Dos semanas después la deportaron a Gran Bretaña. Antes, fue obligada a firmar un acuerdo de confidencialidad: no podía contarle a nadie lo que había visto y oído, ni lo que había vivido. No podía hacer exactamente lo que había valido semanas de esfuerzo y padecimientos. No podía escribir sobre su experiencia.

Fotografía en sepia del rostro de una mujer sonriente con cabello corto ondulado
Luego de pasar diez días en el frente de batalla, bajo fuego incesante, su salud empezó a deteriorarse. Entendió que había llegado hasta ahí y se entregó a las autoridades que, al ver a una mujer en sus filas, quedaron pasmadas

Acusada de falsas denuncias

Del mismo modo en que no había obedecido las reglas que le imponían los varones (el cura, los editores, los policías), de regreso en Londres, Dorothy Lawrence ignoró el pacto de confidencialidad, escribió sobre su experiencia en la Gran Guerra y lo publicó en una revista.

Los altos mandos militares la sacaron de circulación. También la obligaron a destrozar el primer borrador de su libro, Sapper Dorothy Lawrence: The only english woman soldier Late Royal Engineers, Fifty-First Division 179th Tunneling Company (Zapadora Dorothy Lawrence: la única mujer soldado inglesa; perteneció al Cuerpo de Ingenieros Reales, 51.ª División, 179.ª Compañía de Zapadores Minadores), la amenazaron con volver a llevarla a prisión. La periodista entendió que hablaban en serio y que, esta vez, no podría evadirse.

La activista y política británica, Emmeline Pankhurst —líder del movimiento sufragista que ayudó a las mujeres de Gran Bretaña a conquistar el derecho a votar—, al saber su historia, le ofreció contarla públicamente. Pero, aunque era todo lo que deseaba, se negó.

Una vez terminada la guerra, en 1919, logró publicar el libro con sus memorias sobre esa experiencia; pero en medio de un mundo devastado, que solo quería dejar atrás aquellos días y renacer, el texto que narraba los horrores de la batalla era pasado por alto en los escaparates de las librerías. Luego fue censurado por el Ministerio de la Guerra. Aunque el conflicto hubiera terminado, que a la gran maquinaria bélica, núcleo duro de todo lo que representaba entonces la masculinidad y su prepotencia, se le hubiese infiltrado una periodista veinteañera, seguiría siendo, para ellos, una vergüenza.

Antes de cumplir los 30 años Dorothy Lawrence denunció por abuso sexual al sacerdote que la había cuidado en su adolescencia. Y también fue ignorada. Aún peor, pusieron su relato en su contra: dijeron que eran fantasías propias de alguien con padecimientos mentales, el mismo motivo, aseguraban con sapiencia, por el que no se había casado ni tenido hijos. Aquello sirvió de pretexto para que la encerraran en un manicomio.

Allí quedó por casi cuatro décadas, hasta su muerte en 1964. Encerrada ella, su deseo de contar el mundo y su verdad.

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