La primera proyección comercial de la historia: cómo los hermanos Lumière inventaron el entretenimiento masivo

Diez cortometrajes, 20 minutos y un salón alquilado en París bastaron para que, en diciembre de 1895, Auguste y Louis pusieran en marcha una revolución del ocio que transformaría las ciudades de todo el mundo

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Interior de sala de cine con público sentado frente a pantalla blanca. Un proyector antiguo emite un haz de luz hacia la pantalla. Sala oscura.
La primera proyección comercial de la historia del cine se realizó el 28 de diciembre de 1895 en el Grand Café de París con diez películas breves de los hermanos Lumière (Imagen Ilustrativa Infobae)

El 28 de diciembre de 1895, en un salón alquilado del Grand Café de París, los hermanos Lumière ofrecieron la primera proyección comercial de la historia del cine: diez películas breves, de no más de un minuto cada una, ante un público. Según recogió National Geographic, aquella función de 20 minutos inauguró un modelo de entretenimiento masivo.

La presentación no fue instantáneamente un triunfo. El boca a boca obró su efecto con rapidez y, pocas semanas después, las primeras colas se extendían frente al local.

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Auguste y Louis Lumière ya habían exhibido su invento meses antes ante un grupo de científicos en París y Bruselas, con la proyección de Trabajadores saliendo de la fábrica Lumière, pero fue esa función de diciembre la que marcó el inicio de la explotación comercial del cinematógrafo.

Un nuevo espectáculo para las masas

El éxito empujó a los Lumière a construir una red de distribución internacional. La empresa formó equipos de operadores que viajaron por el mundo con una doble misión: filmar nuevas imágenes de cada lugar y ofrecer funciones al público local.

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Al principio, el negocio apuntaba a las clases pudientes: los operadores alquilaban el sótano de algún hotel y proyectaban una mezcla de films locales y el grueso del catálogo de la empresa.

Larga fila de hombres y mujeres con vestimenta de finales del siglo XIX. Se ven faroles a gas, carruajes y la fachada del Grand Café.
La función de 20 minutos de los hermanos Lumière inauguró la explotación comercial del cinematógrafo y abrió un modelo de entretenimiento masivo, según National Geographic (Imagen Ilustrativa Infobae)

El cine llegó a España el 15 de mayo de 1896, cuando Alexandre Promio organizó una sesión en el hotel Rusia de Madrid, frente a las Cortes. Luego filmó una panorámica del puerto de Barcelona, pero la primera función en esa ciudad fue el 10 de diciembre en los estudios fotográficos Napoleón, con recaudación para soldados heridos en Cuba y Filipinas, según National Geographic.

Mientras las élites disfrutaban de proyecciones en hoteles, las barracas de feria acercaban el cine a los sectores populares, donde convivía con la mujer barbuda y el lanzador de cuchillos. Eran soluciones provisionales que pronto darían paso a espacios permanentes.

De las barracas al palacio

Los Lumière construyeron su primera sala estable en Lyon en 1896 y adaptaron otros tres locales en París. Pero fue en Estados Unidos donde nació el primer sistema de salas pensado para la mayoría de la población.

A partir de 1905 proliferaron los Nickelodeon, cuyo nombre combinaba el precio de la entrada —la moneda de cinco centavos, el nickel— con el término griego odeón. Se trataba de espacios habilitados en la parte delantera de locales comerciales, con aforos que no superaban las 200 personas, aunque pronto surgieron recintos capaces de albergar hasta un millar de espectadores.

Dos hombres con traje oscuro, camisa blanca y bigote, uno de ellos con gafas redondas, se sientan de perfil mirando a la derecha
El éxito del cinematógrafo impulsó a los Lumière a crear una red de distribución internacional con operadores que filmaban imágenes locales y ofrecían funciones en distintos países

Aquellas primeras salas contaban con una gran pantalla, un piano que enmascaraba el ruido mecánico del proyector y algunas hileras de sillas de madera. Su expansión fue rápida: en apenas unos años se contaban por decenas en las grandes ciudades norteamericanas.

La arquitectura también respondió al fenómeno. En las primeras décadas del siglo XX, los llamados palacios del cine se convirtieron en hitos del paisaje urbano, con estilos que iban del arte nuevo a pastiches exóticos inspirados en el antiguo Egipto o los templos griegos.

Figuras de las vanguardias dejaron su huella: Le Corbusier diseñó en 1916 el cine La Scala en Les Chaux-de-Fonds (Suiza); Robert Mallet-Stevens levantó en 1919 el Cine 37 de París; y en 1926, el holandés Theo van Doesburg, profesor de la Bauhaus, decoró con pintura abstracta el ciné-dancing de L’Aubette en Estrasburgo.

La fascinación del público y sus resistencias

Los espectadores quedaron atrapados por lo que veían. En la oscuridad de la sala, los coches circulaban a toda velocidad, las olas sacudían las barcas y la locomotora parecía abalanzarse sobre el patio de butacas.

Una sala de cine con público viendo una película muda en pantalla, un pianista tocando un piano, bancas de madera, cortinas rojas, ventilador de techo, y cuadros.
La fascinación del público por el cine nació de la sensación de ver la realidad en movimiento, aunque el cinematógrafo también encontró rechazo en sectores rurales, aristocráticos e intelectuales (Imagen Ilustrativa Infobae)

La sensación de que el celuloide había capturado la realidad era intensa. El público se reconocía en las escenas cotidianas: la partida de cartas, la broma del muchacho al regador o la demolición y reconstrucción de un muro. El cine alimentó el optimismo en el progreso que caracterizó a las sociedades anteriores a la Gran Guerra.

La crítica periodística elogió el invento. “Obtuvimos toda la ilusión de la vida real”, escribió un redactor de Le Radical. Desde Chicago, el Chronicle aseguró que “nunca habíamos visto una atracción tan divertida para las masas”.

Por su parte, el crítico de La Poste fue aún más lejos: “En el momento en que todos podamos fotografiar a los seres queridos en su movimiento, la muerte dejará de ser absoluta”.

Las resistencias, con todo, también existieron. En aldeas de la Europa rural, incitados por el clero local, algunos campesinos vieron en el cinematógrafo un engendro del diablo. La aristocracia lo despreció por plebeyo.

Máximo Gorki, tras una función en San Petersburgo, escribió: “La noche pasada estuve en el reino de las sombras”. Los recelos intelectuales fueron cediendo conforme las vanguardias parisinas, la propaganda soviética y la Generación del 27 en España comenzaron a reivindicarlo como una forma de arte.

Cuando la diversión encontró sus límites

Grupo de personas con vestimenta del siglo diecinueve en una sala oscura, mirando un proyector de cine que emite un haz de luz.
Las barracas de feria acercaron el cine a los sectores populares antes de la expansión de salas permanentes, mientras las élites asistían a proyecciones en hoteles (Imagen Ilustrativa Infobae)

National Geographic recoge también dos episodios ocurridos en México que ilustran cómo el público definía sus propias reglas para el nuevo espectáculo. En 1896, los operadores de la casa Lumière Veyre y Bernard mostraron el cinematógrafo al dictador Porfirio Díaz, quien quedó encantado de verse proyectado en una pantalla y les autorizó a operar en el país. Las funciones en la droguería Plateros y en el Salón Rojo congregaban a público.

La situación cambió cuando dos films provocaron el rechazo de los asistentes: en uno, dos actores vestidos de diputados libraban un duelo a pistola; en el otro, se fusilaba a un soldado. Las protestas revelaron una convicción colectiva: el cine era un espectáculo para celebrar la alegría de vivir, no para mostrar la muerte.

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