La arqueología reveló por qué los gladiadores ejercían tanta atracción en la antigua Roma

Los mensajes hallados en los barracones describen a combatientes como Cresces y Celadus alardeando de su popularidad entre mujeres, un rastro material que refuerza testimonios literarios sobre su magnetismo

Un hombre robusto con cicatrices y un casco, vestido con atuendo de gladiador, se encuentra en el Coliseo rodeado de mujeres con túnicas y joyas.
La arqueología y National Geographic sostienen que los gladiadores de la Roma antigua eran símbolos sexuales para mujeres de la élite romana (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Las mujeres de la élite romana se enamoraban de los gladiadores, y la arqueología explica por qué. National Geographic reveló esta semana un aspecto de la Roma antigua que el cine intuye pero distorsiona: estos combatientes fueron símbolos sexuales de su época, aunque su atractivo poco tenía que ver con la figura atlética que Hollywood proyecta en la pantalla.

Lejos del cuerpo esculpido que el imaginario popular asocia a estos combatientes, los gladiadores reales tenían una complexión robusta y fornida, producto de una dieta vegetariana basada en grandes cantidades de sagina, un guiso de cebada y legumbres que los romanos denominaban literalmente “relleno”.

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Esa alimentación rica en carbohidratos generaba una gruesa capa de grasa subcutánea que protegía los órganos vitales durante el combate, permitía heridas superficiales vistosas sin riesgo letal y garantizaba mayor espectáculo en la arena.

Las pruebas sobre su vida cotidiana van más allá de los textos clásicos. Las inscripciones grabadas en los cuarteles de Pompeya revelan cómo los propios gladiadores se autopercibían. Cresces, un retiarius —combatiente con red y tridente—, se jactaba de “atender a las chicas de noche, de mañana y a toda hora”.

Un gladiador con armadura saluda en un anfiteatro, mientras mujeres con túnicas romanas le ofrecen flores. Público en las gradas del fondo.
Los gladiadores reales tenían una complexión robusta y seguían una dieta vegetariana basada en sagina, un guiso de cebada y legumbres (Imagen Ilustrativa Infobae)

Su compañero Celadus el Tracio (Thraex), que peleaba con escudo pequeño y espada curva, se describía a sí mismo como el “ídolo y orgullo de las chicas”. Juntos se proclamaban “los señores de las chicas”.

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La percepción no era exclusiva de los propios combatientes. El poeta latino Marcial elogió al luchador Hermes como el “favorito y pasión” de las ludiarum, término coloquial que designaba a las mujeres con atracción por los gladiadores. El teólogo cristiano Tertuliano lamentaba que los hombres entregasen sus almas y las mujeres sus cuerpos a estos combatientes.

Las marcas físicas de la vida en la arena

El precio físico de esa vida quedó registrado en sus huesos. El examen forense de esqueletos hallados en un cementerio de gladiadores en Éfeso, en la actual Turquía, mostró que estos hombres tenían peores dientes que el resto de la población de su época, consecuencia de su dieta blanda y del estrés físico y psicológico que inhibía la producción de saliva. Ese deterioro dental, según informó National Geographic, implicaba mal aliento.

Un gladiador entrena con espada de madera frente a un poste. Otro gladiador descansa. Sobre una mesa hay un cuenco con cebada y legumbres, pan y una jarra de agua.
Las inscripciones de Pompeya muestran que gladiadores como Cresces y Celadus se presentaban como ídolos de las chicas (Imagen Ilustrativa Infobae)

El entrenamiento repetitivo dejaba otras marcas. Plinio el Viejo documentó el caso de un gladiador llamado Studiosus, un Thraex perteneciente al emperador Calígula, que tenía el brazo derecho más largo que el izquierdo.

Los hallazgos arqueológicos sugieren que esa asimetría no era excepcional: de los 74 esqueletos de adultos masculinos jóvenes exhumados en un cementerio de gladiadores en York, Reino Unido, uno de cada 7 presentaba un brazo más desarrollado que el otro, una deformación comparable a la que exhibían los arqueros medievales ingleses.

El equipamiento también dejaba huella. El satirista Juvenal describió a Sergio, un gladiador que, según relató, sedujo a la esposa de un senador, como un hombre con una marca en la frente y una protuberancia en la nariz, causadas por el roce del yelmo, además de las cicatrices propias del oficio.

Los registros óseos de Éfeso y York muestran evidencias de traumas por fuerza cortante y contundente, algunos curados. Un caso: un gladiador de Éfeso que, al parecer retirado como entrenador, sobrevivió a la amputación de una pierna.

Por qué resultaban atractivos

Gladiador con armadura y escudo camina por calle empedrada. Mujeres con túnicas observan desde balcones y columnas de edificios romanos.
El atractivo de los gladiadores combinaba violencia, transgresión social y la condición marginal de prisioneros, esclavos y criminales en Roma (Imagen Ilustrativa Infobae)

Lo que hacía atractivos a estos hombres marcados y corpulentos era, según detalló National Geographic, una mezcla de la atracción de la violencia y el atractivo de la transgresión social. Juvenal fue explícito sobre qué cautivaba a la esposa del senador en Sergio: “Era gladiador, eso convierte a cualquiera en un Adonis... Es el acero lo que aman”.

El término ferrum (acero) aludía a la espada gladius, y ambas palabras funcionaban también como eufemismos sexuales en el latín coloquial.

Los gladiadores ocupaban el escalón más bajo de la escala social romana. Eran prisioneros de guerra, criminales, esclavos y hombres libres que habían renunciado voluntariamente a su estatus jurídico al prestar un juramento por el que se comprometían “a ser quemados, encadenados, golpeados y muertos con el acero”.

Esa condición de paria, paradójicamente, alimentaba su atractivo entre las mujeres de la élite. La novela El Satiricón, del escritor romano Petronio, del siglo I d. C., recoge el testimonio de una doncella que describe a su ama como una de esas mujeres que el espectáculo de la arena “ponía en llamas”: lo que le daba placer era besar las marcas del látigo.

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