
A principios de este año y luego de una larga inmovilidad, la investigación sobre la desaparición de Emanuela Orlandi, la hija de 15 años de un funcionario del Vaticano de quien se perdió todo rastro la tarde del 22 de junio de 1983, pareció avanzar un paso cuando la justicia italiana imputó por falso testimonio a la mujer –por entonces una adolescente– que fue una de las últimas personas que la vio antes de que desapareciera. Se trata de Laura Casagrande, una mujer que actualmente tiene 57 años, que en su juventud fue compañera de Orlandi en las clases de música y que fue una de las primeras en declarar en la causa tras su reapertura en 2023. Según la Comisión del Parlamento italiano que investiga el caso, en su testimonio ante la Fiscalía, Casagrande incurrió en contradicciones que la hicieron sospechosa de haber mentido.
Luego de conocer la imputación, el hermano de Emanuela, Pietro Orlandi, quien es uno de los principales impulsores de la búsqueda, se mostró satisfecho y manifestó ante los medios italianos que “es una noticia importante porque podría ser una de las últimas personas en verla”. Para Pietro siempre fue importante que la investigación se profundizara en torno al círculo de amigas de su hermana, entre ellas las que pertenecían a la escuela de música Tommaso Ludovico da Victoria donde tocaba la flauta traversa y estuvo tomando clases momentos antes de su desaparición. Sin embargo, seis meses después de la imputación –y cuando se cumplen 43 años de los hechos-, la investigación parece nuevamente estancada.
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El caso de Emanuela Orlandi es uno de los mayores misterios de la historia reciente de la Santa Sede y el destino de la adolescente sigue siendo un enigma sobre el cual existe la certeza de que, puertas adentro del Vaticano, hay personas que siguen sin revelar lo que saben. Desde la tarde del miércoles 22 de junio de 1983, cuando se vio a Emanuela por última vez, corrieron rumores que señalaron a la mafia romana, versiones de abusos sexuales en las más altas esferas de la Iglesia Católica, una pista que apuntó al terrorista turco Alí Agca, por entonces preso luego de atentar contra el papa Juan Pablo II, y teorías que relacionaron el hecho con el escándalo del Banco Ambrosiano –la banca vaticana-, que había estallado con la muerte del financista Roberto Calvi apenas cuatro días antes de la desaparición de la chica.
No solo eso. Hubo también pistas que no llevaron a ninguna parte o que, llamativamente, no fueron investigadas como correspondía: desde tumbas vacías y supuestos restos encontrados, hasta la revelación de un documento del Vaticano que daba cuenta de fondos girados a Inglaterra durante años para las necesidades de una enigmática mujer escondida allí que podría ser o haber sido Emanuela. Y silencio, mucho silencio, porque más allá de decenas de denuncias, durante décadas las autoridades vaticanas esquivaron responder a los requerimientos judiciales. Lo que no pudieron evitar fue que en 2022 se estrenara la miniserie documental de Netflix La chica del Vaticano, que volvió a poner en primer plano el caso y todas esas preguntas sin respuestas.
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El misterio se acrecienta aún más porque la distancia entre la Plaza Navona, en Roma, donde se la vio por última vez, y la Plaza San Pedro, hacía donde Emanuela debía dirigirse, suma apenas cuatro kilómetros y es uno de los trayectos más seguros del mundo, con policías, carabineros y guardias suizos de mirada atenta a cualquier hecho extraño. Sin embargo, allí nadie vio nada, o nadie quiso ni quiere contar lo que vio.

Las últimas horas
Aquel miércoles, a las siete y veinte de la tarde, después de su clase de música en el Instituto Tommaso Ludovico da Victoria, Emanuela despidió de su amiga Raffaella Monzi en una parada de colectivos. Raffaella volvía a su casa, Emanuela se quedaba a esperar a su hermana Cristina para que la acompañara a una cita donde alguien la contrataría para que vendiera productos Avon. Cuando se alejaba del lugar, Raffaella vio que Emanuela se encontraba y conversaba con una chica de pelo oscuro y enrulado que sería Laura Casagrande, ahora imputada en el caso.
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Emanuela era la cuarta hija del matrimonio de Ercole Orlandi y Maria Pezzano, quienes vivían dentro de las murallas del Vaticano debido a que Ercole trabajaba como funcionario del Palacio Apostólico. Ella y sus hermanos -Natalina, Pietro, Federica y Cristina- crecieron en un antiguo departamento que estaba ubicado dentro de la ciudad estado lo que, según definió alguna vez su hermana Natalina, era como “vivir en un pueblo pequeño, con la única diferencia que a las 9 de la noche se cerraban las puertas”. Además de asistir a la escuela, Emanuela quiso aprender música. A los 15 años, tocaba el piano, integraba un coro y había empezado a dedicarse a la flauta. Asistir a las clases del Instituto Tommaso Ludovico da Victoria era para ella una rutina que rara vez rompía. Y menos en junio de 1983, cuando había empezado a ensayar un espectáculo donde por primera vez tocaría en público la flauta traversa, su nueva pasión.
La tarde del 22 de junio discutió con su hermano Pietro antes de salir. Emanuela le pidió que la acercara en el auto hasta el Instituto. Pietro se negó porque tenía otros planes. “Tuvimos una pelea, porque ella tenía esa lección de música. Hacía mucho calor y me negué a ir con ella porque tenía algo más. Así que cerró la puerta y se fue, ese es el recuerdo final que tengo”, contó el hermano varón, que nunca se dejó de culpar por haberse negado y dejarla sola.
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Una vez terminada la clase, poco después de las siete de la tarde, Emanuela acompañó a su amiga Raffaella a la parada del colectivo. Antes, había llamado por teléfono a su hermana Cristina para contarle que, cuando iba hacia el Instituto, se le había acercado un auto cuyo conductor le ofreció vender productos de cosmética. Le pidió que la acompañara a la cita. En el trayecto hasta la parada, Emanuela le contó de la oferta a Raffaella. “Me dijo que le habían ofrecido distribuir productos para una casa de cosméticos en un desfile de modas. Le habían prometido 375.000 liras por repartir unos folletos”, contaría después la chica a la familia de Emanuela y a la policía, en la misma declaración en la que dijo haber visto que su amiga se encontraba con una chica que podía ser Casagrande.
Cristina esperaba a su hermana menor muy cerca de Plaza Navona, pero Emanuela nunca llegó. Durante casi una hora la buscó por la zona, sin suerte y, creyendo que se habían desencontrado, a las ocho y media de la noche volvió a su casa. Cuando les contó a sus padres, se preocuparon, porque Emanuela demoraba en volver y a las nueve de la noche se cerrarían como todos los días las puertas del Vaticano. Ercole salió a buscarla con el auto, pero tampoco pudo encontrarla. Desesperado, fue hasta la comisaría de Trevi –que correspondía al área donde estaba el instituto de música– para denunciar que su hija había desaparecido.
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Allí se produjo la primera falla de la investigación. En la seccional de la policía italiana no le quisieron tomar la denuncia. Esgrimieron dos razones: había pasado poco tiempo y, además, no les correspondía porque Emanuela era una ciudadana vaticana y no italiana. Dada la hora, Ercole debió esperar hasta la mañana siguiente para presentar la denuncia por la desaparición en la Inspección General de Seguridad Pública del Vaticano. Allí tuvo algo más de suerte, porque por lo menos registraron el hecho.
Un extraño silencio
La primera pista surgió de la misma policía: el guardia de tránsito Alfredo Sambuco y el agente de policía Bruno Bosco habían visto el día anterior a una muchacha que podía ser Emmanuella con un hombre que llevaba “una bolsa publicitaria de Avon”, y que estaban junto a un coche BMW verde antiguo. La pista, sin embargo, se quedó ahí: en BMW verde no aparecía por ningún lado y los policías no recordaban la patente. Ante la falta de avances, la familia decidió entonces dar un paso por sí misma y publicó la foto de Emanuela en el periódico Il Tempo. Pedían que quien tuviera información sobre su paradero los llamara a su teléfono particular. Durante los siguientes diez días recibieron cientos de llamadas, pero ninguna aportó nada, ni a la familia ni a la investigación oficial. El caso comenzaba a convertirse en un misterio.
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Otro hecho llamativo fue que las autoridades del Vaticano guardaron un llamativo silencio durante diez días hasta que finalmente hablaron de manera oficial sobre la desaparición de Emanuela. Recién el domingo 3 de julio, en el Ángelus, Juan Pablo II dijo que no perdía “la esperanza en el sentido de humanidad de los responsables de este caso”. La declaración llamó la atención, porque si algo cuidan las altas jerarquías del Vaticano es el uso de las palabras y el papa Wojtyla insinuaba que podía tratarse de un secuestro. Resultó extraño, porque nadie se había comunicado todavía con la familia ni con la policía para exigir un rescate o hacer alguna otra demanda por la liberación de la chica.
Dos días después de la declaración del papa, el 5 de julio, surgió una nueva pista cuando un hombre con acento inglés que se identificó como “El Americano” y dijo ser parte de una organización hizo una demanda concreta a cambio de la liberación de la adolescente, a la que supuestamente su grupo tenía secuestrada: “El Papa Wojtyla debe intervenir para lograr la liberación de Alí Agca antes del 20 de julio”. El terrorista turco llevaba dos años preso por intentar asesinar –alcanzó a herirlo- a Juan Pablo II el 13 de mayo de 1981. El 7 de julio el Papa recibió a la familia Orlandi en una audiencia, pero lo único que hizo fue intentar consolarlos y al día siguiente Agca anunció que se negaba a ser intercambiado por Emanuela y que los secuestradores debían liberarla sin condiciones. En los meses sucesivos, las intervenciones de Juan Pablo II y de Agca en el caso siguieron generando preguntas que nadie podía responder.
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Recién el 24 de diciembre –seis meses después de la desaparición de Emanuela-, Karol Wojtyla visitó a la familia Orlandi en su casa, donde volvió a intentar darle consuelo, pero antes de irse pronunció una frase enigmática: “El de Emanuela es un caso de terrorismo internacional”. No les explicó por qué, y ninguno de los Orlandi se atrevió a preguntarle. Por su parte, en una audiencia del juicio por el ataque al Papa, Agca volvió a negarse a ser intercambiado por la chica secuestrada y dijo que la adolescente era rehén de la logia masónica Propaganda Due. Poco después se contradijo y culpó del presunto secuestro a ka organización turca Lobos Grises. Más que aclarar, tanto el Papa como Agca parecían dispuestos a aportar oscuridad a la confusión que había en la investigación del caso.
Desesperada por la falta de avances, la familia Orlandi dijó las comunicaciones telefónicas con los presuntos secuestradores en manos de Gennaro Egidio, un abogado recomendado por los servicios secretos italianos. “El Americano” se comunicó con él 16 veces y en dos ocasiones le hizo escuchar grabaciones en las que una chica que según él era Emanuela gritaba mientras era torturada.
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23 años después
Después de esas llamadas, “El Americano” salió de la escena para siempre y la investigación sobre la desaparición de Emanuela quedó estancada durante más de dos décadas. Ercole Orlandi murió el 4 de marzo de 2004 sin saber nada sobre la suerte corrida por su hija. Entonces –como disparada por esa muerte- se produjo una verdadera explosión de nuevas pistas, a partir de testimonios diversos. Fue como si alguien hubiera querido poner el tema nuevamente en el tapete, pero no para aclararlo sino para confundir aún más.
El asunto volvió a los primeros planos cuando una mujer llamada Sabrina Minardi, que se presentó en 2006 en el programa de la televisión italiana Chi l’ha visto, dedicado a la búsqueda de personas desaparecidas. Allí dijo que había sido amante de Enrico de Pedis, alias Renatino, jefe de la “Banda de la Magliana”, como se conocía a la mafia de Roma. Frente a las cámaras, Minardi dijo que De Pedis había sido el organizador del secuestro de Emanuela y que ella tuvo secuestrada a la adolescente en su casa hasta que Renatino se la llevó para matarla y tirar su cuerpo en una mezcladora de cemento. Dijo también que el mafioso no había actuado por iniciativa propia sino bajo las órdenes de “El Americano”, a quien identificó como el arzobispo Paul Marcinkus, involucrado en el escándalo del Banco Ambrosiano que le había costado la vida a Roberto Calvi.
Días después de la aparición televisiva de Minardi se hizo público un informe de los servicios secretos italianos donde se sugería –en coincidencia con los dichos de la mujer– que Marcinkus podía ser “El Americano”. Citada por la justicia, tres años después, su testimonio permitió encontrar un sótano donde presuntamente estuvo secuestrada Emanuela y también el BMW gris presuntamente utilizado en el secuestro. Para entonces, tanto de Pedis como Marcinkus estaban muertos y, si sabían algo, ya no lo podían contar. Mientras tanto, investigaciones independientes, no relacionadas con la desaparición de Emanuela, demostraron que una de las maniobras delictivas del Banco vaticano consistía en lavar dinero de la mafia que le daba en efectivo Enrico de Pedis. También comprobaron que parte de ese dinero de la mafia fue utilizado por El Vaticano en los años ’80 para financiar el grupo “Solidaridad”, liderado por Lech Walesa, en Polonia. En su declaración, Sabrina Minardi había dicho que una vez vio a Renatino entregarle mil millones de liras a Marcinkus.
Entonces Pietro Orlandi soltó otra bomba al revelar que durante la investigación de la desaparición de su hermana, la policía había manejado la hipótesis que cuando la mafia le reclamó a Marcinkus un dinero entregado para lavar, el arzobispo no pudo devolverlo y que el secuestro de la adolescente, hija de un funcionario de la Santa Sede, era una represalia.

Trata, transferencias y tumbas
Tres años después de las declaraciones de Minardi ante la justicia italiana, el exorcista del Vaticano Gabriele Amorth afirmó que la desaparición de Emanuela “se trató de un caso de explotación sexual con el consiguiente homicidio poco después de la desaparición y ocultamiento del cadáver”. Para sostener esa teoría, dijo que en Ciudad del Vaticano “se organizaban fiestas en las cuales estaba involucrado como reclutador de muchachas también un gendarme de la Santa Sede. Creo que Emanuela fue víctima de esto”. No pudo aportar pruebas, pero en 2022, en el documental de Netflix, una amiga de Emanuela contó que poco antes de desaparecer la chica le había contado que estaba siendo “molestada” con intenciones sexuales por “alguien cercano” a Juan Pablo II.
Con el tiempo surgieron se sumaron otras pistas que hicieron suponer que Emanuela podía estar viva, con otra identidad, por decisión del propio Vaticano. Las aportó el periodista italiano Emiliano Fittipaldi, que en su libro Los impostores, de 2017, asegura que tuvo acceso a un documento de la Santa Sede donde se revela que se pagaron 483 millones de liras para “mantener alejada de su domicilio a la ciudadana Emanuela Orlandi”, a la que habrían llevado a Londres, donde seguía residiendo. Según Fittipaldi, recibió el documento de seis páginas escrito a máquina de un contacto de la Santa Sede, con todos los gastos que habría acarreado Emanuela entre 1983 y 1989. El periodista le adjudicó la autoría al jefe de la Administración del Patrimonio del Vaticano, Lorenzo Antonelli, que inmediatamente lo negó: “Las noticias contenidas en el texto son falsas y sin fundamento alguno”, dijo en una declaración oficial.
El caso tuvo un nuevo giro siniestro en 2019, cuando Pietro Orlandi recibió una carta anónima que contenía las fotos de una estatua y de una tumba del Cementerio Teutónico del Vaticano. Se trataba de la “Tumba del Ángel”, donde había sido enterrada la princesa alemana Sofía de Hohenlohe-Waldenburg-Bartenstein, y de la lápida del lugar donde reposaban los restos de Carlota Federica de Mecklemburgo-Schwerin. La Santa Sede autorizó que se abrieran las tumbas para comprobar si allí se encontraba el cadáver de Emanuela y la sorpresa fue doble: no solo no había vestigios de los restos de la adolescente desaparecida, sino que también faltaban los huesos de las dos princesas que supuestamente estaban enterradas en ellas. Otro callejón sin salida.

Las contradicciones de Casagrande
La familia Orlandi debió esperar a enero de 2023, cuando Emanuela hubiera cumplido 55 años, para que el papa Francisco ordenara reabrir la investigación sobre su desaparición, luego de reiterados pedidos que desde hacía años venía presentado la abogada Laura Sgrò. Por orden del pontífice, el fiscal del Vaticano, Alessandro Diddi, dijo que “todos los archivos, documentos, informes, información y testimonios” relacionados con el caso serían reexaminados para “no dejar piedra sin remover”.
Es en el marco de esa investigación que en enero de este año Laura Casagrande fue llamada a declarar nuevamente y se contradijo una vez más. En su primer testimonio, en junio de 1983, pocos días después de la desaparición de Emanuela, le había dicho a la policía: “El recuerdo que tengo impreso de ese día es que no vino a la clase de coro. La esperaba, porque era una de las chicas con las que más había conectado. No la vi llegar o llegó muy tarde, cuando la clase ya había comenzado: esto ahora se me escapa. Luego, no asistí a la salida. No salimos juntas, me habría acordado”. Sin embargo, al poco tiempo, en otra declaración que hizo ante los carabineros se contradijo y aseguró haber visto a Emanuela de lejos en la parada de los ómnibus 70 y 26, aunque no habló con ella porque estaba apurada y debía irse rápidamente.
La participación de Casagrande no terminó ahí: el 8 de julio de 1983, el mismo día en que los diarios italianos comenzaban a hablar abiertamente de un posible secuestro con trasfondo terrorista, dijo haber recibido una llamada en su casa y que, al responder, su madre notó que del otro lado de la línea hablaba un hombre con “acento de Medio Oriente” que le dictó un mensaje para que lo enviara a la agencia de noticias Ansa: “La ciudadana Orlandi actualmente no se encuentra en territorio italiano”, le dijo y le dio un ultimátum para liberar a Alí Agca antes del 20 de julio.
Unos días más tarde, Casagrande contó el episodio al programa Chi l’ha visto. “El mensaje decía que Emanuela había sido tomada solo porque era ciudadana vaticana y luego todavía había 20 días antes de que fuera asesinada. Me asusté, me preguntaba cómo tenían mi número. Seguramente, durante el año escolar le habré dado mi número de teléfono y la dirección, escribiéndoselo, recuerdo, en un papelito”, explicó esa vez.
Más de cuatro décadas más tarde, en su declaración ante la Comisión Parlamentaria que lleva adelante la investigación, cambió su versión y aseguró que fue ella quien atendió la llamada y tomó nota del mensaje: “El timbre de esa voz era entre árabe y de Oriente Medio y era insistente, no podía seguir el dictado”, dijo.
La falta de concordancia en el conjunto de versiones que dio Casagrande sobre el día de la desaparición de Emanuela Orlandi, sumadas a sus contradicciones sobre la llamada telefónica donde supuestamente los secuestradores de la adolescente dieron un ultimátum, hicieron que la Fiscalía de Roma la imputara y también que ordenara a los Carabineros que analizaran una por una todas las declaraciones que hizo durante todos estos años. Seis meses más tarde, todavía no hay novedades sobre los resultados de estas pericias que podrían contribuir a aclarar el misterio.
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